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Hoguera

Hoguera, el nuevo proyecto liderado por Federico Castrogiovanni, uno de los bateristas más sobresalientes de la escena argentina, actualmente miembro de Humo del Cairo.

Acompañado por Gustavo “Tano” Bianchi (bajo, también de Humo del Cairo) y los integrantes de Yama Ancestral, Emanuel Cacho (guitarra y voz) y Brian Bopp (guitarra), Hoguera lanza su primer álbum homónimo grabado a fines de 2017 en Estudios MCL (Buenos Aires, Argentina) y que contó con el legendario ingeniero de sonido Mario Breuer al mando de la consola. La mezcla estuvo a cargo de Juan José Burgos en Silver Worm Studios (Hollywood, Florida, EEUU), quien fue el encargado de darle una identidad propia a cada canción. La masterización estuvo en manos del mítico Gene Grimaldi en Oasis Mastering (Burbank, California, EEUU).

Hoguera mantiene la línea de la nueva generación stoner con referentes internacionales como All Them Witches, Baroness y Kylesa. Una banda de rock versatil que oscila entre el blues psicodélico, el post metal, el post rock y el space rock progresivo, con grandes paisajes sonoros, densidad instrumental y una potencia que obliga a escuchar a máximo volumen. Sus ocho canciones, desplegadas en 28 minutos, viajan por distintas atmósferas y estados de ánimo, de la furia distorsionada a la calma tensa.

“Oculto” abre el álbum y, de entrada, una aplanadora de distorsión se adueña del espectro con voces superpuestas que claman acabar con la agonía a través de la conciencia. La voz de Cancho suena con sangre en las cuerdas vocales, dejando todo en cada estrofa. “Etna” empieza con clima tenso para luego explotar con todo. “Como un volcán despierto sacudiendo tus sueños”, canta Cancho como metáfora perfecta de la banda. “Rostros”, en cambio, va directo al grano, un torbellino de fuego que incendia los parlantes desde el primer segundo, combinando cortes de blast beat y rítmicas irregulares de rock.

El álbum se divide al medio con las dos partes de Sismo, donde la banda muestra su potencia y densidad progresiva, con largos delays de guitarras, como si tocaran sobre un suelo árido y agrietado, mientras el cielo ofrece un espectáculo apocalíptico. En “Plegaria”, el ambiente se electrifica, a partir de un impresionante riff magnético que eriza la piel. En la instrumental “Vals de la muerte”, la sombra al acecho de la Parca se apodera del sonido gracias al meticuloso trabajo en las texturas a partir de la combinación de guitarras, baterías electrónicas, palmas y sintetizadores. Todo finalmente desemboca en “Dios es necio”, en el que crean un purgatorio sonoro con fuego por todos lados. Al finalizar el disco, las llamas siguen prendidas en la cabeza por mucho tiempo más.