Illya Kuryaki and The Valderramas, Cuarteto de Nos, Babasónicos y Bándalos Chinos musicalizaron un atípico festival en la línea H del subte porteño.
La insurrección rockera mutó la fisionomía habitual del subte porteño. Cuatro bandas mudaron sus conciertos a distintas estaciones de la Línea H. Eliminaron la monotonía de un ámbito ceñido por la rutina.
Los andenes temblaban en un horario insólito. Las canciones reemplazaron a las máquinas en la producción de vibraciones exóticas pero compatibles con el entorno. La música conquistó un territorio ajeno. En definitiva, ése era el desafío.
Pop frenético en el punto de partida. Bándalos Chinos recibió al grupo inicial de viajeros en el hall de la Estación Corrientes. Interpretaron “Correr”, “Nunca estuve acá” y “China Town 2” durante la madrugada del sábado.
Los pasajeros ascendieron a la primera formación. Partieron rumbo a Humberto I. Illya Kuryaki and The Valderramas derramó su funky cósmico en la primera parada del trayecto. Sonaron “Ula, ula”, Jaguar house” y “Jugo”. “Esta noche, somos una banda del under”, bromeó Dante Spinetta.
El recorrido continuó hacia Inclan. Allí, aguardaba la ironía charrúa. Cuarteto de Nos escogió “El hijo de Hernández”, “Invierno del 92”, “Roberto” más “Yendo a la casa de Damián” para su set. La experiencia resultó especialmente atractiva en los músicos debido a la ausencia de subterráneos en Uruguay.
Cuatro tropas integradas por doscientas personas e identificadas con pulseras de distintos colores vivieron una noche irrepetible. Cada legión de fanáticos respetó su turno y disfrutó shows exclusivos.
Leo García, Barco y los artistas callejeros Franky Groove junto a XL Brass Band animaron el paseo entre los diferentes puntos del itinerario. Los distintos grupos de fans convergieron en el final circuito: Parque Patricios.
Babasónicos coronó un espectáculo inaudito con sus glamorosos hits. “Una vez en la vida, nosotros juntos acá abajo”, describió Adrián Dárgelos tras el medley “Y qué?”/“Egocripta”. Culminaron la actuación más extensa del festival con “La lanza” y “Putita”.
Los túneles lucían extraños. Perdieron su opacidad congénita. Los vagones transportaban seres exultantes en lugar de sujetos enajenados por la repetición de tareas. El preludio dominical entregó una certeza: el reto estaba superado.