Rock.com.ar
  • Actualidad
  • Podcast
  • Enciclopedia
  • Especiales
Rock.com.ar
  • Actualidad
  • Podcast
  • Enciclopedia
  • Especiales
  • Notas

Adiós al Indio: donde hay dolor, habrá canciones

  • Redacción Rock.com.ar
  • 7 junio, 2026

Después del impacto inicial, la muerte de Carlos Solari mezcló tristeza con la alegría de las misas ricoteras. 70 cuadras de cola para despedir al ídolo y darle lugar al mito.

Indio en Mendoza. Foto de archivo: Federico López Claro
Indio en Mendoza. Foto de archivo: Federico López Claro

Carlos Alberto Solari, el Indio, murió el viernes 5 de junio a los 77 años en su casa de Parque Leloir. Según el parte preliminar de la Fiscalía de Morón, sufrió un ACV hemorrágico mientras estaba en la pileta climatizada de su vivienda. Padecía Parkinson, enfermedad que había hecho pública años atrás y que lo había alejado de los escenarios en 2017.

El velorio se desarrolla desde este domingo a la mañana en el Polideportivo Gatica del Parque Domínico, en Villa Domínico, partido de Avellaneda. Las puertas se abrieron cerca de las 10, una hora antes de lo previsto, por la cantidad de gente que esperaba desde la noche del sábado. La familia informó que no habrá horario de cierre y que la despedida durará “hasta que haga falta”. La fila para ingresar llegó a superar las 70 cuadras, hasta las inmediaciones del Puente Pueyrredón. El operativo de seguridad, coordinado entre el municipio y la provincia, cuenta con unos 1.500 efectivos.

El Indio Solari y el país que se despide

La muerte de Indio no se procesó como la de un cantante, sino como la de una figura que excede a la música. Desde la tarde de ese día y durante todo el fin de semana, miles de personas se concentraron en plazas y monumentos de distintas ciudades —Plaza de Mayo, el Monumento a la Bandera en Rosario, la esquina de 7 y 50 en La Plata— para entonar su repertorio. El domingo, el velorio en el Polideportivo Gatica del Parque Domínico, en Avellaneda, abrió sus puertas una hora antes de lo previsto porque la fila ya superaba las setenta cuadras y llegaba hasta las inmediaciones del Puente Pueyrredón. La familia anunció que no habría horario de cierre: la despedida duraría «hasta que haga falta». La dimensión de ese duelo colectivo es, en sí misma, una medida de lo que el Indio significó.

De La Plata a Patricio Rey

Solari nació en Paraná, Entre Ríos, el 17 de enero de 1949, pero su biografía cultural empieza en La Plata, adonde se mudó de chico. Allí transcurrió su infancia y adolescencia, ligado desde temprano al dibujo y las artes gráficas más que a la música. En el circuito artístico platense de fines de los sesenta conoció a Eduardo «Skay» Beilinson, hermano de Guillermo Beilinson, con quien empezó a componer. También frecuentó La Cofradía de la Flor Solar, la comunidad de artistas que orbitaba alrededor del plástico Ricardo Cohen, «Rocambole», quien con los años se convertiría en el autor de la iconografía de la banda.

En 1976, en plena dictadura, Solari y los hermanos Beilinson dieron forma a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. El nombre nombraba a un líder inexistente; la banda, en cambio, fue muy real, aunque tardó casi una década en grabar. Durante esos primeros años tocó en espacios reducidos, con un público acotado y un rock de letras cifradas que circulaba de boca en boca. La música funcionaba, en ese contexto, como un refugio frente a la censura y el miedo.

Un modelo construido a contramano

El rasgo que distingue a Los Redondos del resto del rock argentino no es solo musical: es de método. La banda construyó uno de los fenómenos más masivos de la historia del país sin firmar nunca con una discográfica multinacional, sin pasar por la televisión y sin publicitar sus recitales. En la Argentina de los ochenta, donde la regla no escrita decía que sin productora, sin sello internacional y sin TV una banda no existía, los Redondos dedicaron veinticinco años a desmentirla.

El salto llegó con Gulp!, el disco debut de 1985, grabado en los estudios de MIA (Músicos Independientes Argentinos), con el padrinazgo de Lito Vitale. Esa elección no fue casual: el concepto de autogestión que la familia Vitale había cultivado en los setenta se prolongó en los Redondos, que editaron toda su obra «por afuera», de la mano del sello Del Cielito Records y de su productor histórico, Mario Breuer. La independencia no era una pose; era una decisión económica y ética sostenida en el tiempo. Esa coherencia —desarrollar un proyecto cultural masivo sin resignar autonomía— es uno de los motivos centrales por los que Solari ocupa el lugar que ocupa.

Detrás de ese andamiaje hubo una pieza decisiva: Carmen «la Negra Poli» Castro, la organizadora que durante años se ocupó de la logística, la producción y el sostén de un modelo que prescindía de las estructuras tradicionales del negocio. Junto a Solari y Skay Beilinson conformó el núcleo que hizo posible que una banda pudiera crecer desde el under hasta los predios sin intermediarios. Mientras otros grupos buscaban visibilidad, los Redondos eligieron el misterio y el boca a boca, una apuesta que alimentó su mística y que, lejos de limitar su alcance, terminó multiplicándolo.

La obra: nueve discos y una poética propia

Después de Gulp! llegó Oktubre (1986), considerado hasta hoy un punto de inflexión, no solo del grupo sino del rock nacional. Le siguieron Un baión para el ojo idiota (1988) y La mosca y la sopa (1991), y a partir de ahí Patricio Rey saltó a los estadios. La discografía con los Redondos sumó nueve álbumes de estudio, entre ellos ¡Bang! ¡Bang!… estás liquidado y Luzbelito, obras de referencia para varias generaciones.

Buena parte de la singularidad de Solari estuvo en las letras. Su escritura abreva en la generación beat, en la ciencia ficción distópica, en lecturas que van de Antonin Artaud y Jack Kerouac a George Orwell y Leopoldo Marechal, con destellos del simbolismo de Verlaine. A eso se suma su condición de cinéfilo —los climas de Tarkovski, Bergman y Herzog— y su mirada de artista plástico, atenta a Dalí, Klimt o Pollock. El resultado fue una poética casi hermética, que muchos no dudan en considerar poesía a secas. Sus canciones no eran himnos de coro fácil: temas como «Ji ji ji» o «Un poco de amor francés» funcionaban más como acertijos que el público adoptaba como banderas de identidad. En 2015 esa voz fue reconocida con el Premio Konex de Platino.

La misa ricotera y el pogo más grande del mundo

Si la obra explica una parte, la otra es lo que ocurría alrededor de ella. Ir a un recital del Indio nunca fue equivalente a ver a otro artista. Los seguidores viajaban cientos o miles de kilómetros, acampaban, compartían asados y convertían cada presentación en una experiencia colectiva. De esa liturgia nació una expresión que el propio Solari ayudó a bautizar: la «misa ricotera». El momento culminante llegaba con «Ji ji ji», tema incluido en Oktubre: cuando sonaban sus primeros acordes, decenas de miles de personas saltaban al mismo tiempo en lo que se conoció como «el pogo más grande del mundo», una postal que trascendió las fronteras del país.

Las cifras dan cuenta de la escala. En la etapa con los Redondos, las convocatorias llenaban estadios. Pero fue en la carrera solista donde el fenómeno alcanzó dimensiones inéditas: el recital de Tandil, en 2016, reunió alrededor de 250.000 personas, y el de Olavarría, en 2017, congregó entre 300.000 y 400.000. No se trataba solo del número. Lo distintivo era el sentido de pertenencia: una comunidad que adoptó las letras, los códigos y la estética como parte de su identidad. Por eso muchos describieron esos encuentros menos como conciertos que como ceremonias de comunión.

Rock, independencia y violencia institucional

El recorrido de los Redondos también quedó atravesado por la cuestión policial. El caso más emblemático es el de Walter Bulacio, un adolescente de 17 años de Aldo Bonzi que, la noche del 19 de abril de 1991, fue detenido por la Policía Federal en las inmediaciones del estadio Obras, donde tocaba la banda. Esa noche hubo más de ochenta detenciones bajo la figura de «averiguación de antecedentes». Bulacio fue trasladado a la Comisaría 35ª y murió días después, el 26 de abril, a causa de los golpes recibidos. El caso llegó a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que en 2003 condenó al Estado argentino, y se transformó en un símbolo de la lucha contra los abusos policiales. La práctica de las razzias en los recitales, heredada de la etapa dictatorial, empezó a desarmarse a partir de ese episodio. La relación entre Solari y la familia Bulacio fue, con los años, tensa; pero el caso quedó inscripto en la historia de la banda y en la memoria de su público.

Esa veta política convivió con un rasgo que Solari sostuvo toda su vida: la desconfianza hacia el poder y hacia los grandes medios. Su bajo perfil, su escasa exposición y su negativa a entrar en el circuito comercial no eran excentricidades, sino la cara visible de una manera de entender el oficio. «Los quiero mucho, los respeto mucho como público», solía decir, y en esa frase condensaba un vínculo que sostuvo durante más de cuatro décadas.

La etapa solista y el último tramo

La separación de Los Redondos, en 2001, producto de diferencias internas, no significó el retiro. Solari armó Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado y editó con esa formación cinco discos de estudio: El tesoro de los inocentes (Bingo Fuel) (2004), Porco Rex (2007), El perfume de la tempestad (2010), Pajaritos, bravos muchachitos (2013) y El ruiseñor, el amor y la muerte (2018). En esa etapa demostró que el mito no dependía de la marca Redondos sino de su propia presencia: las multitudes lo siguieron igual.

En 2015 hizo público que convivía con la enfermedad de Parkinson, sobre la que habló sin eufemismos. El avance de la afección fue reduciendo sus apariciones hasta que, en 2017, dejó los escenarios. Aun así no abandonó la creación ni el contacto con su público. Su última aparición pública fue en enero de este año, a través de un mensaje, cuando la Universidad de Buenos Aires le otorgó el Honoris Causa. Murió en su casa de Parque Leloir tras sufrir un ACV hemorrágico, según el parte preliminar de la Fiscalía de Morón.

El mito imbatible

La conmoción de estos días no se explica solo por la calidad de la obra. Lo que se despide es un modo de hacer las cosas. Solari probó que era posible construir un fenómeno masivo sin entregar la autonomía, que la independencia no condenaba a la marginalidad y que un público podía organizarse alrededor de una poética difícil sin necesidad de que se la facilitaran. En un país donde la cultura popular suele negociar con la industria y con la política, el caso ricotero funcionó como una rareza sostenida: soberanía sobre la propia obra, llevada hasta sus últimas consecuencias.

Sus letras dejaron en el habla cotidiana imágenes que sobreviven a las canciones; sus recitales fundaron una forma de estar juntos que poca música argentina alcanzó; su figura, esquiva y reticente al show, terminó siendo paradójicamente una de las más convocantes. Las despedidas de estos días —las misas espontáneas, las setenta cuadras de cola en Avellaneda, los mensajes de músicos, escritores y dirigentes— no homenajean a una estrella de rock en el sentido habitual del término. Homenajean a alguien que, para varias generaciones, fue una manera de mirar el país y de resistirlo.

La magnitud de la convocatoria fúnebre ubica a Solari en un terreno reservado a muy pocos ídolos populares de la historia argentina. Skay Beilinson, su socio de toda la vida, lo despidió con un escueto «hasta siempre»; el exbajista Semilla Bucciarelli dejó su propio mensaje; y desde el ámbito político y cultural se multiplicaron las definiciones que lo señalan como parte constitutiva de la cultura popular. Mario Pergolini, autor de una de sus últimas entrevistas extensas, resumió el desconcierto general: la noticia, dijo, lo dejó «asombradísimo». El operativo en Avellaneda, coordinado entre el municipio y la provincia, desplegó unos 1.500 efectivos para ordenar una marea humana que llegó desde todos los puntos del país.

El escenario, dijo alguna vez, fue el lugar más seguro que tuvo. Esa relación entre el Indio y su gente, construida lejos de la televisión y de los sellos, es lo que ahora se reúne, una vez más, para decir adiós.

Temas relacionados
  • Indio Solari
Otras notas
Barbarita Palacios. Foto de prensa: Nora Lezano
Leer más

Barbarita Palacios presenta “Vivir así”

  • 7 abril, 2026
Mandinga Tattoo
Leer más

El arte cobró vida en Mandinga Tattoo Expo

  • 26 marzo, 2026
Museo AC/DC. Foto: Nan Hougham
Leer más

Llega el museo oficial de AC/DC a Buenos Aires

  • 22 marzo, 2026
Lo último
  • Mezclas Raras. Foto de prensa
    Mezclas Raras: “Tenemos la libertad de ser completamente honestos entre nosotros”
  • Questo Quelotro. Foto de prensa
    Questo Quelotro: “Es imposible aislarse de la realidad que estamos viviendo”
  • Botta. Foto de prensa
    Botta: “Se ve reflejada mi vida en este disco”
Más notas
  • Morphine en Vorterix. Foto: Joaquín Pertierra (Recitarg).
    Vapors of Morphine en Vorterix: cada vez más Vapors
  • El Kuelgue. Foto: Agustín Dusserre & Ignacio Arnedo
    El Kuelgue presenta “Díscolo”, su nuevo álbum de estudio
  • punto aparte 1
    Punto Aparte!: “Trabajar de manera autogestiva resultó en un proceso de mucho aprendizaje”
  • Skinnys. Foto de prensa
    Skinnys: “Esperamos que puedan escuchar y sentir lo que intentamos transmitir”
  • Pato Sabático. Foto de prensa
    Pato Sabático: “Casi sin pensarlo salió un disco conceptual”

Mailing

Recibí nuestro resumen de noticias

Rock.com.ar
  • Nosotros
  • Información legal
  • En contacto
La enciclopedia del rock en Argentina

Ingresa las palabras de la búsqueda y presiona Enter.