Un febrero con 22 grados en la Pampa Húmeda y el calendario marcaba curiosamente que los uruguayos tocaban en La Sala de las Artes. Sorpresivo y hasta onírico porque no es común recibir a semejante banda en la desolada temporada estival de la ciudad, que venía del Cosquín Rock cordobés.
Pero así fue nomás y Pichincha arrancaba una semana rememorando aquellas viejas épocas doradas del Dixon con este renovado público velero esquivando oficinistas y bares de cerveza artesanal, para pegar una lata de medio y un sánguche bien criollo de chorizo, ese que prohibieron en las adyacencias de los estadios porteños de fútbol.
Los años pasan para todos porque ir un lunes a ver un recital, a priori tan intenso, daba modorra, aunque «llegar a viejo nunca es el peor final», dicen los Sebastianes en «La revancha», una de las 13 canciones de «Destilar», el disco que La Vela Puerca venía a presentar a Rosario a menos de seis meses de su anterior visita. Pero esto recién fue la primera entrega. El concierto del 11 de febrero en Suipacha y Güemes consistió en la previa de otro número que será el próximo miércoles 6 de marzo, en el mismo lugar.
La recepción del lunes tuvo a los Mamita Peyote, aun recuperándose del obsceno robo de todos sus instrumentos, que entre las canciones de sus dos placas de estudio mecharon una íntima versión de «Mi semilla» (Euge Craviotto la cantó luego con Teyseira y Cebreiro). Para las 22 ya no había espacio ni para sacar el teléfono del bolsillo.
La Sala rebalsaba de gente, pero nunca faltaron los dispensers con agua para hidratarse, pese a que no fue una noche tan calurosa, al menos hasta que los cánticos pidiendo por la Vela se desvanecieron en gritos de parabienes. Veinte minutos pasadas las diez de la noche empezaban a sonar «Velamen», «Atala», «La nube» y «Casi todo», las primeras cuatro de «Destilar».
El formato que proponen los uruguayos en esta bestial gira #LVPDestilar es ambicioso ya que el álbum suena completo y en orden durante sets. En Rosario, esa propuesta estuvo acotada por el entorno y la fecha, pero el público ya memorizó las letras y se acostumbró al agite, aunque también a conocer lo nuevo e incorporarlo. El mérito de La Vela de creer en nuevas canciones en estos tiempos volátiles es sumamente interesante y apreciable. El punto clave tal vez de su vigencia.
Un puñado de temas de su más reciente discografía («Érase», 2014, y «Piel y hueso», 2011) ya lo imponían al Enano con su camisa sin mangas desabrochada y predispuesto a bajar la furia con la acústica y «Respira». Duró poco porque «El señor» reavivó el pogo. La lista continuó más luego con «Zafar», «La revancha», «Todo el karma» y se convirtió en un coro consistente made in el público con «Va a escampar» y «El profeta». Si bien el show fue un poco más resumido que lo habitual, el grupo supo dosificar muy bien esas dos horas de enlace con su gente, en La Sala de las Artes.
El recorrido y el profesionalismo cosechado le permitió a La Vela Puerca adaptarse a un lugar más pequeño y darse el lujo de sonar más ska-punk que nunca, en pleno apogeo de big band de estadios colmados por toda Latinoamérica. Volvieron para los bises con «Mi semilla», e invitaron a la líder de Mamita, y se despidieron con «Soldado de plomo», «Haciéndose pasar por luz» y «Llenos de magia», vociferada puño en alto con lo último que quedaba para dar en este sólido show configurado prolijamente para interiores.
La Vela no para. Toca en Capital Federal, Uruguay, Tucumán, Jujuy y en menos de 15 días regresará a Rosario para la segunda parte de esta noche que se vivió en un febrero inolvidable, por cierto, para la ciudad.