Fragmento del libro «Buenos Aires y el Rock», de Adriana Franco, Gabriela Franco y Darío Calderón, editado en 2006 por el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.
Aquello que se conoce en la historia se puede rastrear en las canciones y ver allí las marcas, las señales que la ciudad le imprimió a ese rock que le ha dado la banda de sonido de estos años, y cómo, a la vez, esas mismas composiciones ayudaron a definir a Buenos Aires, a sumarle imaginarios. Siguiendo la idea de Walter Benjamin de la cultura urbana como un documento disponible para la interpretación, las canciones de rock, por su carácter de muy difundidas pero a la vez poco estudiadas, se ofrecen como un material privilegiado para su estudio, un manuscrito que siempre estuvo allí, pero que por su cotidianeidad nadie se ocupó de ir a interrogar.
Se trata de un legado que requiere de la escucha mejor aún que de la lectura, ya que en las canciones las letras conforman una unidad con la música en un ida y vuelta cuyos límites exactos son indecidibles. En esa comunión gestáltica entre la letra y la música, cada palabra dice lo que dice y además lo que el bandoneón, la trompeta o el tambor africano que la acompaña le hace decir.
Pero como le sucedió a Roland Barthes con sus ensayos sobre la moda, en las canciones se conjugan diversos sistemas (la música, la letra, el arte asociado a los discos y sus tapas, lo teatral de sus puestas, entre otros aspectos) que no pueden ser abordados a un mismo tiempo. Por ello, para esta investigación, luego de dejar de lado los aspectos estrictamente musicales y otros elementos relacionados con la producción discográfica, nos abocamos a observar las letras vinculadas con la ciudad.
Allí, en ese cancionero que ha formado el rock en estos cuarenta años de recorrido han quedado registrados (y se siguen registrando) los cambios que la ciudad ha vivido, en un juego continuo. Los nuevos hábitos, los difíciles tiempos de la dictadura militar, las tecnologías renovadoras que todo lo alteran, la relación con un mundo que, también, está en perpetuo movimiento.
Forman parte así, y sin duda, de aquello que la unesco llama patrimonio intangible y que define como las producciones o conocimientos que, en una determinada región, se transmiten por diferentes vías de una generación a otra.(1) Para muestra: los graffitis de bandas, los títulos de canciones que se resignifican cuando son utilizados como titulares de noticias, los niños cantando en el colegio los temas fundadores del rock argentino o aquellas melodías que se convierten en cánticos de cancha.
Teniendo en cuenta la importancia de este patrimonio y la relación identitaria entre la música y su lugar de origen, rastreamos en el amplio repertorio del cancionero del rock aquellas letras que están estrechamente vinculadas al fenómeno urbano en general y a la ciudad de Buenos Aires en particular, y conformamos un primer corpus de alrededor de quinientas canciones. Al hacer este recorte varias sorpresas saltaron a la vista. La primera –una observación empírica– es que son muchas, muchas más de las esperadas, las canciones que concretamente citan a la ciudad por su nombre: canciones que la evocan y la invocan, que le reclaman y le ofrecen promesas o elogios, juegan con su nombre, lo dan vueltas y le inventan nuevos significados, en un juego en el que la ciudad vive al ritmo del rock y es transformada por el rock. En efecto, Buenos Aires es para el rock una ciudad citable y así queda demostrado en las casi ciento cincuenta canciones del rock argentino que incluyen explícitamente el nombre Buenos Aires.(2) Por supuesto, en algunos casos se trata de menciones a nuestra ciudad en función del tema principal de la letra. Pero en muchos el motivo central de la canción es la misma ciudad de Buenos Aires.
Otra certeza es la que se impone al ordenar ese conjunto de canciones cronológi- camente: en los inicios, son unas pocas las que la citan por su nombre. Pero todo cambia a principios de los años ochenta, cuando las menciones a la ciudad comienzan a colarse con mayor frecuencia en las letras de rock. Varias situaciones confluyeron entonces para darle a la relación entre el rock y la ciudad una nueva dinámica. La guerra de Malvinas, además del horror y el dolor, trajo como inesperada consecuencia que las radios, evitando pasar música en inglés, le abrieran un espacio hasta entonces vedado a la difusión del rock local. Los tiempos oscuros de la dictadura iniciaban la retirada y se empezaba a respirar otro aire en la ciudad. Una ciudad que, ya en democracia, fue reapropiada por los habitantes: así la gente volvió a salir, a pasear sin miedos, a disfrutar de sus calles, y también a cantarle a la ciudad. Y allí estaba el rock, esperando su oportunidad de ser, de una vez por todas, la banda de sonido de los tiempos.
Porque aquella «nueva» relación que puede leerse en la más frecuente invocación de su nombre a partir del regreso de la democracia no hizo otra cosa que consolidarse con el paso de los años; incluso, reflejando los avatares que se vivieron política y social- mente. Así se puede observar que, a contramano de la supuesta globalización –aquella utopía de los noventa que pondría al país al mismo nivel que las grandes potencias–, el rock miró para adentro, se volvió barrial, cotidiano, más regional aún. Y esto se detecta en la proliferación de letras que ya no se limitan a mencionar a la ciudad sino que citan barrios, calles y esquinas. Como si ante el peligro de que la avalancha de información planetaria recibida borrara para siempre los rasgos identitarios propios, las letras y la movida del rock en general se aferraron a lo chico pero propio, a lo que hace marca de origen, a la calle recorrida de niño, al grupo de pertenencia.
La relación entre las letras de rock y la ciudad ofrece una suerte de nueva posibi- lidad de lectura de la historia, y así esas letras se han vuelto documento de los cambios vividos en estas últimas cuatro décadas. Al análisis de este populoso grupo de canciones, nos dedicaremos en esta primera parte. De su lectura y escucha atentas, han surgido di- versos aspectos recurrentes que sirven para comprender la relación que ha mantenido el rock argentino con su ciudad de origen. A modo de anticipo, comenzaremos por observar cuatro canciones que brillan con una luz propia, que se imponen. Son letras que no sólo mencionan a la ciudad sino que están dedicadas enteramente a ella.(3) Y son paradigmáticas porque en sí mismas reúnen buena parte de los aspectos que se irán viendo a lo largo del análisis de las letras y que son la constante de este cancionero.
Una de las canciones dedicadas a nuestra ciudad es «Che, Buenos Aires» de Moris (1995):
Che, Buenos Aires Moris (1995)
Che, Buenos Aires, sos igual que yo, tus dos caminos, tango y rock
y yo adivino, sos igual que yo, macho argentino, diosa loca y mujer, bue, Buenos Aires.
Che Buenos Aires amanezco en bares, busco un amor por esas calles,
y por Callao sol que sale al sur,
es madrugada y parece medio blues, bue, Buenos Aires.
Che Buenos Aires sos igual que yo, café y luna, taxi, llovió,
sábado wadu? sexo obsesión, ciudad plateada por la luz de sol, bue, Buenos Aires.
Y yo que caminé tantas noches, por sus aventuras,
por sus escondrijos, por tu boca,
por tus labios,
yo que fui el amante de la noche, yo que fui el novio de la luna,
yo que fui el rey de las esquinas,
te lo digo una vez más Buenos Aires, que sos igual que yo, siempre igual, con tus guitarras en la esquina,
y un bandoneón…
El título de este tema ya marca una tendencia que se continúa en la primera línea de la canción: Buenos Aires es una ciudad con la que se dialoga, un personaje de confianza con el que se traba relación de igual a igual, y al que se interpela con el modo informal del habla del porteño: «Che, Buenos Aires, sos igual que yo». Es también la ciudad que –ya en los años noventa– está tramada por dos tradiciones musicales: el tango y el rock. En esa unión se construye la identidad del habitante de Buenos Aires («escucho un tango y un rock / y presiento que soy yo»). La cara bohemia de nuestra ciudad también halla su lugar en esta letra («amanezco en los bares»). Y la ciudad amada adquiere la figura de mujer («diosa loca y mujer»).
El tema de Fito Páez y Joaquín Sabina sobre la ciudad se titula simplemente «Buenos Aires»:
Buenos Aires
Fito Páez – Joaquín Sabina (1998)
En Buenos Aires brilla el sol y un par de pibes, en la esquina, inventan una solución.
En Buenos Aires todo vuela, la alegría,
la anarquía, la bondad, la desesperación. Y Buenos Aires es un bicho que camina, ensortijado entre los sueños y la confusión.
En Buenos Aires descubrí que el día hace la guerra, la noche el amor.
En Buenos Aires leo, fumo, toco el piano y me emborracho solo en una habitación. En Buenos Aires casi todo ya ha pasado de generación en degeneración.
Y Buenos Aires come todo lo que encuentra como todo buen Narciso, nadie como yo.
Pero el espejo le devuelve una mirada de misterio, de terror y de fascinación. Buenos Aires, buenos aires,
buenos aires para vos.
En Buenos Aires toca Charly en un boliche planetario, es alto y voluptuoso.
En Buenos Aires llega un punto en que ya nada
vale nada y todo vale nada.
En Buenos Aires nos acechan los fantasmas del pasado y cada tango es una confesión. Cuando en el mundo ya no quede nada,
en Buenos Aires la imaginación.
Es una playa macedónica tan cierta
y tan absurda viven Borges, Dios y el rock and roll.
En Buenos Aires viven muertos, muertos viven y no quiero más tanta resignación.
Yo quiero un barrio bien canalla, bien sutil
y bien despierto, supersexy, quiero una oración
que nos ayude a descorrer el velo y que termine la desolación.
Buenos Aires, malos tiempos para hacerte una canción.
En Buenos Aires los amigos acarician y los enemigos tiran a matar.
En Buenos Aires, San Martín y Santa Evita montan una agencia de publicidad.
En Buenos Aires, la política… qué falta de respeto, qué atropello a la razón.
En Buenos Aires, el fantasma de la ópera camina solo por Constitución.
En Buenos Aires tengo más de lo que quiero pero lo que quiero nadie me lo da.
En Buenos Aires hay un Falcon pesadilla en el museo de cera de la atrocidad.
En Buenos Aires falta guita pero sobran corazones condenados a latir.
En Buenos Aires amanezco, resucito, me defiendo a gritos, quiero ser feliz.
En Buenos Aires cuando hablamos de la luna sólo hay una: la del Luna Park.
En Buenos Aires he perdido mil batallas pero hay una guerra que pienso ganar. Buenos Aires.
En Buenos Aires brilla el sol y un par de pibes, en la esquina, inventan una solución.
(cuando en el mundo ya no quede nada) en Buenos Aires todo vuela, la alegría,
la anarquía, la bondad, la desesperación.
Todas las noches sale el sol todos los días vuelve el sol.
El tema de Andrés Calamaro parece responder ya desde su título, «No tan Buenos Aires», y anticipa de esta forma una característica de la ciudad y de los modos de plasmar su imagen en las canciones: la contradicción.
No tan Buenos Aires Andrés Calamaro (1999)
Ya siento que estoy radiante por volver
tengo en cuenta que el diamante es carbón
…con el doble de canciones tratando de cambiar emoción por canción también lo hago por mi bien
y por mi afición suicida preferida rock de verdad, con amistad vuelvo a tomar aire
para saludar a Buenos Aires vuelvo al palo,
a una ciudad del palo
donde tu equipo es lo más venerado aunque suene exagerado, pero es verdad estoy en la ciudad de la pelota
la mentira se estira
y la pelota es el sentimiento
y es bueno encontrar alguno despierto vuelvo a tomar aire
para saludar otra vez a Buenos Aires apocalipsis now total
el lado invisible del sueño flexible de la Argentina mundial
y yo vengo a la ciudad que conozco de verdad donde viven los míos
y los que ya no están y luego como siempre
con una locura transparente que repito cada vez que vuelvo
porque a veces parece que estoy, pero me voy
pero una ciudad además de cemento es carne y hueso y sangre
y siempre estoy llegando a saludar a los aires
vuelvo a tomar aire
para saludar a Buenos Aires resumiendo
puedo estar con mi vieja comiendo o riendo sin carcajadas ni arcadas
o estar haciendo cagadas decír cosas peligrosas,
o demasiadas
pero no importa nada,
Buenos Aires es mía y no la cambiaría
me la quedo con toda su porquería por eso vuelvo, revuelvo
un par de veces al año Buenos Aires
soy parecido a otro también parecido conservamos todavía la chapa
que nos creemos la que a veces merecemos no ser de ninguna parte
en el mejor de los casos seremos un mundo aparte vuelvo a tomar aire
para saludar a Buenos Aires mi Buenos Aires querido
yo te quiero desde lejos y desde cerca te extraño por eso vuelvo y revuelvo un par de veces al año acá la luz no decide
uno quiere algo y lo pide
pero igual por inocente te lo clavan pero casi todos tenemos
más o menos algún control amigo la ciudad es testigo
viejos aires
estás pobre y sin futuro yo te presto veinte pesos y comprate lo que quieras
no puedo darte laburo puedo tratar de entenderte
y si algún primo te da un chumbo ya tenés más claro el rumbo
no me gusta pero es lógico que pase si algunos chorros y grasas
tienen diecisiete casas
justifico con reservas la escopeta es horrible pero era previsible
eso no arruina a la gente de Argentina nacimos desorientados
y nos educaron como tarados y nunca tuviste nada
pero un domingo podés ganar tu vieja prepara las empanadas y tenés un sentimiento, el viento
…aunque te guste agitar te podés emocionar
y esperar una revancha
te sentís vivo en la cancha te sentís vivo en la plaza
fumando algo, riéndote de nada y con todo en contra tuyo
te felicito, tenés un par
no vas a llegar, pero siempre siempre con orgullo
vuelvo a tomar aire para saludar otra vez
a Buenos Aires, mi cloaca preferida.
Finalmente, el tema de La Portuaria opta por el simple nombre de la ciudad, aunque vuelve sobre algunas figuras que también señalan las luces y sombras de la urbe:
Buenos Aires
La Portuaria (2003)
Yo caminé por tu calle desierta en el silencio de la madrugada y recorrí tu figura inquietante hasta llegar a la tarde nublada
en una vieja estación despoblada miré los trenes llegar desde lejos cerré los ojos, detuve el tiempo, quise decirte todo lo que siento.
Sos tan seductora, imprecisa y distante dulce y errante, algo extravagante
vos sos mi espejo yo en ti me reflejo y tantas veces te dije te dejo
yo sé que sos elegante y soberbia a veces cruel, inmadura y violenta sos tan romántica y tan decadente.
Y te vi excitante y encendida! mi querida… Buenos Aires
…en la vagancia de solo conocerte
yo caminaba por la calle Talcahuano
y recorrí tu centro un domingo de invierno vacío, helado, deshabitado
te vi morir y nacer en el tiempo, te vi bailar empolvada y brillante
haciendo alarde de tu decadencia.
y te vi…
(misteriosa Buenos Aires)
Quise escaparme de ti tantas veces pero volví a caminar por tus calles fuiste mi cuna mi cárcel mi espejo
mi extraña amante de la adolescencia vivir contigo necesita ciencia
para entenderte se precisa de paciencia tan inconclusa, extravagante
te recorrí para poder amarte
Y te vi excitante y encendida! misteriosa Buenos Aires…
Ya desde los títulos, estas cuatro canciones parecen entablar un diálogo que anun- cia uno de los rasgos más insistentes en la caracterización de nuestra ciudad: la metrópoli se presenta como un espacio que produce un sentimiento contradictorio: fascinación y rechazo, amor y odio, ofrenda y exigencia, «te amo, te odio, dame más». Este senti- miento ambiguo se expresa a través de la oposición y el oxímoron en expresiones como «A Buenos Aires, mi cloaca preferida» o «sos tan romántica y tan decadente», citas en las que se reúnen elementos antagónicos y amores inexplicables. Estas figuras retóricas estructuran en alguna medida las canciones («en Buenos Aires viven muertos / muertos viven») y permiten además expresar esa cualidad multifacética y caótica de la urbe donde todo tiene lugar: la figura de acumulación trabaja en ese sentido («en Buenos Aires todo vuela, la alegría, la anarquía, la bondad, la desesperación»). En este contexto caótico, la canción de Páez y Sabina se inscribe como una nueva versión de «Cambalache»: si antes eran la Biblia y el calefón, ahora son «Borges, Dios y el rock and roll», mientras «San Martín y Santa Evita montan una agencia de publicidad», para cerrar con un verso de aquel tango: «en Buenos Aires la política… qué falta de respeto, qué atropello a la razón». Esta referencia al tango es otro de los modos frecuentes con los que el rock busca representar a Buenos Aires, y de paso hace lazo con la historia. En el tema de Páez y Sabina, a la alusión a «Cambalache», se agrega que «en Buenos Aires nos acechan los fantasmas del pasado / y cada tango es una confesión». Como ya vimos, Moris propone que los dos caminos de esta ciudad son el tango y el rock, una esquina en la que se unen «la guitarra y el bandoneón». Y Calamaro propone una versión «radiante» de «Volver» y apela al infaltable «mi Buenos Aires querido», como ocurre en otros temas, incluido el de La Portuaria, pero en este caso con una variación: Buenos Aires en clave femenina («mi querida… Buenos Aires»).
Esta última cita nos permite volver sobre otra imagen señalada y recurrente: la ciudad como mujer. En efecto, la personificación de la ciudad es una figura que se repite a la hora de retratar a Buenos Aires. A través de esta operación la ciudad se vuelve más humana («pero una ciudad además de cemento / es carne y hueso y sangre»), ya sea para convertirla en un espejo («sos mi espejo / yo en ti me reflejo») o en una amante a la que se recorre («caminé tantas noches […] por tu boca, por tus labios»). Y la ciudad como amante asume generalmente la forma de una mujer, con quien –siguiendo los sentimientos opuestos que la urbe produce– se establece en muchos casos una relación de amor-odio: «sos tan seductora, imprecisa y distante […] y tantas veces te dije te dejo».
Pese a todo, en las letras se rescata siempre algún aspecto positivo: Páez/Sabina reconocen que «en Buenos Aires falta guita, pero sobran corazones condenados a latir», Calamaro señala esa doble cara de Buenos Aires recordando que «el diamante es carbón» y agrega «Buenos Aires es mía / y no la cambiaría / me la quedo con toda su porquería».
Por otra parte, Buenos Aires es retratada a la madrugada, como si la hora en que se detienen las actividades citadinas convocara a hablarle a la ciudad. Por las calles desiertas, en el silencio de la madrugada, amaneciendo en los bares, así se encuentran la ciudad y el poeta. Y en esa calma se siente la soledad que el trajín diario oculta («en Buenos Aires […] me emborracho solo en una habitación»).
Buenos Aires está representada también por los personajes que la habitan, y para pintar la aldea entonces también se cita a Charly García tocando en un «boliche planetario». Y esta referencia solapada a un bar, se continúa en las menciones al Luna Park y a otros lugares concretos que resumen los itinerarios que dibujan la cara de una Buenos Aires propia y particular.
La ciudad también está marcada por su historia y allí aparecen San Martín y Evita como personajes paradigmáticos, y también algunas cicatrices, como «un Falcon de pesadilla», que alcanza para aludir a los sombríos tiempos de la dictadura.
Buenos Aires está escrita por su literatura y por eso tienen lugar definiciones como «es una playa macedónica / tan cierta y tan absurda / viven Borges, Dios y el rock and roll». y la infaltable referencia a Mujica Lainez a través de la mención de su clásico Misteriosa Buenos Aires.
En las canciones que hablan de nuestra ciudad estos tópicos vuelven una y otra vez con variantes y matices que van construyendo una imagen rica y multifacética de la ciudad que las alberga. El juego está presentado: avanzamos ahora sobre ese animal urbano que baila al ritmo del rock.