La cantante, compositora y psicóloga argentina lanza “Conversación”, su nuevo álbum en el que construye una propuesta artística íntima, sofisticada y profundamente honesta.

«Conversación» se presenta como un diálogo con tu propia neurosis. ¿Cómo fue transformar esos pensamientos y contradicciones internas en canciones sin perder honestidad ni sensibilidad?
Si te soy sincera, creo que no me sale de otra forma. Me cuesta mucho separar mi música de lo que me pasa. Soy una persona muy mental, sobreanalizo bastante las cosas, y la verdad es que mi mecanismo de defensa es transformar mi enrosque en canciones. Es como que al contar todo lo que está pasando por mi cabeza, dejo que muera. Me ayuda a desapegarme de eso y empezar a mirarlo desde otra perspectiva. Siempre fui muy honesta con lo que me pasa y no me da demasiado miedo mostrarme vulnerable, así que creo que esa es la respuesta a la pregunta. A la vez, esta forma que tengo de relacionarme con la música me ayuda a tomarme la vida un poco menos en serio y con más humor. Y eso no quita que no me haya dolido eh. En el momento es un drama total. Pero justamente porque soy tan mental, la música me ayuda a bajar todo eso al cuerpo. Entonces, en lugar de pelearme con lo que me pasa, le doy espacio y lo transformo en canción. Con este disco quería reflejar esos ida y vuelta tan propios de la vida. No siempre tenemos todo resuelto. De hecho, siento que los seres humanos habitamos mucho más la contradicción de lo que nos gusta admitir. Quizás nos iría mejor si dejáramos de exigirnos tanta coherencia y aceptáramos un poco más que somos contradictorios. No sé, capaz estoy justificando mi neurosis. Pero creo que ahí aparece la honestidad: en animarse a mostrar las dudas, los errores y también las partes menos elegantes de uno.
Como psicóloga y compositora, ¿sentís que este álbum es también una forma de exploración emocional? ¿De qué manera conviven la psicología y la música dentro de tu proceso creativo?
Este álbum es literalmente un registro emocional de dos años de mi vida. Como decía antes, para mí la música es una forma de cerrar ciclos. Es como una especie de ritual: lo hago canción y después lo suelto al universo. La psicología me dio herramientas para observar mejor lo que me pasa, ponerle palabras y entender ciertos patrones. Pero también me analizo desde los 16 años, así que gran parte de mi inteligencia emocional viene de ahí. La música, en cambio, me permite sentir todo eso. Porque una cosa es entender algo y otra muy distinta es atravesarlo. En mi proceso creativo conviven mucho esas dos partes: la que analiza y la que siente. Por eso en mis canciones suelen coexistir la reflexión y la emoción. Pero tampoco lo vivo como dos mundos separados. De hecho, no sé qué vino primero, si mi necesidad de entenderme o mi necesidad de escribir canciones. Es medio el huevo y la gallina. Lo que sí creo es que la psicología me dio más herramientas para mirar hacia adentro, aunque la necesidad de transformar lo que me pasa en música estuvo siempre. Y hay algo más que une a las dos: el servicio. Tanto cuando acompaño a alguien en terapia como cuando escribo una canción, siento que estoy intentando generar conexión. Son caminos distintos, pero para mí nacen del mismo lugar.
El disco combina pop, indie y balada contemporánea con guiños al sonido dosmilero. ¿Cuáles fueron las principales influencias musicales que marcaron la identidad sonora de «Conversación»?
Crecí escuchando muchísimo pop de los 2000: Britney Spears, Christina Aguilera, Beyoncé, Nelly Furtado, Paulina Rubio, Julieta Venegas y Natalia Lafourcade, entre otras. Pero cuando me propuse hacer este disco también me fui un poco más para atrás también. Soy muy metódica y bastante estudiosa de las cosas que me apasionan, así que cuando decidí hacer “Conversación” me puse a escuchar discos casi como si estuviera investigando, álbumes de varios géneros entre sí. Eso se refleja bastante en el álbum: no me caso con un solo estilo. Escuché muchísimo a Lauryn Hill, que ya era una artista que siempre amé mucho, y también a Sade, a Eryka, a Amy, y a Prince. Después tuve una etapa muy Madonna y recorrí prácticamente toda su discografía entre finales de los 90 y principios de los 2000. En otro momento me obsesioné con la música brasileña y escuché muchísimo a Djavan. De hecho, armónicamente “Me equivoqué” tiene algo de inspiración en Samurai y también en una canción de Lauryn Hill con Santana. Una mezcla bastante improbable, pero así funciona mi cabeza. Con Cítrico, que produjo el disco y además es un gran amigo que entiende muy bien mi forma de componer, buscamos una sonoridad sensible y cercana, donde la voz estuviera bien al frente y las canciones pudieran respirar. Nos interesaba combinar algo contemporáneo con cierta nostalgia, porque el disco habla mucho de los recuerdos, de las versiones pasadas de uno mismo y de esas conversaciones que seguimos teniendo con nuestra historia. Me gustaba la idea de que eso no estuviera solamente en las letras, sino también en el sonido.
A lo largo del álbum aparecen temas como el amor, la culpa, el error y la transformación personal. ¿Hubo alguna canción que te resultó especialmente difícil o desafiante de escribir?
“Enamorada de mí” fue difícil porque no nació tanto desde una realidad, sino desde un deseo. La compuse junto a Zenón Pereyra, un gran amigo y compositor a quien admiro muchísimo. Hicimos un muy buen equipo y, a partir de esa intención que yo quería transmitir, Zenón fue una pieza clave para concretar el tema. La canción nació de una búsqueda, desde algo que sigo aprendiendo. Es un recordatorio para no olvidarme de mí misma, para tratarme con el mismo amor, cuidado y paciencia que muchas veces tenemos con las personas de las que nos enamoramos. Es de mis temas preferidos, lo siento como un mantra. “Si no te tengo”, que es la canción que le escribí a mis amigas, fue bastante desafiante. Primero porque sentía que siempre que tenía el corazón roto le escribía una canción a esa persona que me lo rompió, entonces esta vez me cuestioné, y dije: no pará, voy a escribirle una canción a esas personas que me sostuvieron cuando estaba rota, mis amigas. Por último, “Me equivoqué” fue una canción que me atravesó bastante porque apareció en uno de mis momentos más neuróticos y más delulu. Estaba siendo muy crítica conmigo misma y dándole vueltas a una situación desde hacía casi un año. La canción habla justamente de esa rumiación mental: imaginar una y otra vez un escenario, juntar fuerzas para decirle a alguien lo que sentís y no animarte nunca. En parte porque del otro lado tampoco había mucho lugar para que eso sucediera, pero aun así me costaba soltarlo. Y lo más gracioso es que yo suelo ser bastante frontal con lo que me pasa. Si me gusta alguien, generalmente lo digo. Bueno, esa vez no. Entonces estaba atrapada en ese circuito mental de pensar: «una vez más me equivoqué, una vez más no me animé a decir lo que sentía». En el fondo, la canción habla de ese momento en el que la cabeza hace tanto ruido que cuesta escuchar al corazón. Por eso también le tengo mucho cariño. Porque retrata una versión mía bastante vulnerable y confundida.
El 28 de agosto vas a presentar «Conversación» en vivo en La Fábrica. ¿Cómo imaginás trasladar al escenario ese universo tan íntimo y personal que construiste en el disco?
Me gusta pensar el show como si el público entrara por un rato dentro de mi cabeza. Quiero que tenga algo de recital, pero también algo de obra, de ritual y de intimidad. Estoy trabajando una estética inspirada en un living muy personal, con elementos que representan distintas partes de mi universo creativo y emocional. La idea es que quienes vayan no solo escuchen las canciones, sino que puedan sentirse parte de esa conversación. Porque, aunque el disco nace de mis pensamientos, al final habla de cosas bastante universales: enamorarse, equivocarse, idealizar, soltar y volver a empezar.