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Santaolalla y el primer paso del rock moderno en la Argentina

Gustavo Santaolalla, hoy el gran gurú del rock latino y flamante candidato al Oscar, trajo el rock moderno al país en 1981, hace 25 años, cuando bajó de Los Angeles para grabar un disco que llevaría su apellido como todo título. Con una producción especial, hoy contamos cómo se hizo ese álbum iniciático y revelamos anécdotas que hasta ahora nunca se contaron.

Es una trasnoche de la primavera de 1981. Mitad de octubre. En el control del estudio de Sicamericana, en el primer piso del viejo edificio de Uriburu 40 donde funciona el sello Music Hall, Gustavo Santaolalla se contorsiona en un sillón, cierra los ojos y canta la segunda voz que pondrá unos minutos después. Lo escuchan solo tres personas: el técnico de grabación, sentado al lado suyo, Alfredo Toth, parado junto al grabador multitrack, y este cronista, testigo ocasional. La batería y el bajo suenan sólidos y la guitarra slide que el mismo Santaolalla ha grabado hace un instante, frotando con una botella chica de Coca Cola sobre las cuerdas, le suma un toque zigzagueante al jugueteo de la percusión. Es una de las intensas jornadas de grabación del disco que unos meses después, ya iniciado el traumático año 1982, saldrá a la calle con un nombre directo, "Santaolalla", y que aunque nunca será un suceso de ventas, pondrá la piedra fundacional del rock moderno que dominará la escena local de la década que está comenzando. Este cronista trata de registrarlo todo aunque no tiene ni cámara de fotos ni máquina de video ni grabador de audio: se da cuenta de que está sucediendo algo importante.

"Santaolalla" fue grabado por Gustavo Santaolalla y un puñado de media docena de músicos amigos en solo 15 días y 15 noches -vaya maratón-, del 12 al 26 de octubre de 1981. Por esas horas, el grupo más popular de la Argentina era Seru Giran, con una música que no tenía ni siquiera algunos elementos del nuevo rock -se le llamaba new wave- que en el Norte imponían The Police, Dire Straits, Elvis Costello y Blondie, e incluso se jactaba de ello: en su "Mientras miro las nuevas olas", Charly García se mofaba de la corriente de renovación y decía: "amigos, esto yo ya lo vi". Lo más cercano al sonido moderno lo tenían Raúl Porchetto con su flamante disco "Metegol" y el ya muy folklórico León Gieco que acababa de grabar en los Estados Unidos, justamente con Santaolla y el grupo que éste tenía en Los Angeles, Wet Pic Nic, un rock alla Mark Knopfler llamado "Pensar en nada" que tendría destino de hit inoxidable. Y no había más.

Entonces fue que llegó Gustavo Santaolalla con el pelo corto -sorpresa para sus viejos amigos porteños, que lo habían visto partir cuatro años antes con barba y la melena por debajo de los hombros- y nuevas ideas. En Los Angeles, donde se había radicado, tenía un grupo en sociedad con otro argentino, el tecladista Aníbal Kerpel -ex Crucis-, que se había ganado un lugar en el circuito de los mejores clubes de rock de la ciudad, incluso en el mítico Whisky a Go Gó. A esa banda, Wet Pic, la completaban un bajista y un baterista norteamericanos. Y para grabar un disco que le propuso hacer Oscar López, por entonces el productor discográfico más activo de la Argentina, Santaolalla convocó a la base rítmica de Porchetto, que eran Alfredo Toth y Willy Iturri -poco después, el trío GIT junto a Pablo Guyot-, al tecladista Alejandro Lerner que todavía no había debutado como solista, al saxofonista Oscar Kreimer que ya se destacaba en la banda con la que Lerner trabajaba aún en pequeños escenarios, a Ruben Rada en congas, a su ex compañero de Soluna Osqui Amante en percusión, y a Mónica Campins en coros (ella, también ex Soluna, era su pareja por entonces). El resto lo hizo él: tocó guitarras, cantó, hizo la producción musical, dirigió la grabación y fue muy exigente consigo mismo.

La historia registra que "Santaolalla" fue el primer disco de rock moderno de la Argentina y es verdad. Solo que no todo el álbum tuvo esa onda de renovación: si bien algunos temas como "Ando rodando" y "No te hagas rogar", en tempo de rock directo, o el reggae "Mamá, amigos, tengo una TV color", se pueden considerar avanzados para el momento, hay otros como "Hilda y el hermano", casi un tango por el concepto y la melancolía, "Hasta el día en que vuelvas" y "Compañeros del sendero", que no sonaban sorprendentes.

El hit es "Ando rodando", contundente y claro, donde Santaolalla aprovecha para contar por dónde va, sin preocuparse demasiado adonde llegará. Y dispara flechas contra su pasado en la comunidad de Arco Iris, del cual decía haber salido dañado. Canta con toda la voz: "De la tierra prometida solo me quedan heridas".

Algo similar a esto dispara en "Si me llaman por teléfono no estoy": "Ya no quedan pasajes en el tren del ensueño, de mi cuerpo y mi alma voy a ser al fin dueño", afirma, esperanzado, y concluye duro: "Se quemaron mis libros y con ellos, la historia; ya no quiero ni alas ni rebaños ni gloria; si alguien tiene que volar, que sea el ave; si alguien tiene que guiar, que sea el sol; si me llaman por teléfono, no estoy". Sin embargo, no todo lo pasado parece haberlo sepultado, porque versiona un clásico de Arco Iris, "Vasudeva", remozándolo en tiempo de reggae blanco.

El otro punto cumbre del disco es, sin dudas, "Mamá, amigos, tengo una TV color", una postal con apuntes casi periodísticos que un argentino -él mismo- envía desde esos Estados Unidos que sorprenden, decepcionan, deslumbran y seducen, todo a la vez.

Como los buenos discos, los buenos de verdad, "Santaolalla" resiste una audición de nuevos oyentes aunque hayan pasado muchos años desde aquellos días en que fue grabado. Y han pasado muchos...: dentro de unos pocos meses, serán 25 clavados.