Después de un tiempo, Los Enanitos Verdes agotaron sus shows en Mendoza, su provincia natal.
No era un show más. Algo totalmente lógico. Más si se tiene en cuenta que siempre volver a casa plantea algo distinto, desafiante, misterioso. Pero en los últimos tres años, los Enanitos Verdes ya tienen el hábito de regresar al terruño.
El sábado se pararon frente a un Gran Rex colmado, exultante, preparado para disfrutar, expectante y generoso. Igual pasó anoche, en San Martín y, seguramente, el hecho se repetirá mañana, cuando se lleve a cabo la segunda función prevista en el teatro de la calle Buenos Aires. Y el resultado final siempre es el mismo: una mezcla de ovación, sentimiento y abrazo gigante los despide con la firme consigna de que vuelvan cuando quieran. Total, las puertas de casa siempre estarán abiertas.
Es cierto, tomó su tiempo. Pero bien valió la pena la espera y el encuentro se transformó en algo necesario. Al menos así quedó demostrado el sábado, en la primera de las presentaciones.
La banda viene llegando de una inmensa gira por México y los Estados Unidos. Es más, recién el sábado a la tarde, Marciano Cantero, Daniel Piccolo y Felipe Staiti se unieron para darle forma al show. El primero en arribar a nuestra provincia fue Daniel; el viernes por la tarde lo hizo Felipe y el sábado, casi jugado con los tiempos, apareció Marciano. Para los tres la sorpresa mayor fue enterarse que la función del sábado estaba a full, con localidades agotadas. «Es buenísimo -largó Daniel-. Realmente me pone muy contento que esto pase… Es más, si tenemos que tocar el jueves, tocamos. Si hasta un póster sacó Los Andes…». No es para menos. Ellos sufrieron en carne propia el dicho de no ser profetas en su tierra -como tantos otros artistas mendocinos que debieron buscar del otro lado de los límites el reconocimiento a su trabajo-. Pero esa ya es historia pasada. Hoy los Enanitos Verdes llenan teatros en Mendoza como lo hacen en todo el mundo.
Obviamente, el tocar en Mendoza hace que la banda haga cosas muy poco acostumbradas, como por ejemplo amenizar la espera en su propio hogar. «Eso es lo distinto, básicamente -explica Felipe-. Acá, terminás de tocar y te vas a tu casa. No hay hotel. Te subís al auto y ves la gente en la San Martín, en los cafés… Es otra cosa».
El sábado decidieron llegar juntos al Gran Rex. Se unieron en un hotel céntrico y de ahí, en combi, al show. Terminada la función, de nuevo al hotel donde está el staff, y de ahí a sus casas. Más de uno se habrá sorprendido al mirar el auto de al lado y creer reconocer por plena Emilio Civit a Daniel Piccolo. ¿Era él? Seguro.
Pero existieron dos situaciones muy especiales e íntimas como para destacar. La primera fue en la prueba de sonido. Allí, a las seis de la tarde, había muy poca gente -como debe ser-. Sobre las filas 15 y 16, un murmullo llamaba la atención. Eran las familias de los músicos, esas que bancaron a más no poder la difícil y trabajosa carrera. Ahora estaban en pleno disfrute. Así, los padres y la hermana de Marciano, la familia Piccolo a pleno, Juan Pablo y Natalio Staiti y algunos más se regodeaban de lo lindo al ver a «sus chicos» sobre el escenario.
La otra escena se produjo al final del show, en el camarín. Ese fue otro cantar, fue el turno de los amigos de siempre. El reencuentro, los abrazos, los brindis y los «¿te acordás?» estuvieron a flor de labios. Allí, los primeros comentarios sobre el show eran de los mejores y los «¡viste que vine!» terminaban de cerrar alguna que otra herida.
En la puerta, más de cincuenta personas esperaban que salieran sus ídolos. A diferencia de otras veces, esta vez el teatro congregó a muchos chicos y chicas de entre 15 a 25 años, como dando la pauta que el recambio generacional está a pleno.