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La separación de Almendra

  • Revista Pelo
  • 10 septiembre, 1970

El conjunto Almendra, uno de los más destacados grupos de la música pop argentina, ha decidido de común acuerdo entre sus cuatro integrantes, disolverse. Durante este mes cumplirán con las contrataciones establecidas, terminarán de grabar su segundo long play y darán un recital de despedida donde interpretarán todos sus nuevos temas, en los primeros días de octubre.

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Esa es la noticia fría, esquemática, terriblemente objetiva. En estos casos no importa demasiado ser los primeros en saberlo, o conseguir la información en exclusividad. Este tipo de acontecimientos son las primicias que una revista nunca quisiera tener. Sin embargo es real: Almendra se terminó. Y con ellos muere uno de los ciclos más lúcidos, una de las vanguardias con mayor inteligencia autoral e imaginativa que tuvo la música popular argentina. La noticia fue dada a conocer en una reunión realizada dos semanas atrás en la redacción de la revista Pelo. Fue un encuentro tenso, duro; en el que a veces prevalecía el chiste, la sorna y la carcajada para tratar de ocultar un dolor. Aunque ellos tomen el hecho de la separación como «un acontecimiento feliz que va a contribuir al progreso musical individual», es inevitable la existencia de un sentimiento de tristeza, de dolor por lo que se pierde, aunque mañana cualquiera de ellos esté dispuesto a encontrar un nuevo camino o a producir cosas importantes. A la redacción de la revista asistieron Luis Alberto Spinetta, Edelmiro Molinari y Emilio del Guercio. Las preguntas —esquema habitual de un reportaje— no tuvieron, ni tienen demasiado sentido en una nota como ésta. Lo que sigue fue lo que explicaron ellos sobre lo que habían decidido algunos días atrás:

Luis Alberto: «De pronto tomamos consciencia que aparte de nuestra evolución de conjunto, cada uno había alcanzado individualidad en su camino. Algunos más concomitantes, otros claramente distanciados. Personalmente yo, y ninguno de nosotros, queremos darle a esto un sentido trágico. Estamos convencidos que de esta manera en vez de dividirnos nos estamos multiplicando».

Edelmiro: «Nuestros problemas son exclusivamente de orden musical. No había satisfacción últimamente por los resultados que conseguíamos en conjunto: ninguno de nosotros estaba conforme. Quizás, hoy mismo, nosotros demos un recital y para el público Almendra va a matar, pero sólo nosotros sabemos que no estamos consiguiendo lo que en realidad queremos».

Emilio: «Esta resolución drástica no deja de tener su parte dolorosa, pero la tomamos con naturalidad. Conscientes de que es lo mejor para nosotros porque ya estamos en diferentes caminos musicales. De pronto yo quiero una cosa y Luis otra totalmente distinta a la mía o a la de cualquiera de nosotros. Esto tampoco implica problemas personales: cada uno de nosotros respetamos los deseos del otro. Cuando esos deseos no concilian, lo más lógico es tomar medidas de precaución, en este caso específico: disolvernos».

Luis Alberto: «Esta es una separación en conjunto, es común». Así como un día decidimos, por nuestro gusto y nuestras aspiraciones, unirnos en conjunto; hoy tomamos la resolución, tan libremente como antes, de separarnos. Vamos a terminar todo como empezó: con un recital. Los cuatro sabemos perfectamente que esto era un ciclo, sin fecha fija de finalización, y ahora llegó. A partir de ahora cada uno tratará de evolucionar en el camino musical que eligió. Si de repente mi camino y el de Edelmiro tienen cosas en común vamos a hacer cosas juntos. Cada uno va a sentirse alentado por sus nuevos proyectos, y eso es importante dentro de la evolución de un músico».

Edelmiro: «No hubo entre nosotros evoluciones desparejas, como para llegar a la conclusión de que algunos estén más arriba y otros debajo del nivel. Simplemente que los progresos individuales tienen características propias. Por todo esto yo no dejo de pensar que Rodolfo es un gran baterista, Emilio un excepcional bajista y Luis un buen compositor. Simplemente cada uno hoy quiere hacer lo suyo».

Emilio: «Todo esto pienso que va a ser para bien y nos conviene a todos. Quizás podríamos haber seguido, aparentemente estábamos en nuestro mejor momento, pero hubiéramos engañado a los que creen en la música que hacemos».

Esta es la segunda separación ocurrida durante 1970 dentro de la música pop argentina. La primera fue la de los Walkers, un conjunto que estaba aletargando su muerte, aún sabiendo que su destino total ya estaba irremisiblemente fijado. La evolución musical, sinceramente los superó. Pero el caso de Almendra es distinto: ellos estaban en su mejor momento, hacía sólo unos meses hablan conseguido equiparse con los mejores instrumentos y amplificadores (una meta importante, deseada por cualquier conjunto nacional), su situación económica era realmente fuerte después de una larga espera, la popularidad los señalaba entre los verdaderos grandes, sus discos tenian amplia difusión y se vendían en buenas cifras, semanalmente algún diario o revista, inevitablenente los mencionaba, los proyectos de su ya frustrada ópera habían adquirido dimensión nacional y había real expectación por conocerla, sus recitales contaban con la seguridad de una sala repleta y, por sobre todo eso, contaban con el respeto unánime de la mayor parte del público, de todos los criticos y de sus colegas contemporáneos y de otras generaciones. ¿Qué podía faltarle a Almendra?

La respuesta la dieron ellos mismos: conjunto. Mejor dicho, conjunción. Finalmente, los cuatro parecen haber llegado a una síntesis surgida con naturalidad, en forma inesperada. Almendra se había convertido en cuatro personalidades musicales marcadamente diferentes y no en un «conjunto»

La conclusión sin embargo, Ls paradójica: durante mucho tiempo los críticos y periodistas especializados insistieron en que, uno de los factores fundamentales de los loables resultados de Almendra, era precisamente su fusión en «conjunto»: el aporte de cuatro individuos congeniantes para un resultado musical coherente. Y hoy una de las causas de la separación es, justamente, la carencia de ese factor.

La crisis al parecer fue espontánea («Tuvimos una reunión y lo charlamos largamente»), pero posiblemente sea el resultado de un proceso de silencio, interno, individual; en el que seguramente tienen que haber existido desniveles: alguien debe haberse dado cuenta antes. Pero en la hora final —ellos lo dijeron— todos estuvieron de acuerdo en la conveniencia de la separación.

Almendra ha muerto, eso parece ser definitivo. Pero, como cuando muere un hombre, quedan sus ideas, y en su caso particular, también sus temas grabados. Pero perdurará, seguramente, algo más importante: su línea musical, el estilo inconfundible de la voz temblorosa de Spinetta mezclándose con los fraseos de Edelmiro en la guitarra, y teniendo como respaldo imprevisible la base rítmica de Rodolfo y Emilio. Aún queda un próximo long play (lo están terminando de grabar en estos días), donde se incluye la nueva producción de Luis Alberto y en el que podrá comprobarse —más aún que en sus recientes recitales— la evolución del conjunto.

La ópera quedará en el recuerdo, inconclusa. Sólo algunos privilegiados que alcanzaron a escuchar varias partes saben de su verdadero valor. Con la defunción de Almendra, se cierra también lo que podía haber sido una de las más brillantes posibilidades de apertura de la música pop nacional: esa misma ópera que, sinceramente, todos esperaban.

Pero aún les resta por entregar su última obra (el long play) y habrá un recital de despedida que tendrá matices semi trágicos pero también algo de alegría y entusiasmo como en un ritual caótico. Porque Almendra será muerto y sepultado por sus propios integrantes, pero quedará su música, reproduciéndose en cuatro partes (o quizás en menos).

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