Rompiendo la tradición de incluir abundante material ajeno en una placa propia esta agrupación azuleña ofrece en su debut la actitud orgullosa de sostenerse (casi) íntegramente sobre composiciones de su cantante y guitarrista Fernando Chiodi. El muy realista dibujo de tapa, firmado por ese multirubro artístico conocido como Evaristo Martinez, muestra a Chiodi y al baterista Pablo Vitale levantándose de un suelo reseco mientras algunas raíces los aferran a la tierra. La imagen resume una cuestión destacable: estos dos socios musicales que tocan juntos desde hace casi quince años, primero en La Especie y después en Facón, tuvieron como horizonte sonar de un modo natural, con mucha madera y orientando su búsqueda más hacia lo simple que a los arreglos imposibles de llevar al vivo. Eso no quiere decir que carezcan de profundidad, sino que no quisieron poner en práctica muchas locuras.
«Me voy/ hacia la vida/ quién no/ tiene una herida?» se preguntan en el primer estribillo de «Darnos el sol» una canción con coros motivadores que inaugura la placa. El segundo tema es «La buena vida», donde se destaca la notable base construida por Vitale con sus escobillas. «El hijo ser padre» es una vieja canción dedicada por Chiodi a su primogénita, según dijo en el escenario del Teatro Español durante la última presentación del grupo. Sobre la mitad llega «No iré más allá», carnavalito rockerito que provoca una sensación como de grandilocuencia agazapada ideal para abrir recitales. De ahí salen con «Era nuestro», candombe beat radiable y fácil de recordar. El suave soplo de «Para llevar» arma un clímax de lo más sosegado. Y la intervención de Andrés Beeuwsaert en la hermosa «Cantaré» (clásico de Facón) constituye el pico musical del disco. «Semilla» es una canción capaz de levantar el ánimo en la mañana más gris de la semana. «Para siempre» aporta un candombe progresivo donde los arreglos de voces logran un instante lúdico. Cuando aparece «Equilibro primitivo», un reggae con una elegante base funky del bajista Julio Caputo, el disco se saca la remera y se pone a bailar en cueros. «Llorar» es una de esas cancioncitas chiquititas pero con pies ligeros que cuando llegan al estribillo se ponen a saltar. La única composición ajena llega sobre el final con «Samba del laurel» de un Cuchi Leguizamón que escribió «se me ha vuelto cogollo el silencio de esperarte a la orilla del río/ y me gusta saber que un aroma a laurel me llenó de rocío el olvido»; en esta canción Caputo mete unos coros fitopeazcos que consiguen un brillo interesante. «Racimos» muestra arreglitos rockeros, distorsiones limpias y culmina con una nube de instrumentaciones donde Pablo Vitale le saca lustre a su batería. El punto final es «Cruz del sur», donde la banda irradia un centelleo nocturno y sensual.
Resumiendo: se puede decir que es un disco de canciones que en lo folklórico encuentran una lengua madre, pero que hablan varios idiomas al mismo tiempo. El sonido de la mayoría de los tracks tira más para el lado del rock unplugged que de la solemnidad de tierra adentro. Tocaya cierra un trabajo templado y orientado a lo popular que, teniendo en cuenta la reciente incorporación del Mosca Sciglione en guitarra, invita a esperar material más rocker aún de su segundo esfuerzo, cuya grabación fue anunciada para el próximo verano.
Lista de temas de «Tocaya Tierra», de Tocaya Tierra (2006)
- Darnos el sol
- La buena vida
- El hijo ser padre
- No iré mas allá
- Era nuestro
- Para llevar
- Cantaré
- Semilla
- Rayos
- Para siempre
- Equilibrio primitivo
- Llorar
- Zamba del laurel
- Racimos
- Cruz del sur