El cantante y guitarrista presenta su segundo disco, “13”, donde el número funciona como punto de partida conceptual del disco, asociado a la muerte simbólica, el renacer y la suerte.

¿En qué momento sentiste que ese número podía convertirse en el eje de todo el álbum?
Desde el comienzo, cuando empecé a ver que el concepto que cruzaba el disco tenía que ver con transformarse, dejar morir estructuras internas basadas en el miedo que nos estancan para darle lugar a la intuición y con buscar torcer la suerte y pelearla junto a los demás, fue inmediatamente un número que se me vino a la mente. Es mi número de la suerte, el número con el que intento empujar al destino, y tiene todo que ver con las temáticas que toca el disco, así que tenía todo el sentido del mundo.
En tiempos que describís como de individualismo y pérdida de sentido, “13” propone volver a lo espiritual, la confianza y la ayuda colectiva. ¿Qué experiencias o inquietudes personales te llevaron a explorar esos temas?
Más que propuesta, el disco como un acercamiento mío a lo espiritual como lugar donde buscar respuestas a un presente tan confuso, donde hay un individualismo gigante, donde la inteligencia artificial hace que todo pierda sentido y valor, donde se ha corrido el foco en la felicidad del ser humano. Creo que explorando maneras de acercarnos a la fe, a la intuición, a lo que sabemos que va a morir y por eso vale, y a la pelea colectiva, podamos llegar a encontrar la manera de volver a poner el foco en ser más humanos y felices.
Sonoramente, el disco continúa algunos caminos de “9:16” (2023), pero con un regreso más explícito a las guitarras, voces saturadas y efectos poco habituales. ¿Qué buscabas encontrar o transformar en tu sonido con este nuevo álbum?
Desde un primer momento hubo una búsqueda de la espontaneidad en el proceso de producción y grabación. Si bien yo ya tenía algunos esbozos y maquetas, la idea que le propuse al productor Neon Algo fue juntarnos a armar las canciones y que eso que grabemos sea lo que quede. Buscar capturar el momento de inspiración y respetarlo. Eso creo que me llevó a volver a darle el protagonismo a las guitarras que tuvieron mis canciones previas a ser un artista en solitario. Soy primero guitarrista y suelo encarar desde ahí las canciones, así que el protagonismo quedó plasmado. Y es tal vez la principal diferencia sonora con “9:16”, donde las guitarras son más limpias, hay menos capas, y en muchos casos no son tan protagonistas.
Cada canción tiene su propio videoclip y, conectados entre sí, forman un cortometraje ambientado en una Buenos Aires onírica. ¿Qué historia une a esas ocho escenas y qué aporta el universo visual a la comprensión del disco?
El cortometraje sigue a un Vocha atrapado en la rutina, que se ve transportado a una Buenos Aires oníricá donde intenta perseguir el éxito en la industria musical. Lo bajan literalmente de una piña al intentar concretarlo, pero luego se encuentra con un grupo de personajes muy particulares que lo ayudarán a dejar atrás sus estructuras, darle bola a su intuición y emprender ese camino una vez más, pero de manera diferente. Y todas las cosas que pasan en ese camino le aportan otra capa más de significado al concepto, a la vez que también nos reímos un poco de la industria musical y la realidad, y de paso dejamos una pieza audiovisual que nos deja muy orgullosos de mostrar.
¿Qué expectativas tenés para el show del 18 de septiembre en Lalalá?
Muchas ganas de tocar las canciones en vivo, con la gente, y reproducir un poco el momento final del cortometraje, donde nos juntamos con todas las almas rotas como nosotros, que quieren dejar atrás sus heridas, transformarse y pelear en conjunto para vivir una fiesta y a partir de eso comenzar a torcer nuestra suerte. Así que espero ver a todos ahí.