Una voz suave y dulce, secundada por mansas melodías y letras que le cantan a la vida, a la transformación, al amor y los sentimientos más profundos del alma, destellan en el tercer álbum de Angie Foster: «Vuelo en el agua».

«En este disco yo sabía lo que quería, y cómo lo quería –aclara la joven cantante y guitarrista-. Eso se nota en las canciones, en la forma en que las grabamos, en los instrumentos, en la manera de tocarlos, en los arreglos, en las texturas y colores, en la gráfica. Hay un lugar más claro desde donde me ubico para relacionarme con las canciones. Eso me da confianza y apertura».
El clima de serenidad que se vive durante la docena de temas que habitan en su tercer material discográfico es el resultado de la paciencia y la logística tranquila con la que se desarrolló el armado del disco, sin expectativa temporal, dejando que las canciones marquen el ritmo, señala Angie y apunta acerca de la evolución de su sonido: «En ‘Vuelo en el agua’ encontré una coherencia que me gustó, pero la forma es siempre de muy corta vida. A las canciones del disco ya las estoy tocando de otra manera, le voy descubriendo nuevas cosas cada vez, y de eso se trata. El arte en movimiento. El momento de la experiencia es el milagro del encuentro. Después, que salga lo que salga de la forma que sea y en los discos que sean. Yo disfruto el hacer, el encontrar una cierta forma, producirla y cerrarla, pero después volver a ella y cambiarla toda. Dejo que la pulsión creativa me lleve. A ningún lugar, solo el hecho de transitar y experimentar me hace crecer».
¿Cómo nace una canción tuya? ¿Qué cosas te inspiran?
Cuando tengo un tiempo para jugar, agarro la guitarra, y empiezo a improvisar. Ahí sale una progresión armónica y a la vez, sobre ella, un texto con melodía. Todo junto, sin pensarlo. Así nace el esqueleto de la canción. Después, no se me ocurre nada más, yo lo siento, se acaba la inspiración, y es allí donde recurro a la mente para llenar los huecos y espacios vacíos que quedaron, para que la canción tenga una forma más o menos acabada, con una propuesta clara de comunicación.
¿En qué momentos o estados de ánimo elegís escribir?
No pienso en estados de ánimo a la hora de escribir. La pulsión creativa viene cuando yo me dispongo a abrir. No siempre que abro está ella, claro, sino sería todo muy fácil! Pero cuando viene, es porque yo bajé las barreras y me puse a jugar.
En tu web figuran varios textos que escribís y que no son canciones, ¿Qué tiene que tener una de tus escrituras para que termine acompañada de música?
Cualquier cosa que escribo puede convertirse en canción. Me tiene que transmitir algo, un sentido del conmover, tocarme en algún lugar. Cuando me enrosco con intelectualidades, a ese tipo de escritos trato de evitarlos, porque no me llevan para el lado de la simpleza, y yo en mis canciones busco ser simple, directa, y que haya sinceridad y amor. Hay veces que vuelvo a leer cosas que escribí hace mucho tiempo y voy agarrando frases. Hago un collage de frases, aparentemente separadas en el tiempo, pero cuando las junto para una canción, resulta que se conectan. Es la magia del inconsciente, del entregarse al acto de escritura sin pensar, con esta disposición de juego. Entonces todo cobra su sentido, aunque no en el momento en que uno escribe.
¿Qué es lo que más disfrutás de hacer canciones y de tocar?
Cuando se produce un encuentro, cuando a través de la canción me conecto con el otro. El otro me da algo, yo lo tomo, lo transformo, y le devuelvo otra cosa. Y viceversa. No se explica. Solo acontece. Cuando acontece, es maravilloso. Y cuando no, se siente. La magia del puente con la excusa maravillosa de la música.
Cómo artista independiente, ¿qué cosas aprendiste durante tus tres discos?
Vas aprendiendo sobre la marcha, a medida que hacés. Tenés que trabajar la paciencia, la voluntad, la coherencia, los límites, el respeto. Me resulta difícil coordinar todos los roles que tengo que activar para llevar adelante un proyecto musical con sus respectivas fechas: ser cantautora, manager, coordinadora de la fecha, chofer, vendedora de discos, a cargo de la logística de los músicos, los ensayos, especialista en Sadaic y demás cuestiones legales y burocráticas. Hay que encargarse de muchas cosas para que una fecha salga linda, y es difícil correr todo eso a un costado en un segundo y ponerse a cantar, despojarse de «lo urgente» y dar lugar a «lo importante», como diría Mafalda. Eso me costó durante mucho tiempo, pero lo pude lograr. Es entonces cuando más podés disfrutar estando en el escenario, compartiendo la música. Aprendí a soltar expectativas, y a disfrutar.
¿Y qué cosas disfrutás que te motivan?
La posibilidad de sentirme plena y con la intuición de estar haciendo lo que amo. Ahora es la música, mañana, quién sabe. Pero es esa sensación de estar aportando al mundo la certeza de que uno hace lo que intuye que ama y se entrega de lleno a eso.
¿Alcanzar el mainstream es uno de los objetivos?
Mi objetivo es que circule mi música. Creo que es de a poco. Haciendo fechas en lugares cuidados, en donde suene bien, que vayan personas que quieran escuchar lo que hacemos, y así generar un público que le interese nuestra propuesta, que nos transforme y a la vez se vaya transformado. Cuando a las personas les llega lo que escuchan, es ahí que de a poquito se va formando la multiplicación musical y viene el crecimiento.
¿Y cuáles son los anhelos a largo plazo para tu carrera musical?
Mi anhelo es poder vivir de la música, de hacer canciones. Amo hacer canciones. Quiero conectarme con el otro desde la sinceridad en la que me colocan mis canciones. Quiero crear un vínculo, un puente. Que haya alguien, que en algún momento, en alguna parte, le llegue lo que escucha, y que haga con eso lo que sea. Es la cadena de la vida, de la sanación, de la expansión de la conciencia en seres más lúcidos y amorosos cada vez.
Foto: Flor Carrozza