Nuestra novena entrega de 50 discos nacionales en cuarentena se centra en trabajos con letras poderosas. Son álbumes de diferentes épocas, con múltiples contextos sociopolíticos, en los cuales sus autores se paran a fijar posición con literatura de alto vuelo.
No siempre hablan de lo mismo. No siempre lo dicen de la misma manera. Pero siempre lo hacen con una estética poética muy superior a la media, incluso para su época. Desde Charly a Luca Bocci. Desde discos hasta las redes, la poesía del rock argentino viene peleando contra la mediocridad desde hace 50 años, para mostrar lo que no todos pueden ver.
«Pequeñas anécdotas sobre las instituciones», Sui Generis (1974)
«Los magos, los acróbatas, los clown, mueven los hilos con habilidad». El tercer disco del dúo Sui Generis, integrado por Charly García y Nito Mestre, salió en años de represión y violencia.
En 11 canciones (9, en la primera versión) se denuncia no sólo el horror que llegaba desde el Estado (el disco se iba a llamar «Instituciones», pero la censura obligó a cambiar el título), sino el gris que reinaba en una sociedad temerosa y opaca. «Alguna gente que conozco vive metida en un baúl», entona en su pequeña, pero profunda voz Nito Mestre en «Tango en segunda».
Se hace con recursos poéticos ilimitados, abordados con voces perfectamente sincronizadas, y atmósferas musicales elevadísimas que mezclan lo acústico y tecnológico, con melodías folk/country en escalas menores, pero que podía subir a una fiesta de sonidos, entre teclados robustos y bases onda Prince, para prenderse en un viaje psicodélico.
Pensemos en un rock nacional naciente y en un Charly que apenas estaba descubriendo el mundo. Pensemos en una capacidad creativa que crecía al mismo tiempo que los «dinosaurios» trataban de dominarlo. Pensemos en que el mejor de los nuestros se estaba transformando en el mejor de los nuestros y lo hacía con un tonelaje artístico muy elevado, incluso para que aquellos que querían detenerlo lo pudieran entender.
Pensemos en que Rinaldo Rafanelli y Juan Rodríguez —que junto a David Lebón tocaban en Polifeno y solían ser soporte de Sui—, se acoplaron a la banda y que junto a algunos instrumentos que trajo Charly de Estados Unidos le dieron a esta placa un sonido más moderno, que se aleja del fogón y se acerca a los movimientos musicales que proliferaba en el mundo (el cambio de ritmo de «Pequeñas delicias de la vida conyugal» y el sonido Deep Purple de «Música de fondo para cualquier fiestita animada» son pruebas de ello).
En cuanto a las letras, es un antes y después. No solo para el rock nacional, sino para el tejido social argentino. «Tendremos un gato en el jardín, tendremos un hijo si quiere venir, muchos desayunos y ningún Clarín»: nadie podía describir mejor los sueños de la clase media. La casa, los hijos, el patio el desayuno, pero sin la presión social que implicaba los grandes medios de comunicación argentinos.
Había algo de Spinetta ahí, pero más cercano. Algo que entendía perfectamente la temperatura social y se encargaba de quitar vendas a una sociedad que decidía no ver. «El tuerto y los ciegos» habla de eso: «La mediocridad para algunos es normal, la locura es poder ver más allá», cantan Nito y Charly en una melodía simple, pero compleja a la vez, y que lleva ternura, alegría y tristeza. Todo junto.
En las primeras ediciones existieron dos canciones que fueron censuradas directamente. «Juan Represión» y «Botas locas» (anécdotas de cuando echaron a Charly del servicio militar obligatorio). Los dos hablan de los más terribles villanos de la historia argentina. Pero lejos de contarla con odio, lo hacen con lástima y hasta con humor e ironía. Lo cual, seguramente, que habrá provocado más resentimiento.
Charly y Nito entienden que por más que las dictaduras le recorten las letras y discos, son ellos los que tienen los días contados y que, tarde o temprano, los tuertos le enseñarán a ver a los ciegos, para que la historia no se repita Nunca Más.
«Parte de la religión», Charly García (1987)
Junto con «Piano Bar» (1984) y «Cómo conseguir chicas» (1989), «Parte de la religión» forma la trilogía más talentosa de un artista argentino de la década. Un García auténtico, que le agrega a su talento natural arreglos de época, que adornan canciones que van desde el rock al funk y hasta se anima a jugar con el rap.
También hay que mencionar en que aquellos años se juntaba con músicos tremendos como Carlos El Negro García López en guitarra, Fernando Lupano en bajo, Fernando Samalea en batería, Fabián Zorrito Von Quintiero (en todos los grandes discos argentinos aparece su nombre) en teclados y Fabiana Cantilo en los coros.
Es casi un grandes éxitos de los Ochenta. «No voy en tren», «Buscando un símbolo de Paz», «Necesito tu amor», «El rap de las hormigas» y «La ruta del tentenpié» son algunos de los clásicos que pertenecen a esta placa.
Pero los aplausos son sin duda para «Rezo por vos», la eterna canción que compuso junto a Luis Alberto Spinetta, con la mejor primera estrofa de cualquier composición en castellano: «La indómita luz, se hizo carne en mí y lo deje todo, por esta soledad». Sublime.
Desde lo musical hasta las letras, Say No More estaba atravesando un momento de creatividad mágico. Cada canción que componía representaba un pedazo de humanidad («Él no camina en barrios suburbanos/él es un hombre decente/ él nunca toca la gente con las manos») y a la vez estaba 20 años adelantada («Ella se desnuda y se desviste tan lésbicamente/ Todo se construye y se destruye tan rápidamente, que no puedo dejar de sonreir»). Señoras y señores: Su Majestad, on fire.
«Abre», Fito Páez (1999)
Fue el disco que cerró su década más gloriosa, y estuvo a la altura de las circunstancias. Quizás no fue lo esperado en ventas, pero musical y literariamente es una joya de principio a fín.
Al pop rock de la época, Fito le agrega algo de funk («Ahí voy») y vuelve a sus raíces folclóricas («Tu sonrisa inolvidable»). Letras largas y poderosas («Al lado del camino», «Abre» y «La casa desaparecida»), acompañan melodías pegadizas y redondas, con un alto nivel de complejidad.
Además, hay una de las canciones de desamor más hermosas escritas jamás (un amor como el de Cecilia Roth no merecía menos), como es «La despedida»: «Algo se detuvo en punto muerto y fue tan grande ese silencio, fue tan grande el desamor. Restos de un navío que encallaba. Yo te quise, yo te amaba, no sé bien lo qué pasó».
«La casa desaparecida» es un resumen de 200 años de historia argentina, con una claridad conceptual que no se volverá a encontrar en la escena nacional: «Entre Rosas y Sarmiento, Don Segundo y Martín Fierro/ La barbarie y los modales europeos/ El país de los inventos, Maradona, los misterios del lenguaje metafísico/ del gran resentimiento/ Bienvenidos inmigrantes a este paraíso errante/ Ya se sabe que el que no arriesga no gana». Terrible y al ángulo.
Además «Dos en la ciudad», «Torre de cristal», «Buena estrella» y «Es sólo una cuestión de actitud» hacen de esta placa algo para refregarle en la cara a esos nefastos que dicen «A mí me gustaba Fito hasta Circo Beat».
«Fuerza natural», Gustavo Cerati (2009)
Casi como si supiera que estaba a punto de pasar a otro plano, Cerati nos regala un último disco que es un viaje lleno de paz. Un viaje de naturaleza y de un constante renacer. Hay una especie de concepto de movimiento en el que el nacimiento y la muerte parecen tocarse.
Eran años en los que con la gira Me verás volver, junto a Soda Stereo, había dejado todo muy en llamas, y era necesario bajar varios cambios. Pero Gustavo era Gustavo y bajar significaba seguir creando y arriesgando. Y lo hizo con samples, sonidos folk, búsquedas tecnológicas, guitarras libres, y letras brillantes (algunas, de su hijo Benito), que fusionados lograron un potente pop/rock que unió a todo el continente, por última vez.
Los primeros acordes de «Fuerza natural» te introducen a una atmósfera de sueños y su voz, subrayando «Nunca me sentí tan bien», completa el milagro. La canción va ganando fuerza y, cerca de los dos minutos, paredes de teclados onda Sui Generis ayudan a explotar con una batería cada vez más potente y acompañada por pequeños destellos de la guitarra de Gustavo que, como siempre, la rompe. Su voz se desdobla y hace sus propios coros, hasta que vuelve la calma con esos primeros acordes. Una canción espiral que pareciera destinada a no morir nunca. Ya con eso, vale la pena el disco.
«Deja vú» es un poco más power, con esa tendencia al pop británico con arreglos disco, que fue adquiriendo desde «Sueño Stereo». Pero vuelve la idea espiral, y de romper el concepto del tiempo lineal. «Mira el reloj se derritió, rebobinando hacia adelante me alcanzó», canta Cerati antes de gritar «Todo es mentira ya verás, la poesía es la única verdad».
«Tal vez parece que me pierdo en el camino, pero me guía la intuición. Nada me importa más que hacer el recorrido. Más que saber a dónde voy»: en «Magia», otra vez la idea del viaje y del movimiento constante. En el que sería el tercer corte de difusión, el sonido gana en un equilibrio, entre artesanal y tecnológico, que será una constante. La paz se interrumpe solo cuando Cerati quiere que le prestemos atención a su guitarra o a sus frases; y lo hace mejor que nadie.
Solo en «Cáctus» se corta un poco el sonido folk/tecnológico, aunque no mucho, para hacer mayor hincapié en la nostalgia. Y en una letra profunda, de las más elevadas de un trabajo con grandes letras: «Y cuando te busco no hay sitio en donde no estés/ Y los médanos serán témpanos/ En el vértigo de la eternidad/ Y los pájaros serán árboles/ En lo idéntico de la soledad».
«Ahora», Luca Bocci (2017)
El debut del pibe de Mendoza es una especie de resumen de todo lo que venimos escuchando. Como una especie de homenaje, principalmente, al rock nacional de los ’80s, pero con un estilo propio. Aparecen las batas metálicas de GIT, un piano bien Fito, un desorden de fondo interesante que recuerda a los comienzos de Spinetta y, en el medio, un grito de finitud de cualquiera que se da cuenta de que un día se puede morir. «No quiero estar pensando que mañana seré un recuerdo». Lo suficiente para llamar la atención de un treintañero como yo.
Estamos hablando de alguien que sin productora, sin compañía y sin publicidad, simplemente subiendo su material a las redes, logró llamar la atención de toda la industria musical.
En algo más de media hora, hay algo vivo distinto. Algo que tiene un hilo conductor, con una paz medio jazzera, pero que sabe cuándo correrse hacia otros sonidos. Algo desprolijo, casi amateur, pero que por momentos suena muy compacto. O te lleva a llorar, o aplaudir, a hacer palmas. Todo junto.
Y casi como si nada, una voz adolescente dice: «Nada de lo que me ata es real, las cosas no se pierden solo se transforman, el tiempo no existe y aún nadie lo nota». Y casi como si no hubiese dicho nada, la misma voz cuenta: «El sol que se filtra por los huecos que fui haciendo mientras todo se perdía, en la neblina de algún sueño disipado».
Casi como un juego, nos regala frases gloriosas, llamadas a formar parte de la mesa chica del rock nacional. Así, casi sin darse cuenta. Lo que nos hace pensar en qué hubiesen subido a sus redes (si hubiesen existido) Spinetta y Charly cuando tenían 20 años, y que pasará con este marcianito cuando tenga 30. No digan que no les avisé.