Después
Daniel Melero
Lista de temas
- Amor en pie
- Besar
- Río temporal
- Tantas veces
- Nadie sabe amar
- Mágico
- Redes vivas
- Nada extraño
- La llamada
- Sin respuestas
- Ámbar
- Dormir
Un viaje en el filo del tecno y lo pop
Publicado originalmente por Diario Página/12 el 20 de enero de 2005
El disco vuelve a demostrar la habilidad de Melero para moverse en ambos campos. «Después» apareció en formato simple y como caja quíntuple. Por Eduardo Fabregat, para Página/12.
En el librito del rock argentino, a Daniel Melero se lo suele dejar fuera del lote de “solistas respetables”. Es una de esas injusticias históricas, como fue injusto que Melero se fuera convirtiendo en un avezado esquivador de objetos volantes, toda vez que un festival lo exponía al (mal) temperamento del público. Será que el discurso del ex Encargados no se adapta fácilmente a los lugares comunes del medio, y será que siempre fue más sencillo estigmatizarlo que definirlo. Y es que Daniel Melero transita una zona donde no hay certezas estilísticas, sino experimentos donde el pop es apenas una puerta de entrada a ejercicios libres y hasta aleatorios, donde el riesgo asumido hace más disfrutable el resultado. Lo cierto es que, en su vena cancionística o en sus buceos más ambient, el trabajo de Melero resulta siempre interesante. Y «Después», editado en el filo entre 2004 y 2005, no es la excepción.
El nuevo disco, por otra parte, tiene dos opciones y diferentes lecturas. Por un lado está el álbum simple, cuyos doce tracks ofician de resumen para una caja quíntuple pletórica de ampliaciones sonoras, imágenes de la grabación y explicaciones del mismo Melero, quien sostiene que todo el proyecto puede ser considerado más como “tres gigabytes y medio de información” que como cinco discos de música. El concepto tiene que ver con la misma formación del protagonista, un autodidacta de la composición que encontró la manera de licuar lo analógico y lo digital, guitarras y piano en cómoda convivencia con la manipulación de frecuencias y texturas sonoras. Y que, liberado de las ataduras formales, se concedió la libertad de trabajar con sonidos bajados de Internet y programas de combinación aleatoria que agregan el encanto de lo impredecible.
Entonces, Daniel Melero es un tecnohead consumado, pero también un hábil artesano de melodías. La primera demostración franca fue Conga, de 1988, felizmente reeditado el año pasado. El historial posterior lo encontró dando más o menos protagonismo a cada faceta (con puntos altos como Rocío, de 1996, o Vaquero, 2001), pero siempre hay un fondo –y a veces una forma– pop que no se ciñe a la ortodoxia, en el que a menudo hay un giro, un cuadro torcido que, curiosamente, encaja perfectamente. Ahí es donde sus obras atraen e invitan a varias escuchas para disfrutar el truco de lo que está detrás de lo que suena.
De movida, Después abre el juego honrando a la canción, con un sonido de “banda en vivo” y la redondez melódica de Amor en pie, tan ajustada como tantos otros títulos del instrumentista y cantante, incluyendo aquel que dio uno de los primeros hits de Soda Stereo, Trátame suavemente. Liviano y luminoso, ese estribillo de “yo te espero igual, este amor sigue en pie” es la primera estación de un viaje que no se quedará en esa única apuesta (lo cual ni siquiera sería reprochable), sino que se irá internando más y más en la búsqueda de matices, nuevas facetas y experimentaciones. De hecho, el rubro de las estrofas y estribillos queda cubierto por esa apertura y otro puñadito de canciones, balanceadas por una serie de soundscapes que llaman al cuelgue, a dejarse ir en devaneos que no parecen proponer un destino fijo… y de allí su encanto.
Entonces, Besar, Río temporal, Nadie sabe amar y Sin respuestas, aun con sus trasfondos electrónicos y “síntesis granulares”, demuestran que el autor de No dejes que llueva está lejos de ser un loquito apretador de perillas, un Brian Eno del sur o un “no-músico”, como alguna vez se autodefinió. Pero la “cuántica suposición, transpoética indefinición” de Mágico sirve de puente a Redes vivas, la primera de dos colaboraciones a distancia con los jamaiquinos Jah Riddim (batería) y The Source (bajo), cuya esencia dub se suma a las maquinaciones de Melero para un efecto hipnótico, pero nunca aburrido: La llamada, el segundo experimento, podría instalarse sin complejos de inferioridad junto a deformidades similares firmadas por popes del ritmo oscuro y arrastrado como Massive Attack, Morcheeba o Zero 7.Así, apelando a jamaiquinos colgados de la rama o a ejecutantes “clásicos” como Fernando Nalé, Germán Lentino, Gabo (bajo), el baterista Leonardo Santos, Gonzalo Campos (guitarra) y el todoterreno Yuliano Acri (que pasa de la guitarra y el bajo a sintetizadores, “muestras y manipulaciones”), Daniel Melero coloca con Después otro ladrillito en una carrera respetable, más allá del contexto artístico en el que se fue desarrollando. Su nombre nunca será puesto en las marquesinas brillantes de los grandes solistas. Pero desestimar o ningunear su aporte, por modesto que resulte frente al lustre de los próceres, sería continuar con la injusticia. El hombre ya esquivó suficientes naranjazos.
Crítica: «Después»
Publicado originalmente por Matías Peluffo el 27 de marzo de 2005
De entrada, «Después» da la sensación de ser una excavación en los sonidos de los ochenta. Y esta recuperación, llevada a cabo por un personajes clave de la música argentina, no exhibe profanaciones ni oportunismo.
Melero colaboró en «Oktubre» (¿el mejor disco del rock argentino? es posible), concibió la mitad de «Colores Santos» (¿uno de los más anticipados? probable), fue parte del séquito de Soda Stereo y firmó «Quiero estar entre tus cosas», que tal vez sea el grado de ternura más alto que se pueda alcanzar con una canción en un minuto cuarenta y tres segundos. Como si fuera poco, se le atribuye el padrinazgo artístico de las últimas camadas de músicos creativos y destructores-de-pautas a nivel nacional (de Babasónicos y Brujos a XX & XX*). Y si Gustavo Cerati es el Maradona del pop argentino, Daniel Melero es el Che.
Después es un disco tan suave como el vaivén de un avión durante un vuelo plácido. La mayoría de las canciones parecen compuestas sobre un teclado, una guitarra acústica o una computadora. No hay clima de sala de ensayo, ni de zapada. Y en ese plácido reposo, Daniel Melero aguarda con su manojo de melodías un poco dark, un poco ochentosas, un poco ambient y casi siempre artificiales.
«Recuerdo bien, la despedida fue tan triste / en mi reloj veo las horas pasar y son muy simples» es la primer estrofa del mini-hit «Amor en pie» y esas palabras resumen muy bien la nostalgia futurista que se desarrolla a lo largo de Después. Cuando promedia el disco Melero declara «Nadie sabe amar» e invita a descreer de nuestros sentimientos. Le sigue «Mágico», tan artificial que bien podría ser la primera canción compuesta por un robot en la historia de la música. Hay tres tracks que no podrían ser llamados canciones: «Redes vivas» (un viaje anestesiado por un cable coaxil), «Nada extraño» (música de fondo para un sueño difuso) y «La llamada» (ideal para usar como banda de sonido de una secuencia cargada de tensión editada en cámara lenta). «Sin respuestas» es una canción que como casi todas, parece escurrirse muy lentamente por un río sin cascadas ni nada que altere la calma. En «Ámbar» y «Dormir» directamente no pasa nada y es una lástima que el disco se vaya así, sin saludar.
Se trata de un disco equilibrado y seguramente funcione muy bien para poner de fondo mientras se lee un libro… Pero no resuelve el misterio que interroga acerca de la subsistencia del artista… Melero ¿de qué vive? (me lo imagino vendiendo esas gafas tan modernas que sabe llevar… pero casi seguro que arregla computadoras).
(*) XX & XX: banda innovadora de turno que idolatra a Melero.