Cuarenta grados a la sombra,
hasta los perros tienen calor;
es el sueño de todos
sentir la brisa del malecón.
El infierno es un chiste
como la ropa color marrón,
la gente toma un trago
a la salud del invasor,
¡que marche otro ron!
¿Por qué nadie dijo nada
cuando bajó el plato volador?
Hay un hombre que camina
por el centro de la ciudad,
baila solo en una plaza
y lleva lentes pa’ disimular.
Aunque todos lo esquivan,
él a la gente ve pasar;
sabe que en su mirada
está el arma contra todo mal…
¡hay que reaccionar!
Nadie les avisó
que también se podía bailar.
¡Muerte al invasor
porque aquí llegó
con su rayo sabroso
el hombre con ojos de bongó!
Gostoso demais
hoy no es carnaval
pero con su mirada
nos dice que igual se puede gozar.
Ay, goza la vida
el hombre de los ojos de bongó.
Bajaron de otro planeta
hasta la tierra de la verdad.
Nos consiguieron trabajo
y no queríamos trabajar.
Dijeron de qué había que curarse
y hasta qué se podía fumar,
se sacaron muchas fotos
y nos dijeron cómo pasear
por nuestra ciudad;
nadie pasó la gorra
cuando el show iba a terminar.
Con un rayo en los ojos,
con mambo y con wawancó,
el tipo se sacó los lentes
pa’ combatir al invasor.
Y nunca ganan los buenos,
pero esta vez hubo acción
cuando un rayo fulminante
salió de sus ojos de bongó,
¡ay, cuánto sabor!
Nadie vio la derrota
pero la gente al menos bailó.
Pero si esta historia sigue
es porque el tipo se transformó
en chocolate caliente,
en café, en tabaco y carbón.
En arepa con queso,
en chicha y en choripán:
sale por Copacabana,
hoy es Sabrina, mañana Adrián.
Ay, goza la vida
el hombre de los ojos de bongó.