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La noche de Spinetta

  • Redacción Rock.com.ar
  • 19 diciembre, 2003

«Corazón acústico», recital de Luis Alberto Spinetta, con Claudio Cardone, teclados. Teatro Colón. La crónica de Ricardo Salton.

Cada vez que algún músico popular llega hasta el escenario del Colón, y más si el susodicho proviene del campo del rock, las manifestaciones de desagrado de los habitués del teatro emergen en tropel. Además, con cierto desconocimiento, o tal vez como prueba de un fastidio que los supera, igualan a la Mona Giménez con Serrat y a Mercedes Sosa con los Rolling Stones como si todo fuera más o menos lo mismo, como si todos dañaran la santidad del lugar. Pues bien, habría que confirmar que ese músico refinado e inteligente que es Spinetta supo construir un recital acústico, casi inasible, especialmente diseñado para el Colón y cuya implementación, en sentido inverso, no parece apropiada para los ámbitos usuales de la música popular.

A lo largo de poco más de una hora y media, sentados en el centro del escenario, estuvieron Spinetta con sus guitarras y el muy preciso y musical Claudio Cardone con sus teclados. Sobre ellos, en medio de una impenetrable oscuridad general, una iluminación mortecina, con pequeños cambios de color, creaba una escenografía de intimidad y de contacto casi personal. A ambos lados del escenario, los temidísimos parlantes, ésos que son acusados de dañar las estructuras del Colón y de perjudicar su acústica, sólo emitían sonidos que nunca alcanzaron los «estruendos» de una sinfonía de Chaikovsky.

Exactamente a la hora convenida, rutina que en los conciertos de música popular jamás se cumple, Spine-tta ingresó al escenario para enfrentar a una platea muy deshabitada -la entrada costaba setenta pesos- y a la multitud que abarrotaba las alturas del teatro y que sentían que, por cinco pesos, el Colón también podía ser de ellos. Saludó en el «estilo Salas», con una rodilla en tierra y el índice hacia las alturas, se sentó enfrentando a Cardone, tomó una guitarra y comenzó la larga sucesión de canciones que iría presentando para construir un recital tenue, poético, de armonías precisas y fantasiosas y sin estridencias.

Sin los instrumentos electrónicos con los que normalmente trabaja, los arreglos para esta ocasión se reducían a la voz, a los rasgueos leves de la guitarra y a los esmaltes menudos aportados por los teclados, todo exactamente apropiado para un espacio como el Colón. Si bien la historia, la estética y las búsquedas musicales de Spinetta poco tienen de parecidas a las que habitualmente suenan en el teatro, nada fue extemporáneo, nada estuvo fuera de lugar. En todo caso, habría que confirmar que algunas propuestas de la música popular, como también fueron las de Gismonti y Chucho Valdés en este 2003 que ya concluye, también suenan maravillosamente bien en el Colón.

El concierto fue un encadenamiento de canciones suyas, salvo dos de sus hijos Dante y Valentino y «Las cosas tienen movimiento», de Fito Páez, en un bellísimo arreglo personal. En buen equilibrio, los fans de Spinetta se encontraron con clásicos y con novedades. Sin embargo, a pesar de que las armonías siguieron sorprendiendo por su audacia y su imprevisibilidad y de que siempre hubo algún momento para otra exquisitez, el concierto se fue vistiendo de cierta monotonía, sobre todo cuando algunas debilidades compositivas aparecieron sobre el final y cuando ya el intimismo y la oscuridad se habían vuelto un paisaje normal.

Alcanzaba con observar los perfiles etarios y las indumentarias de los habitantes del Colón en la noche de Spinetta para comprobar que el público no era el de siempre. Seguramente los que fueron a disfrutar de «Con su amor ahí» o «Barro tal vez» no volverán al teatro de la calle Libertad hasta que algún músico popular aterrice sobre él. En sentido inverso, los amantes de Mozart y de Puccini seguirán ausentes cada vez que esto suceda. En ambos casos no deja de ser una pena. Tan sólo con observar qué pasa en el campo «enemigo» podrían entender que las bellezas no son exclusivas y que del otro lado también hay algo para disfrutar. Eso sí, para eso es menester desterrar a los prejuicios.

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