En su cuarto disco, «Despierta la magia», la cantante y compositora argentina Angie Foster vuelve a llenar el cosmos con su dulce voz y canciones bonitas y sentimentales.

«En este álbum quise compartir –señala Angie–. Me corrí un poco del «querer mostrar». Confío un poco más en mi, y comprendo que lo que pasa en la música va más allá de mi, de mi personalidad y mi ego, aunque claro que se materializó a través de mi. ‘Despierta la magia’ tiene que ver con confiar, con abrir, con entregar, con saber lo que quiero y cómo lo quiero, con dejar que la música y la historia en mi se vayan entrelazando».
A este reciente material lo anteceden «Esa mujer» (2008), «Sonrisas para tu corazón» (2010) y «Vuelo en el agua» (2014). La cantante remarca que siempre en cada álbum buscó comunicar y ahondar en el camino de conocerse a ella misma, y que en esta última lo quiso hacer de manera más consciente e integrada con el recorrido hecho con los trabajos previos. «No hay una diferencia, hay una profundización del proceso inaugurado en ‘Vuelo en el Agua’ –afirma–. Ahí comencé a darme cuenta de lo que quería, pero en ‘Despierta la magia’ lo supe desde un principio, y pude producir, junto con mi amigo Martín Bosa, las canciones sabiendo lo que quería de entrada. A nivel instrumentación, duración de temas, calidad de mezcla, colores y texturas. Pude tomar decisiones más claras. En este saber lo que quería entraba la posibilidad de que surjan ideas nuevas e inesperadas, y eso siempre es muy bienvenido».
¿La improvisación sigue siendo el método de composición que elegís?
Siempre es la puerta de entrada para la creación de canciones en mi; pero no en tanto método consiente, sino como forma de relacionarme con lo que todavía no existe, y con el impulso corporal de crear. Digo corporal porque cuando invento una canción no es porque me siento y digo «hola, voy a inventar una canción», salvo contadas excepciones para un taller, sino que es una fuerza sutil que me hace poner un acorde cualquiera, y las palabras surgen. Queda un micro fragmento de texto, melodía y arpegio, totalmente unidos, porque brotaron al mismo tiempo los tres. Luego, en una segunda etapa, con mi mente y mi intención ya direccionadas a «terminar de componer», completo la canción, ya con un criterio de forma y estética clara.
Hacés hincapié siempre en perseguir una evolución en tu música, ¿en qué cosas pensás que podés seguir creciendo?
Infinito puedo seguir creciendo: en hacer consciente lo inconsciente. El misterio no tiene puertas ni ventanas. La evolución es mi prioridad. A veces la pifio, a veces no. Pero siempre tengo presente que estoy acá para aprender, para sanar, para trabajar para el amor. A veces aprendo desde el dolor, y a veces solo de transitar una experiencia. Las canciones son como pequeños fotogramas de ese transitar, y pedacitos de mi inconsciente y de la pulsión de expresión colectiva que quiere manifestarse. En ellas hay un estado de querer comunicar y conectar y disfrutar y sanar y que el alma sea libre. Todos podemos hacerlo. Es un acto de valentía, de querer abrir esa puerta hacia adentro. Siempre quise hacerlo. A veces sale algo que me gusta, y a veces no. A lo que me gusta, lo riego, lo cuido, lo trabajo, le doy forma; y a lo que no me gusta, por ahora lo descarto.