La cantautora emergente anuncia el lanzamiento oficial de «Vendaval», su más reciente material discográfico cuyo proceso fue sanador.

Anita Bello es una artista y compositora argentina que ha sabido construir un camino propio dentro de la música independiente. Con una formación que abraza diversos géneros, su estilo se caracteriza por una narrativa honesta e interpretación emocional profunda.
Tras recorrer diversos escenarios y publicado los singles «Hoy quizás» y «Por ella», presenta «Vendaval» como su obra más ambiciosa hasta la fecha, ya que es su incursión como solista. La misma combina arreglos orgánicos con matices contemporáneos, describiéndose como una de las voces emergentes con mayor proyección y sensibilidad de la escena local.
¿Cómo llegó la música a tu vida y qué disfrutás más de ella?
La música llegó a mi vida desde muy chica. Empecé con una guitarra criolla, tocando en reuniones familiares y cantando con amigos. Era algo muy espontáneo, ligado al encuentro y a compartir.
Por motivos personales, estuve bastante alejada de la música. Hasta que en 2015 pasó algo que para mí fue como un nuevo comienzo. Armamos una banda de covers entre amigos, donde también participaba mi hermano. Hoy ya no está y le dediqué Vendaval. Fue entonces cuando agarré por primera vez una guitarra eléctrica y volví a conectar con una parte mía que había quedado guardada durante mucho tiempo.
En esos años también apareció el gusto por componer. Al principio tímidamente, casi como una curiosidad. Empecé a descubrir que podía hacer mis propias canciones y que había algo muy distinto entre cantar una canción de otro y encontrar las palabras para contar algo propio.
Después vino la pérdida de mi hermano y todo cambió. Esa primera banda se terminó repentinamente y yo me fui muy para adentro. Casi sin proponérmelo, la música empezó a ocupar otro lugar. La composición se convirtió en una manera de poner afuera cosas que no sabía muy bien cómo decir de otra forma. Se mezclaron otras historias, dolores más viejos, cosas que quizás habían quedado guardadas y que en ese momento volvieron a aparecer. Fue como si atravesar ese duelo hubiera abierto muchas puertas al mismo tiempo.
Entendí algo que después terminó siendo muy importante para mí: una canción no necesariamente resuelve lo que te pasa, pero puede ayudarte a darle una forma. Podés agarrar algo que te duele, ponerlo en palabras, encontrarle una melodía y, de alguna manera, empezar a mirarlo desde otro lugar.
Para mí fue un proceso muy sanador, al principio resultó un camino bastante solitario. Éramos mi guitarra, mis canciones y yo tratando de entender qué quería decir con todo eso. Y después apareció la necesidad de volver a compartir la música con otros.
Se fue formando la banda que tengo hoy, también haciendo covers, pero con un objetivo completamente diferente al de aquella primera. Esta vez el centro eran mis canciones: encontrar cómo quería contarlas, qué sonido tenían, cómo hacer para que aquello que yo había escrito en soledad creciera cuando empezábamos a tocarlo juntos.
Creo que Vendaval nace un poco de todo ese recorrido. No es solamente un disco sobre una pérdida, habla del duelo, por supuesto, pero también de otras heridas, del paso del tiempo, de volver a empezar, transformarse y descubrir qué queda de uno después de atravesar determinadas cosas.
Y quizás eso también responde qué es lo que más disfruto hoy de la música. Me gusta componer y tocar; me encanta la balada rock y esa posibilidad de mezclar algo muy íntimo con la potencia de una banda. Pero sobre todo, disfruto haber encontrado una manera propia de decir.
Al final, creo que todo lo que nos pasa, incluso aquello que nunca hubiéramos elegido vivir, de alguna manera abre nuevos horizontes. Eso es también lo que cuenta Vendaval: atravesar una tormenta y descubrir que del otro lado no sos exactamente la misma, pero seguís adelante.
¿Cómo viviste el proceso de grabación de «Vendaval» y quiénes te ayudaron a plasmarlo?
Fue una experiencia increíble, tanto desde lo musical como emocional. Se grabó en mi estudio (El Búnker), y con Nicolás Ridilenir (productor) tomamos una decisión que terminó siendo fundamental para el resultado: concretar las bases juntos, casi como si estuviéramos tocando en vivo. Conservar esa energía que aparece cuando los músicos están en una misma sala, escuchándose y reaccionando a lo que hace el otro. Sentíamos que estas canciones necesitaban justamente eso: necesitaban tener alma.
Fueron dos jornadas de unas diez horas cada una. En batería estuvo Ezequiel Vargas, excepto en la canción «Vendaval», cuya batería fue ejecutada por mi hija (Juanita Tosi) lo que para mí hace que tenga un significado muy especial. También tuve la alegría de compartirlo con Santiago Barrio.
Matías Onzari grabó el bajo en ocho de las nueve canciones; y Florencia Bello el bajo en el tema restante, además de participar con sus coros en todas las canciones. En guitarras estuvieron: Miguel Torres Agüero y Nicolás Sánchez Zoja, y yo ejecuté guitarras y voz.
Nos divertimos muchísimo trabajando, compartíamos la alegría cuando salía una buena toma, las ideas que iban apareciendo y también todo lo que sucede alrededor de hacer música juntos. Al final del segundo día habíamos grabado las bases de todo el disco. Me acuerdo de esa sensación de escuchar lo que habíamos hecho, mirarnos y saber que habíamos conseguido lo que buscábamos.
Durante el mes siguiente empezamos con los overdubs y fueron apareciendo otros colores. Ataliva grabó teclados, el Tano Díaz Pumará sumó violines en dos canciones y Juan Cruz de Urquiza aportó los vientos en uno de los tracks.
Lo último que realizamos fueron las voces. Cuando llegó el momento, todo el paisaje musical ya estaba construido. Empezó siendo algo profundamente íntimo y terminó convirtiéndose en una experiencia colectiva. Y creo que una parte del alma del disco nació justamente ahí.
¿Qué recursos aplicaste para lograr el sonido buscado y cuál fue tu sentir al escucharlo terminado?
Creo que el primer recurso fue tomar una decisión bastante concreta: las bases tenían que tocarse juntas. Con Nicky queríamos conservar algo del vivo. No buscábamos construir el disco instrumento por instrumento hasta conseguir algo técnicamente perfecto, pero sin movimiento. Queríamos interacción entre los músicos, que se escucharan y que cada canción tuviera una respiración propia.
Técnicamente pudimos hacerlo muy bien en El Búnker, eso nos permitió concentrarnos sobre el sonido desde el momento de la toma. Trabajamos las baterías para cada canción. Lo mismo pasó con las guitarras. Mis composiciones tienen mucho de eso porque es mi instrumento.
El desempeño de Miguel Torres Agüero y Nicolás Sánchez Zoja permitió que aparecieran distintas texturas y sonidos sin perder una identidad común. Las guitarras son una parte muy importante del lenguaje del disco y de esa balada rock en la que me siento representada.
Una vez que tuvimos esas bases, durante el mes siguiente empezamos a sumar los overdubs. Ahí aparecieron los teclados, los violines, los vientos y otros detalles. Pero tratamos de hacerlo con bastante cuidado. No quería llenar las canciones de cosas porque sí.
Cada arreglo tenía que tener una función. Si entraban unas cuerdas, unos vientos o un teclado era porque aportaban un clima que la canción estaba pidiendo.
Y las voces quedaron para el final. Eso también fue importante para mí. Cuando llegó el momento de cantar, ya podía escuchar prácticamente todo el universo, entrar emocionalmente en ese paisaje y trabajar la interpretación desde ahí.
La balada rock me permite jugar mucho con algo que me encanta, que son los contrastes. Una canción puede empezar desde un lugar muy íntimo y crecer hasta tener una potencia enorme. Entonces trabajamos mucho las dinámicas: cuándo sumar, cuándo sacar, cuándo dejar espacio y cuándo permitir que la banda explote.
El 6 de diciembre hicimos una escucha en mi casa y fue una noche muy especial, porque creo que por primera vez pude dejar de escuchar el disco desde adentro. Me emocionó mucho sentir que, a pesar de todo el trabajo que había detrás, conservaba algo muy esencial. Tenía un sonido e identidad, pero seguían estando las canciones que yo había escrito y la emoción desde la que habían nacido. Eso era lo que más me importaba.
¿Qué tal estuvo la experiencia de presentarlo en La Tangente durante el mes de marzo?
Fue una experiencia increíble y muy movilizante. Ver ese lugar lleno de gente que había venido a escuchar resultó muy fuerte. Sobre todo porque Vendaval nació desde un lugar muy íntimo. Durante mucho tiempo esas canciones fueron algo mío, después de todos los músicos que participaron del disco y, de repente, estaban ahí frente a 180 personas.
Sentí muchísimo cariño esa noche. El vivo, además, tiene algo completamente diferente al disco. Cambian con la banda, con el público, con la energía de esa noche. Y eso me interesa muchísimo.
También fue una experiencia de aprendizaje. Yo soy bastante exigente conmigo misma y salí de ahí pensando inmediatamente en todo lo que quería mejorar para la próxima vez. Pero después pude tomar un poco de distancia y entender también la dimensión de lo que había pasado: Habíamos llenado La Tangente y eso fue maravilloso.
Me quedaron muchísimas ganas de volver a hacerlo. Así que estoy pensando en una nueva presentación, tomando todo lo que aprendí de esa experiencia para llevar Vendaval a un show todavía mejor.
¿En qué momento te encontrás actualmente como artista?
Siento que estoy en un momento de mucha libertad y, al mismo tiempo, de mucha búsqueda. Vendaval fue un disco que necesitaba hacer. Está muy ligado a una etapa particular de mi vida, a cosas que atravesé y que necesitaba transformar en canciones.
Ahora sucede algo muy lindo: después de haber estado tanto tiempo trabajando hacia adentro, el disco finalmente está afuera y empieza a hacer su propio recorrido. Al mismo tiempo, sigo componiendo y ya estoy trabajando en nueva música. Hay una identidad en lo que hago que siento que ya está: mi manera de escribir, en las melodías, en las guitarras, en esa mezcla entre lo íntimo y la potencia de la balada rock. Hay algo reconocible que naturalmente va conmigo y que no necesito forzar.
Pero tampoco quiero quedarme quieta ahí. Para mí cada etapa tiene que ser diferente porque también voy cambiando. No quiero encontrar una fórmula que funciona y repetirla. Me interesa conservar una identidad y, desde ahí, seguir buscando.
El nuevo material tiene algo de Vendaval porque inevitablemente sigo siendo yo, pero ya empieza a tener su propio mundo. Y eso me entusiasma muchísimo.
¿Tenés pensado crear una propuesta audiovisual que acompañe alguna de las canciones del disco?
Sí, tengo ganas y seguramente haya propuestas audiovisuales para algunas canciones de Vendaval, pero tampoco siento que todos los tracks necesiten un videoclip.
Hay canciones que para mí tienen una imagen muy clara y quizás no piden mucho más que eso. El mar, la soledad, una tormenta o el sol apareciendo. De hecho, me gusta que quede cierto espacio vacío para que quien escucha pueda construir sus propias imágenes. No quisiera explicar visualmente todo lo que ya está diciendo la música o la letra.
Después hay otras canciones que sí pueden abrir una puerta diferente y ahí me interesa mucho pensar una propuesta audiovisual con una historia o un concepto que aporte algo nuevo. No que traduzca literalmente la letra, sino que dialogue con ella.
Hablemos sobre los siguientes objetivos.
Hoy mi principal objetivo es poner la energía en Vendaval. Para mí el disco existe desde hace mucho. Llevó tiempo escribirlo, atravesarlo, grabarlo y finalmente terminarlo. Pero salió en febrero, así que su vida hacia afuera recién empieza. Y tengo muchas ganas de darle ese espacio.
Quiero seguir tocándolo, llevarlo a otros escenarios, pensar propuestas audiovisuales y dejar que las canciones hagan su propio recorrido y encuentren a la gente. Y mientras todo eso sucede, tranquila pero sin pausa, sigo haciendo música. Ya estoy trabajando en las canciones del próximo disco, que saldrá el año que viene, pero no quiero apurar ese proceso. Hoy quiero disfrutar y hacer crecer Vendaval.