Más de 20mil personas se reunieron en el Chateau Carreras para dar vida a La Voz Rock, a beneficio del Hospital de Niños: reunió a Pappo, Spinetta, Leon Gieco y Charly García.
Desde temprano miles de personas fueron arribando al Chateau, donde todo estaba listo para la gran noche del rock nacional. El miércoles, las entradas ya se encontraban completamente agotadas y en la puerta no faltaron los famosos revendedores que pedían sumas alocadas a cambio de la posibilidad de ingresar al estadio.
Jóvenes y no tan jóvenes se dieron cita para presenciar el arte de cuatro de las figuras más importantes de nuestra música. Con estradas más que accesibles (de 5 a 10 pesos), todo lo recaudado sería destinado al cuerpo de voluntarios del Hospital de Niños de la ciudad.
Muy cerca de las plateas se alzaba el escenario sobre una alfombra plateada. El campo se pobló rápidamente y la guerra de cantitos entre «los de arriba» y «los de abajo» no tardó en desatarse. Familias enteras aguardaban el comienzo fijado a las 19:30, mientras tomaban una cerveza o comían un choripán. Toda la prensa estaba presente y medio Córdoba estuvo pendiente de lo que sucedería esa noche.
Cuando el sol terminó de guardarse detrás de las sierras, Spinetta hizo su ingreso. Vestido de gris y blanco y acompañado por Cantilo, Maloseti y Nico Cota, Paraíso fue el primer tema en salir de su boca y llegar directo al alma de los presentes.
El Flaco, aclamado por su gente, clavó la vista en el público y cada una de estas palabras fue acompañada de una lluvia de aplausos: «Pareciera que el mar se llenó con nuestras penas por eso decimos que le mar se llenó de llanto. Que sea una fiesta de paz, porque esto es para los niños, así que hagamos la paz», y El mar es de llanto sonó en cada garganta presente.
«Somos capaces de traicionar a los que más queremos, ojo, porque ustedes son el futuro y si se acostumbran a pensar así vamos para atrás como locos, no va a depender ya de políticos sino de ustedes. Hay que aprender a quererse entre los argentinos para poder levantar el país, loco», fue el mensaje del flaco, mientras poco a poco se iba consumiendo su set.
Los recuerdos llegaron de la mano de Ana no duerme, Tonta luz, A su amor ahí y Las cosas tienen movimiento (de Fito Paez), entre canciones de «Para los Arboles» como Siénaga dorada y Agua de la miseria. Se despidió cantando uno de sus grandes clásicos, Me gusta ese tajo, mientras por el micrófono se coló la indicación a sus músicos de que ese sería el último tema y el mensaje final: «Muchas gracias por brindarle su apoyo a los chicos del Hospital de Niños, eso es más importante que mi música y todo».
Luis Alberto y su banda de lujo regó el estadio con climas que fueron de la paz y la serenidad a la máxima euforia. La calidad de un artista, que conmovió inclusive a los duros corazones de quienes vestían camperas negras y pulseras con tachas.
Ya son las 22:20, y mientras algunos se apuran en ir al baño otros prenden un cigarrillo esperando que la fiesta siga. «Pappo, Pappo», ruge el estadio y un presentador improvisado anuncia la llegada del «más grande guitarrista de América». Jean azul, campera de cuero y guitarra en mano, Roberto Anibal Napolitano pisa el escenario con todo el virtuosismo y destreza que lo caracteriza. Un par de temas nuevos y un puñado de éxitos hacen temblar la estructura del Chateau. Una de las pantallas no resistió tanta energía y se desplomó en uno de los costados, pero nada podía empañar tamaña fiesta.
Los más chiquitos coreaban alocados que «nadie se atreva a tocar a mi vieja», el tema que según Pappo lo hizo famoso por segunda vez. En el vallado, los guardias parecían ser del Funs Club Oficial del Capo y no paraban de agitar sus brazos al ritmo de su guitarra. A las 23:30 se despidió cantando Sussy, y muchos quedaron reclamando los bis que nunca llegarían.
Cinco minutos después, todos esperaban ansiosos la llegada de un artista que, dentro de nuestro rock, se encargó de unir estilos, músicos y luchas sociales a lo largo de su carrera. Leon Gieco, uno de los grandes ausentes en los tres Cosquín Rock y otros importantes festivales roqueros, tenía su espacio en este mega evento. Un espacio que el público se encargó de legitimar desde el primero hasta el último tema.
Desde lo más alto de la platea baja el aluvión de aplausos. Ya la euforia era incontenible pero Gieco se encarga de apaciguar las aguas. Cinco siglos igual, cantado a capela, hace que las furiosas bestias enrojezcan sus gargantas. Agradeció el apoyo de todos los presentes, pero la ovación que recibió no lo dejó hablar. Sinónimo de protesta, eterno acompañante de las Madres de Plaza de Mayo y asiduo portador del sentir de su pueblo; que mejor tributo por parte de su gente que dedicarle el famoso «el que no salta es militar» a lo cual respondió con una sonrisa que denotaba orgullo. León mostraba una vez más que es el más roquero de todos.
Cuando se aplacaron algunas voces, consiguió tomar la palabra para decirles a los presentes: «Este diario además de cumplir 100 años trata de convocarnos a nosotros que somos algo así como los sobrevivientes de un montón de épocas, de un montón de gobiernos, la mayoría de ellos corruptos y asesinos», expresó Gieco y luego de elogiar al medio que organizaba el evento, dijo: «A llegado a esclarecer los crímenes y los errores de la nefasta dictadura como por ejemplo mostrar en primera plana la excavación del cementerio de San Vicente. Cárcel a todos los genocidas. No al punto final, No a la obediencia debida».
Empecinado en hacer pensar a cada uno de los presentes, su segundo tema de la noche fue La memoria, una canción que poco a poco va convirtiéndose en un himno de este cantautor de Cañada Rosquín.
La Guitarra, De igual a igual, Las madres del dolor, Bandidos Rurales, Idolo de los quemados. Uno a uno iban cayendo los temas de su último trabajo discográfico. Recordó la fecha de nacimiento de Jon Lennon y pidió que «hagamos paz por él».
Anunción un viejo tema diciendo: «Una canción por los derechos humanos, para que se entere el país. Y a lo mejor tenemos la suerte de tener un gobierno que luche por los derechos humanos», y cantó La cigarra acompañado por miles de ojitos que se empañaban con cada acorde.
Pensar en nada desató uno de los pogos más grandes de la noche y Los Salieris de Charly junto a Los orozcos sacudieron las gradas. Amagó con irse y volvió acompañado de una de las grandes promesas del folclore: Raly Barrionuevo pisó el escenario para recibir el apoyo masivo de quines aguardaban su eminente ingreso. Cantaron juntos Carito, Cachito campeón de Corrientes y la plegaria a la libertad y la paz titulada Solo le pido a Dios con la que se despidió el santafesino.
Es imposible dejar de remarcar como León, a pesar que muchos lo vean más cerca del folclore que del rock, es capaz de mantener su vigencia intacta y cobijar en su música a todas las tribus que proliferan sobre este suelo; desde el más hippie hasta el más hevy no lograron resistirse a la fuerza de Gieco en el escenario.
Ya no falta mucho para que llegue el final y las últimas cervezas se van vendiendo. Se corre el telón y las luces se encienden en el estadio. Todos aguardan que de un momento a otro el Emperador del Universo haga su ingreso triunfal en helicóptero, como fuera anunciado por una AM muy conocida de la ciudad. En la consola alguien simula el sonido de las paletas al girar y todos miran el cielo esperando que se tire de cabeza al público. Más de media hora se prolonga la espera y las silbatinas recorren de norte a sur el estadio; como es una costumbre, Charly se hace rogar. Veinte minutos después el cielo de llena de colores, un show de fuegos artificiales sorprende a todos y entre las chispas de colores Charly aparece en el centro de la escena.
Los temas de siempre, pero esta vez con el vacío que la ausencia de Gabriela Epumer genera en el escenario. Cerca de la revolución, Promesas en el bidet, Yendo de la cama al living, Reso por vos, Funk you, Los dinosaurios…ninguno de estos temas volverá a sonar del mismo modo. Sin embargo, la banda de Charly sonó más roquer que nunca y suplantaron la ausencia de la melodiosa voz de Gabriela con un sonido crudo y guitarras distorsionadas que se combinaron a la perfección.
Me tiré por vos y 9° B no podían dejar de estar sonar en esta noche. Un Charly García que pareciera amar al público de Córdoba, porque en cada presentación en la docta no deja de recalcar el buen trato que recibe de su gente. Llorando en el espejo, Seminare y Sin tu amor; tributo a su pasado y al de mucho de los presentes. I´m not in love, Tu vicio, Demoliendo hoteles, desataron la locura de los más chicos.
La semi primicia fue Rock and roll yo, tema que integra su próxima placa y que fue presentado en Córdoba en el mes de mayo. El amor espera marcaba el supuesto final, cinco minutos después el líder del movimiento Say no more se dio el gusto de mover las piernas al ritmo de Popotitos, volvió a reclamar «no me toquen» y como es ya una costumbre fue el que apagó la luz.
Está de más decir la energía que se vivió durante las ocho horas que duró el evento. Pocas veces se puede ver brillar en simultaneo a estos cuatro astros del rock nacional. Son las 3:30 de la madrugada y poco a poco se van retirando con una sonrisa en el rostro las más de 20mil personas que ayudaron a recaudar más de $100mil para el hospital de niños. Las calles y colectivos se llenan de los «locos» del Flaco Spinetta, los «pesados» de Pappo, los «Salieris de Gieco» y los devotos de Say No More; todos marchando en fila india hacia los distintos puntos de la ciudad, silbando bajito con las manos en los bolsillos, tratando de esquivar el frío y juntando las monedas que los devolverían a sus casas. Y es que el deseo de Spinetta y Gieco se cumplió: tuvimos una fiesta de paz.