El líder y compositor de Las Pastillas del Abuelo presentó su primer álbum solista en el Teatro Auditorio Fundación Astengo, el jueves 14 de septiembre.
Un Piti Fernández familiero, reflexivo, nostálgico e intimista exhibió su ópera prima basada en su árbol genealógico, agradeciendo también al público pastillero por bancarlo en este ambicioso proyecto.
Parafraseándolo un poco, resulta imposible sacarse de la cabeza al Piti de la kermesse pastillera, aunque hay que reconocer que la puesta en escena de “Conmigo mismo” se distanció perfectamente, hasta en el look, de la propuesta de la banda que le permitió llegar precisamente hasta acá.
El show arrancó puntual con los dos tanques del álbum: “Conmigo mismo” y “Esperándome”. La segunda, cuenta una adorable leyenda inspirada por su abuelo, el poeta Francisco Betancor, leimotiv de todo este plan, una especie de Gran Pez del Piti.
Las veintipico canciones de la noche del Astengo se agruparon en tríos. Con una banda solvente y muy ajustada sonaron, además de los estrenos del disco, versiones de clásicos como “Sucio y desprolijo” de Pappo, “Hoy nací” de Manal, “Génesis” de Vox Dei, “Salgan al sol” de Billy Bond, “Todas las hojas son del viento” de Spinetta, “Ayer nomás” de Moris y “El fantasma de Canterville” de Charly. Un certero rescate de melodías oriundas de los albores del rock vernáculo.
Piti se mostró mucho más músico que frontman, alternando electroacústica con eléctrica y apoyado en su histriónico saxofonista Pablo Vidal, dos violas acústicas más, un bajo, un teclado, una batería y hasta un banjo. Si bien él se llevó todas las luces, el andar colectivo de su combo solista está rotundamente aceitado.
El fundador de Las Pastillas se distanció amistosamente de su “segunda familia”. Sus pasos en la noche rosarina no fueron tan fiesteros como en LPDA. Se notó claro que encaró este viaje personal con canciones de génesis pastillera, como “Esperándome” que sonó de nuevo en el único bis, y reversiones en clave de folk country, buscando un sonido marcado y específico, hurgando en sus primeras referencias musicales.
No cualquier artista puede darse esta serie de gustos, pero Fernández lo hizo sin faltarle el respeto a sus seguidores, lo que se notó con claridad cuando después de “El ángel y el hada”, se lo reconoció con ovación y aplausos de pie.
El imaginario social muchas veces fantasea cuchichear en la vida del artista. Saber con quién duerme, qué droga toma o si en la intimidad es un ortiva. Piti ahorra esa quimera millenial y abre las puertas del hogar de Juan Germán Fernández, contando historias reales de su familia: las canciones de su primo, las poesías de su abuelo y el regalo sonoro para la tía y sus dos hijas, una de las cuales saludó tiernamente upa de Piti al final del show. Un presente a puro sentimiento.
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