El jueves último comenzó la trilogía de fechas que Jorge Drexler dispuso en Buenos Aires para presentar su nuevo Material: «12 segundos de oscuridad».
21:00 hs, día de semana: Un frío recién venido en este Abril por terminar… Un Rex llenando espacios por segundo y un viento que llega para quedarse desde un país vecino.
De fondo, un folklore ajeno se siente hasta conmover… Hasta hacernos parte de si mismo. Uruguay entrando y saliendo de los parlantes y de un escenario oscuro, todavía dormido.
Un acomodador revisa… Camina… Circunda los instrumentos y prueba las guitarras. Afina.
50 minutos pasados de la hora prometida, en vez de encenderse los reflectores, el escenario parece apagarse todavía más. La sala también se apaga. Y desde un huequito derecho comienza a salir sonido. Un acorde. Otro. Mil arpegios disparándose por todo el salón.
Acústico y acompañado por nadie, Jorge Drexler se vuelve audible y desde el primer minuto, ya no hay dudas: a partir d este momento, la noche será.
Un primer tema que parece caber perfecto y nombrar el instante: «12 Segundos de oscuridad», actual corte del disco homónimo. Las notas se suceden y los músicos que acompañaran salen por detrás. Se van ubicando. Y desde el centro de todos ellos nacen melodías que nos bastan para intuir lo que vendrá.
Jorge se presenta humilde, como sabe, con inmensa poesía. Con un canto que es historia y es reflejo. Que es testigo y dibuja. Que atraviesa y se vuelve campo constante.
Hay un bajo, contrabajo, guitarra y percusión. Hay computadoras también. Y entonces crean efectos y vienen sonidos. Y solo un ser de magnitud puede lograr que un violín y una maquina electrónica se complementen y convivan en equilibro, anulando la contradicción.
Los ritmos mutan todo el tiempo, se disocian y se unen otra vez. Nunca sin estilo. Siempre con esencia. Movimiento de sus dedos en vaivén.
Llueven canciones creando ambientes, llevando amores por un mundo inmenso. Sabiendo que viven en cada río que nombran, en cada ojo que olvidan de mentira. Trepando los montes y los aeropuertos que pisaron una vez.
¿Cómo hay tierra mojada? y ¿Dios en quién sabe donde?… ¿Cómo vuelven los acordes revestidos de nosotros que estamos casi sin pestañear? No olvidando nada. Internos de casi todo. No creyendo que a unos metros se levanta tanto edificio inerte. Tanta ciudad.
Con una voz comodísima para el género, Drexler ahonda en el Bossa y prepara la intro para una composición de su autoría. Con clima que atiende a todo. Con luna y «Don de fluir».
Jorge esta calmo pero se inquieta pasivamente, se interesa por quienes escuchan. Pregunta y devuelve lo que le piden. Como fondo de escenario, se mantienen en el aire, 4 pantallas plasmas que transmiten secuencias perfectamente elegidas. Un arte abstracto que condensa poesía audiovisual. Imágenes unísonas haciendo del tiempo una exactitud.
Los músicos entran, salen y vuelven a entrar. Cada uno en su medio construyendo, todos, un mismo leguaje.
Las luces vuelven a escaparse y Drexler se ubica en un costado. Viola en mano y dedos en cuerdas, improvisa una serie de canciones en ingles en versiones de milonga. Un reflector parte el violín pequeño y lo derrama. Un momento inacabable en la noche sensibilísima que el uruguayo supo construir. Un silencio compañero y abierto a lo que viene. A lo que el mismo deja nacer.
¿Cómo se puede abrigar tanto con sonidos? ¿Cómo se vuelve tan frágil y tan latente un ser humano? ¿Cómo se hace para no sentirse parte de esta milonga del moro judío?
Una presentación con excelente composición y respetadas versiones ajenas lujosamente elegidas: High & Dry, de Radiohead hizo de la noche una cualidad.
Un Jorge de vestido clásico y perceptivo. Un Jorge que no apuesta a las barreras ni a la arrogancia. Creando desde lo que ha vivido. Con pianistas en el alma y con guerras que no debieran haber sido. Transformando todo. Uniendo generaciones, manos y tristezas. Recordando desde el sol.
A hora y media de haber empezado, se despiden. Nos saludan, les pedimos, no sonríen, nos aprenden y se van. Esperamos, lo nombramos y hacemos de su música nuestra versión.
Y de la nada o desde el todo, se abre un costadito y vuelve. Nos mira una vez más. Toma la guitarra y entonces nos obsequia. Respiramos.
Solo y armónico se agranda su voz como el escenario. Como todas las luces. Como todos nosotros y nuestra admiración junta.
Jorge se respeta en prolijidad. Se desafía y se trasciende por segundo. Jorge es candombe, y folklore. Es milonga también. Es el alma de los lugares que visita. Es lo que sabe y lo que trata de entender. Lo que aprende de nosotros. Lo que nos enseña desde que nos vió.
23:55hs: Con el sentimiento mismo con el cual llegó, presentimos: se esta yendo. Esta cerrando el círculo precioso que construyó esta noche. Con el sol y con la luna mas eclipsados que nunca y dejándose ver. Muy cerquita…muy bajito.
Abre los ojos y, no sé bien cómo hace, pero llega hasta todos nosotros. Baja la cabeza. Se queda un instante. La sube: «Gracias Buenos Aires».
Y un eco enorme vuelve infinito hasta donde está: ¡»Gracias a vos»!