El sitio del rock en Argentina 20 años online
Historia del Rock en Argentina

1966

Por qué tantas palabras

¡Por fin un asado! Lo de Buenos Aires está muy bien, pero... ¡qué bien se come en Rosario entre amigos! Lástima que este estudiante de medicina me haga cada pregunta...

“Litto, ¿qué vas a hacer cuando a tu música le pase el momento?

Gran discusión entre Litto Nebbia y Kay Galiffi, un estudiante de medicina que le confesó amar la guitarra, pero creer que su futuro está en la medicina. Litto le deja bien en claro que para él la música no es un momento. Es su vida.

De vuelta en Buenos Aires, la calle sigue dura, y Ciro opina que la única opción que queda es acompañar a Litto con su Farfisa, en un intento solista (“a ver si así sale algún laburo”), pero llega una carta que modificará todo:

Litto, te escribo a las cinco de la mañana. Acabo de tirar todos los libros y me doy cuenta de lo que discutimos. Uno no es nada si no hace lo que siente. Reconozco que la música es mi vida. Dentro de una semana estaré con ustedes.
- Kay

Es diciembre de 1966.

De tanto hablar y andar

En noviembre de 1966 comienzan los ensayos para el primer recital de rock, con muchos músicos cuerveros. Los organizadores, precisamente, formaban parte de los intelectuales: Susana Nadal (de la librería Nueva Visión) y Miguel Grinberg. Usaron el galpón en Exo Contemporáneo para los ensayos de “Aquí, allá y en todas partes” (subtitulado “O cómo aprendí a amar la mufa y a soportar la crisis a este lado del folk-rock y los Beatles”. Se llevó a cabo los días 7,14 y 21 de diciembre en el teatro de la Fábula (Aguero 444) a las 21 horas. Se anotaron en la idea Moris (solista), Tanguito (bajo el seudónimo de “Donaban, el Protestón”, e incluyendo en su repertorio “Tutti-frutti” y un improvisado “Perro feroz”), Bob Vincent (un tipo que hizo temas de Dylan), Javier Martínez (quien no actuó los tres días porque todo estaba demasiado planificado para su idea de arte espontáneo), una chica llamada Susana (cantó temas de Facundo Cabral), Morgan X (el mismísimo Miguel Grinberg), y The Seasons. Estos últimos ya habían editado un disco donde se lucían como Beatles locales y la placa se titulaba “Liverpool al B.A.”. Lo integraban Alejandro Medina y Carlos Mellino (quienes firmaban como Max y Rodney, para aparentar ser ingleses), además de un baterista llamado Freddy y un guitarrista del que no se tendrían nunca más noticias... y también la voz de Morgan X para ciertos temas del recital. Se hizo una versión de “Here, there and everywhere” para justificar el título del encuentro, y se alternó la música con textos de “los intelectuales”.

Tango cromado

A esta altura se pueden distinguir tres grupos de dinámica similar, a pesar de provenir de distintas corrientes: los intelectuales (poetas y escritores), los músicos (y náufragos varios) y los artistas plásticos. Todos van a confluir en el Instituto Di Tella, pero por ahora se entrecruzan en los cafés intelectuales del centro (los “estaños” de la calle Corrientes -así llamados por sus mostradores de estaño- y los cercanos a las facultades). Toda esta tradición de bares estaba ya implícita en el bohemia porteña, que se acentuó con las revistas literarias de principios de década el teatro independiente, el “nuevo cine argentino” del ’61, y grupos de poesía como “Poesía de Buenos Aires”.

Cuenta Miguel Grinberg, “Aunque los lugares cambiaban constantemente, la costumbre de los estaños era propia del viejo Buenos Aires. De pronto uno se sentaba en un bar y podía hablar con Aldo Pellegrini, Raúl González Tuñón o Enrique Molina. Eran sitios de reunión y encuentro, donde uno caía y tan sólo debía integrarse. Los escritores prefería “La Comedia” (Maipú y Paraguay), y los estudiantes de Filosofía el “Coto Grande” (Viamonte al 500). Otros lugares eran “La Paz”, haciendo diagonal con el “Ramos”, y también el “Gardelito”. Y si bien los músicos no caían mucho por ese circuito, la dinámica giraba por ahí. Quizás Javier Martínez paraba en el Moderno...”

-Javier, ¿los únicos que paraban en los bares eran Moris y vos?

-”No, todos curtían bares: Pajarito, Pipo, Moris... Por Ejemplo, fuimos al Moderno a buscar contacto con el mundo de la pintura y la literatura... y a buscar mujeres. Terminó todo muy positivo; hicimos contactos, grandes amistades, y encontramos mujeres. Por esa iniciativa nuestra fue que luego tocamos Manal y Almendra en el Di Tella. La idea fue interdisciplinaria; a ustedes les hace falta rock’n'roll y a nosotros cultura... además de haber unas minas bárbaras. Ellos terminaron entendiendo el rock y para las fiestas nos contrataban siempre”.

A diferencia de Miguel, Antonio Dal Masetto nos contó que los intelectuales no frecuentaban muchos bares porque la gente se reunía mucho en las casas... “Era muy común ir a los bares nada más que para ver adónde se reunían todos”.

Esa era otra dinámica que aglutinaba a los tres grupos: las casas. Había casa comunitarias, ya que se alquilaba una gran casona y se repartían las piezas compartiendo los gastos entre todos. Así se entrelazaban fortuitamente músicos con plásticos e intelectuales. Antonio recuerda haber estado viviendo con Javier en una casa cerca de La Boca, y se entusiasma al describir el sistema de gastos en una casa en San Juan y Bolívar: “Habían inventado una forma en que podías vivir sin tener plata, o al menos hasta que cobraras algo. En la cocina había un tablero donde cada uno tenía dos columnas verticales para anotar lo que gastaba y lo que comía. Podías comprar comida, comer un poco y dejar los que sobraba; o si no, podías simplemente comer, incluso invitando gente. A fin de mes se sumaba lo que gastaste en comida y la cantidad de comidas que consumiste. Se repartía el gasto y si no tenías plata quedabas debiendo un monto que devolvías comprando de más apenas por días. Un sistema perfecto”.

En el colegio Central Buenos Aires (hoy Nacional Buenos Aires), Pedro Pujó y Javier Arroyuelo tenían una revista que se llamaba “Nuestra generación”, donde también colaboraban otros alumnos y gente del Carlos Pellegrini. En el número cero, había una nota a un editor llamado Jorge Alvarez (quien más tarde -a la sazón- resultaría socio de Pedro, Javier y Rafael López Sánchez en el sello Mandioca).

Los locos de Buenos Aires

Entra en escena Miguel Abuelo Peralta, quien casualmente cae en la pensión Residencial Norte (alias La Pensión de Vicenta, en Carlos Pellegrini casi Libertador), donde intentará escribir un libro que apenas tenía título: “La Historia Universal de la Realidad” (!). Allí conoce al dibujante Luis Suárez, a varios estudiantes del interior, al “Gordo” Martínez y a los integrantes de los Beatniks. En un cuarto estaba Moris, en otro Antonio Pérez Estévez, y en otro entró Miguel. Pipo los visitaba bastante seguido y finalmente terminó uniéndose a ellos. A decir verdad, recién ahí Pipo recibe ese apodo, ya que hasta el momento era simplemente Beto, su apodo desde chico por llamase Alberto. El apodo se lo dio la mujer de Antonio Pérez Estévez, Charito (la misma de Gesell), un personaje importante en toda esta historia porque fue la primera en irse a Europa, entusiasmando por medio de cartas a los que se había quedado. Miguel no sabía cómo empezar su libro, y cada tanto intentaba inspirarse con algunos litros de vino (de botellas que guardaba debajo de la cama), lo que hacía que -alucinado- viera monstruos y terminara cantando bagualas y vidalas, golpeando una cacerola afanada de la cocina. Antes de caer ahí, había integrado un trío folklórico y solía ver a su hermana Norma Peralta cantando en peñas folklóricas, como las de Paraguay y Suipacha. Poco a poco, Miguel decide dejar de intentar escribir sobre la Realidad y -en vez- vivirla. Escribe poemas, por ejemplo uno que recitaba a menudo: “simple como una nota, me regalaste un pájaro... yo a las tontas como el agua, heredero de vértices, protegiendo la piel, permití tu vida por las manos vacías”. ¿Cómo cayó a La Cueva? Enamorado de la mujer del bajista de Los Beatniks, la sigue y comienza a naufragar junto a los demás. Una vez Miguel llegó a cortarse la mano e hizo un terrible drama amoroso después de escuchar a Charito y Antonio, quienes estaban en el cuarto de al lado.

Volviendo al tema de La Cueva, Miguel cuenta que antes había asomado por ahí, metiéndose de puro curioso, atraído por la música. “Pero no me gustó el ambiente y les grité que todo era una porquería. Un pibe flaco, de anteojos, se me acercó y me dijo ‘Y vos, ¿qué sabés hacer?’ y contesté ‘Yo canto? y me puse a cantar la ‘Vidala del Angelito’. Lo hice como una agresión hacia ese medio, y cuando abrí los ojos me aplastó una andanada de aplausos y congratulaciones. Después, yendo con Moris y Pajarito desde la pensión, volví a encontrarme con aquel pibe de anteojos. Era Javier Martínez. Y así comenzó mi relación con todo el movimiento de música que había por allí”.

En la pensión se hacían los arreglos de algunos temas de los Beatniks, ensayando con la guitarra y probando algunos juegos de voces. También paraba ahí Carlos Iglesias, un amigo de Pipo que estaba muy metido en la militancia política y que enseguida de volver de una manifestación recibió el apodo de “Crimoj” (por el olor a gas lacrimógeno).

Después de un tiempo en la pensión, Pipo vuelve a su casa y lleva a Miguel quien ya había dejado de tomar tanto. Pipo le cuenta a su madre la historia de Miguel, y ahí mismo Mabel Lernoud se sienta frente a Miguel y le dice, “De ahora en adelante vos te quedás a vivir acá todo el tiempo que necesites, y tenés los mismos derechos y obligaciones que Pipo. Si ustedes se pelean, voy a escuchar al que tenga razón; y si Pipo se va, vos te podés quedar”. De golpe, Miguel se encuentra con una familia, con la cual vivirá unos tres años. En esta época, Pajarito le pasa una guitarra y los acordes de “Blowin en the wind” de Dylan. Pipo le traduce la letra y enseguida compone su primer tema, todo en una acorde (Re), y que parafraseaba el tema de Dylan desde el primer verso: “Cuánto tendremos que esperar para...”. Después empezó a componer seguido, junto a Pipo, y así salieron temas como “Diana Divaga” y “Pipo la serpiente”, cuyos acordes son los mismos de un tema de Eduardo Falú, a quien Miguel vio por televisión y le copió la posición de los dedos.

El recorrido típico de los náufragos empezaba en La Cueva, de ahí iban por Pueyrredón hasta avenida Rivadavia a sentarse en una gran pizzería llamada “La perla del Once”, donde copaban unas cuantas mesas y alternaban dormir con charlar y componer. Según Pipo, en esta época la mayoría aún volvía a dormir a sus casa, incluso Javier y Tanguito, quienes vivían lejos del Centro. Igualmente, no había una rutina fija, así que también era normal verlos caminando hacia las playas de Olivos o al hotel Dixon (de Peña y Austria, bastante cerca de La Cueva), el Dixon era un hotel alojamiento donde muchos habían llegado a un arreglo con el dueño: él les aseguraba una pieza en el primer piso y ellos sólo paraban ahí por algunas horas. Charly Camino, por ejemplo, vivía ahí con su mujer, Celia. Un detalle del hotel es que no tenía música funcional, sino que todos los parlantes desembocaban a un tocadiscos... así que muchas veces los náufragos llevaban sus discos de rock y blues. Hacia 1967 aparecen dos lugares más: la casa del “Colorado” Rabey y la quinta de la familia Pujó en Florida.

Javier nos describe La Perla: “Estaba invadida por estudiantes. Imaginate un lugar cuatro veces más grande que La Paz. Enorme. En el sector de adelante estaba la gente que entraba y salía, o sea la gente de la calle. Después, en el sector pequeño si se lo comparaba con el de los estudiantes... quienes a veces nos tiraban la bronca porque no podían estudiar por el kilombo que hacíamos. Pero nos querían. La Perla era un dormitorio, por ejemplo ahí estudié música. Componía con ayuda de algún amigo que me enseñaba los acordes. Al final me compré una guitarra y un cuadernito. Me acuerdo que el mozo venía y nos gastaba, ‘No, acá no se puede tocar’, y yo tocaba bajito, anotando el dibujito del acorde en el cuadernito. Ahí se cocinaban muchas cosas: componíamos canciones, aprendimos y arreglamos el mundo en charlas interminables. De La Perla hacíamos las 17 cuadras hasta La Cueva; otro día empezábamos el periplo en el bar Moderno, que cerraba a las once, y seguíamos por Corrientes hasta llegar a La Cueva a la una de la mañana. Y a las cuatro volvíamos a La Perla. Horas y horas sin dormir, para ver que pasaba. Ese fue el método de iluminación que utilizábamos; era una bohemia sana, sin drogas ni alcohol, con café y muchas ganas de vivir. Bah, recién dije ‘sin drogas’ pero seamos sinceros: corría la anfetamina (Actemín, Dexamil -spansules y gotas para la nariz Instalasa). Tanguito después cayó en la pesada y se picaba, pobre, era un desastre. Todos tomábamos anfetaminas cuando no podíamos más. La culpa no era nuestra ni tampoco del farmacéutico que la vendía -aunque tenía algo de culpa- sino que era culpa de la sociedad, que no nos daba un lugar para hacer una bohemia sana. Por eso íbamos a los bares y para seguir despierto te tragabas una pastillita. La mayoría lo dejó a tiempo, pero por ejemplo a Tanguito lo reventó. Yo no quería tomarme una pastilla sino ir fuera de horario a un hotel alojamiento, así no te pateaban a las dos horas y te dejaban dormir hasta el mediodía. A veces íbamos a casa de amigos; la madre de Tanguito nos albergó muchísimo y la madre de Pipo era una madre para todos... caíamos mil a la casa y nunca nos tiró una pálida. En lo de Pipo escribía “Informe de un día”, después de dos días sin dormir”.

De más está agregar que la policía los paraba para pedirles documentos o para llevarlos presos por tener el pelo largo. Era costumbre caer un par de veces por semana en cana. Al pasar los años, la represión se haría aún más rígida. Los náufragos tenían una pasión inexplicable, con Tanguito caminando desde Caseros cantando solo, con Litto haciendo difusión de sus temas en los bares junto a Moris. Cuando en el mes de julio dejan la pensión del Bajo, comienzan a cambiar de casas, naufragando de un lugar a otro. Una de las paradas más conocidas fue “La casa con 10 pinos” en Monte Grande, donde Javier creó Negal S.A. junto a Nonono Antisí. Es la época de “Tronano de la Fronta” (apodo que Javier le puso a Pipo) y de “la mano” (la hoy cotidiana frase ¿como viene la mano? empezó ahí). La leyenda cuenta que Moris terminó “A veces estoy cansado” en La Perla, donde -el día de Navidad- Javier compuso Jugo de tomate:

“La tierra que te da la vida, da un tiempo para decidir;
eligiendo inteligentemente, todo el mundo podrá ser feliz.
jugo de tomate frío, jugo de tomate frío,

en las venas, en las venas deberás tener.
Si querés ser un terrible vago, todo el día panza arriba y a dormir:

o elegiste ser un tipo capo, siempre serio y que da temor.
Si querés triunfar con las mujeres, tener muchas que lloren por vos,

tendrás que ser un poco inteligente, tener dinero y una buena voz.
Si querés ser un tipo importante, que se hable todo el día de vos,

o querés inmortalizarte como héroe, asesino y semi-dios.
Deberás tener: jugo de tomate frío, jugo de tomate frío,

en las venas, en las venas deberás tener”.

Algo está cambiando

Habíamos dejado a Los Beatniks en Villa Gesell, tocando en lugares como el cine Atlantic y en el club Defensores, con la formación integrada por Moris, Javier, Rocky e Iván. Ya de vuelta en Palermo, Moris se cruza con un viejo amigo con quien solía escuchar discos de Elvis en una disquería de la calle Charcas. Era Pajarito. En esos días Moris compone varios temas, entre ellos “El abuelito” (luego editado como “Escúchame entre el ruido”). Juntos empiezan a juntarse Martín y el bajista Antonio Pérez Estévez. Pajarito, por su parte, empieza a golpear la pandereta y acompañarse con una guitarra desenchufada. Esta ya es la formación de Los Beatniks que tocaría en La Cueva, desplazando a los jazzeros.

¿Quiénes andaban por La Cueva? A ver... Ciro y Litto (quien los jueves reemplazaba el bajista Carlos Villalba por 300 pesos), Ricardo Lew y Carlos Carnaza (formando “Las Sombras”), Jorge Navarro, el organista Richard Green, José Alberto Tanguito Iglesias, el pintor Charly Camino, Javier (con “La Negra Blanca” Blanca Larroca), el bandoneonista Aldo Altayrac, el hoy antropólogo ecologista Mario Colorado Rabey, Pipo, Carlos Mellino, Alejandro Medina, el organista Kerestezachi (quien 10 años después grabará en la formación francesa de Los Abuelos de la Nada), la hermosa Susana Juri, Diana Shepard (alias “Diana Divaga”), Silvia Washington, el jazzero “Gordo” Cáceres... y la lista bien podría extenderse por varias líneas más, ya que además del “elenco estable” estaban los que iban periódicamente o por curiosidad.

En La Cueva no era usual componer temas, sino que era un lugar donde encontrarse con gente en la misma sintonía, gente que leía y escuchaba cosas similares. Tampoco era necesario vivir cerca de La Cueva. Por ejemplo, Tanguito venía de Caseros, Javier de Flores y Pajarito de Mataderos. Otra razón para ir a La Cueva era porque allí había... mujeres.

En abril, Pipo hizo circular un panfleto dirigido a “los intelectuales que perdieron el tren”, citando frases de Henry Miller, mencionando las canciones furiosas de los Beatles y avisando que “Bob Dylan levanta a toda una generación”.

El 2 de junio de 1966, gracias a la incesante actividad de Pajarito, Los Beatniks entran a los estudios CBS y graban su único simple, con “No finjas más” y Rebelde. Yo prefiero considerar esta fecha como la primer grabación de rock argentino, obviando el LP de Los Gatos Salvajes. Con leer la letra se puede apreciar que se trataba de algo bien diferente al rock’n'roll en castellano que hacía Sandro:

“Rebelde me llama la gente,
rebelde es mi corazón,
soy libre y quieren hacerme
esclavo de una tradición

Todo se hace por interés,
pues este mundo está al revés,
sí, todo esto hay que cambiar,
siendo rebelde se puede empezar.

¿Por qué el hombre quiere luchar,
aproximando la guerra nuclear?
¡Cambien las armas por el amor
y haremos un mundo mejor!

Yeah, rebelde seré
Yeah, rebelde hasta el fin
Yeah, y así moriré...”

Días después, tocaron en el teatro del Altillo (Florida 640) e hicieron un sketch que contaba la historia de un grupo como ellos...

Se apaga la luz y sobre el escenario hay una habitación donde se van despertando algunos tipos, uno de ellos con ¿una gorra de baño en la cabeza? Entra un gordo que anuncia haber conseguido un show en un pueblito remoto del Gran Buenos Aires... el de la gorra rezonga y con voz somnolienta le suplica que lo deje dormir un poco más, “¡Pará un cachito que estoy palmado!”. Se despierta otro más y le pide al de la gorra que cante “aquella bossa de Gesell” y al rato suena una cadenciosa melodía. Luego el grupo ensaya y sobre el final entra el gordo nuevamente, frente a público...

Los Beatniks también trataban de llamar la atención a cualquier precio. Invadieron la ciudad con calcomanías que insolentemente decían “Aquí estuvieron Los Beatniks, ¡cuando no!” -por avenida Rivadavia, en los subtes y por todas partes. Otros ardid de Pajarito fue avisarle al periodismo que en La Cueva se presentaría la Primer Reunión de Pacifismo y Amor Libre. Fueron tipos de los diarios, televisión y revistas, y escucharon las canciones de “sexo y protesta”. Para esta reunión se organizó una fiesta falsa en Barrio Norte, que terminó con gente bañándose en la fuente frente a Mau-Mau. Conclusión: la revista. Así les dedicó la primer plana con títulos escandalosos.

A pesar de todo esto, el simple de Los Beatniks no llegó a vender más de 200 placas sobre una tirada de 600.

Coincidiendo con la salida del simple, Moris se abre del grupo, principalmente por estar cansado de conservar el difícil equilibrio de ideas y personalidades entre el grupo. Comienza a tocar solo, a veces juntándose con Litto para recorrer bares con la guitarra a cuestas, tocando ante oficinistas hasta ser echados del local; y ahí a otro bar. Moris ya no escucha más discos... es tiempo de “Hacer y vivir a fondo”.

Por las calles vacías

Al comenzar el verano, Los Gatos Salvajes terminan su contrato con La Escala. Sin manager ni representante, no tienen laburo y -salvo Litto y Ciro- los demás quieren volver a Rosario a esperar otra oportunidad. Así es como se separan, y quedan los dos en La Gran Ciudad, más decididos que nunca a seguir con la música. Acompañan a los recién surgidos Bárbara y Dick, graban con Nicky Jones y con Johnny (Tedesco, también ex-Club del Clan). Yiran por casas de amigos, hacen tiempo en plazas (¡oh, Plaza San Martín!) y pasan unos meses muy duros. Un buen día, en una reunión, el representante de Johnny -Fabián Ross- les presenta a Alfredo Toth, bajista. Anteriormente, Alfredo había integrado un grupo de barrio como guitarrista, y luego había pasado al bajo tras juntarse en otra banda con Héctor Starc. Enseguida enganchan la misma onda, pero cuando llega el momento de ponerse a tocar, Alfredo se pone nervioso y confiesa apenas saber algunos acordes. Con su característica vehemencia, Litto se enoja y le dice que podría romperse un poco y aprender. A la semana, los tres andan tocando juntos, incluso planeando presentarse como “Ciro, Litto y Fredo”. Es la vieja historia del guitarrista que no sabe hacer cejillas y automáticamente se convierte en bajista.

En una tarde de sol

Un lugar olvidado en la mayoría de los relatos acerca de los orígenes del rock criollo es la escena de Villa Gesell. Ahí se compusieron temas que saldrían editados en placas de Moris, La Barra de Chocolate, y más, inclusive La Pesada.

En el verano de 1966, Moris puso rumbo a las playas de Gesell junto a un grupo de amigos, con la idea de poner un boliche: el Juan Sebastián Bar. Otros bares, curiosamente, tenían nombres de animales, como “La jirafa loca” y “El chivo negro”, además de “La polizza”. En el Juan Sebastián Bar surgirá la primer formación de Los Beatniks: Javier Martínez, Moris, Iván (en guitarra) y el ex-kioskero Rocky Rodríguez (en el bajo). Javier utilizaba un micrófono de corbata para cantar, y su batería era especial, ya que tenía dos bombos. Moris -por su parte- había inventado una guitarra estereofónica para los días en que no aparecía Rocky: a su viola le había puesto dos pastillas, una para el equipo de los agudos, y otro para un viejo Carson de graves, por lo que las cuerdas graves sonaban como un bajo. Interpretaban temas de Ray Carles (como la versión en castellano de “Qué dije” que Moris registrará 10 años después en España), rock’n'roll tradicional tipo Teen Tops (“Sally la lunga”, “Tutti frutti”), y cosas de los Beatles (como “From me to you”), de los Rolling Stones (por ejemplo “El rey de la colmena”), y canciones propias. Si bien a Moris le gustaba juguetear con ritmos de bossa nova, la influencia de Javier dio lugar a temas beat. Quizás el más recordado, pero nunca grabado, sea Soldado:

“Será la última guerra y vendrá la paz
es un engaño absurdo para matar.
Soldado, ya regresa, ven y no luches más,
¿no ves que en dos mil años no ha habido paz?

Y si tu vas a la guerra, no vuelvas más,
pues eres sólo una máquina de matar.
Mátalos sin temores pues nadie te juzgará;
te ampara el uniforme, todo el legal.

Y si ganas tú la guerra, será fatal:
millones habrás matado y condenarás
a gente que es inocente y nunca tuvo maldad
a vivir en un infierno de radioactividad”.

Otro compositor que andaba por Gesell era Alberto Raúl Pipo Lerrnoud. El ya había estado allá el año anterior, cuando fue a Pinamar de mochilero con dos amigos: Carlos Iglesias y Manuel “Manolo” Belloni (quien luego pasó de la poesía a la política militante y fue uno de los primeros montoneros que murieron). Pero como Pinamar era muy aburrido, pusieron rumbo a Gesell, por la playa y con pesadas mochilas a cuestas. Llegaron muy mal, más que exhaustos. Una vez repuestos, conocieron un boliche llamado “El tiburón”, donde Manolo se copó con una chica llamada Charito. Fueron a vivir todos a una carpa en el bosque. En 1968, tanto Moris como Pipo y Javier estuvieron juntos en Villa Gesell, en plana época de Vietnam y el auge del pacifismo. Sentían que había que darle una trompada a la sociedad... romper la Gran Careta Argentina.

Mientras tanto, Pajarito -el pionero de los viajes a Gesell- pasó ese verano en Mar del Plata, ya que el comisario de la Villa lo había declarado una virtual “persona no grata”. Estuvo actuando en lugares como “El 51″ y el diario El Mundo lo menciona en la sección Mar del Plata del 28 de diciembre; “Le dicen Pajarito y hace shakes en castellano, con letras que predican el amor libre y el rechazo de las costumbres burguesas”.

Anterior - Siguiente

Volver al índice