El lanzamiento del festival Rosario es el Rocanroll probó que hay una movida que está sumando público. La crónica de Carolina Taffoni, para La Capital.
El sábado a la noche se terminó de desterrar un viejo mito, que reza que el rock rosarino no convoca. El lanzamiento del festival Rosario es el Rocanroll desbordó la capacidad del Anfiteatro, hasta tal punto que no se podía ni circular por las escaleras laterales. Hay varios factores que juegan a favor: la entrada gratuita, la noche despejada y el éxito del ciclo en general (Artistas a Cielo Abierto, organizado por la Municipalidad). Pero también hay que darle crédito a una avanzada de las bandas locales, y a un público que decidió, más allá de los habituales fans, abandonar una postura de indiferencia.
Abrir con Los Vándalos fue un acierto. La hinchada de la banda que lidera Popono aseguraba de entrada una buena convocatoria y un clima de fiesta. El grupo está dejando atrás el formato más simplista del rock cuadrado para presentarse como una big band rockera, con el saxo, la percusión y los teclados bien ensamblados al sonido de las guitarras. Eso se notó en la versión de «El indulto», con Bonzo Morelli como invitado; en el tono funky de un tema nuevo, «Florida Up Down», y en la densidad de «Yo ando por la calle». En sus mejores momentos, Los Vándalos recuperan algo del estilo de los Stones de mediados de los setenta.
«Es duro salir a tocar después de la mejor banda de rock del país», dijo Ike Parodi, el cantante de Vudú. Y aunque el elogio a Los Vándalos sonó excesivo, era el anuncio de que se venía algo distinto. Vudú no tiene influencias de los 70, es directamente como si una foto del Deep Purple o el Led Zeppelin de esa época saltara del poster y empezara a moverse. Los Vudú no se hacen, son. Están detenidos en el tiempo y punto. Ike Parodi lleva ese inconfundible look Robert Plant tanto en el escenario como cuando toma el colectivo en la Plaza Sarmiento. Esta suerte de imitación-homenaje está compensada por la voz del cantante (hay que tener mucho para recordar la voz de un Plant o un Gillan), riffs pegadizos y una banda que no desentona con el recuerdo del sonido setentoso, tan potente como preciso.
Después de tanto rock al mango, no fue fácil para Degrade bajar a terrenos más climáticos, aunque el grupo que lidera Nahuel Marquet está probando un sonido urgente y filoso. La banda se lució con las versiones de «Canción diluible» y «Espina», pero más que intensos y crudos a veces suenan simplemente tensos. Cuando llegó el turno de Pocketers el Anfiteatro ya no estaba colmado. El trío que mezcla distintos ritmos europeos con ska y punk (a lo Kusturica) no llegó a la gente. Coki y sus Killer Burritos retomaron la onda rockera. El ex Punto G arrancó con lo que mejor sabe hacer. Su «versión rosarina» del clásico de Lou Reed «Dirty Boulevard» es imperdible. Con su trío a la White Stripes se lució en «Un millón de dólares», «Baila» y el tema nuevo «Perdita», pero cerrar con «Ciudad de pobres corazones» resultó un paso en falso. Pretender potenciar un tema de por sí potente es quemar baterías por nada.