La banda volvió a Buenos Aires para presentar «Shade», en un recital afectado por el mal sonido del lugar. Cómo sortearon esos incovenientes.
Foto: Sebas Michia Fotografías
«Los muros entre nosotros deben caerse, los muros entre nosotros deben caerse», canta Corey Glover en «Wall», el sexto tema de su concierto en Buenos Aires. Parece una ironía que, justo esta noche, haya una pared que divida a la banda y al público. Una a la que Donald Trump y Roger Waters le tendrían envidia -cada uno por diferentes motivos-. Hoy, se trata de un muro de ventiladores.
Porque los argentinos tendremos «la calle más ancha, el río más largo y las minas más lindas», pero también tenemos la sala con los ventiladores más ruidosos del mundo: Groove. Y cuando los decibeles de esas máquinas son mayores que los de la introducción de Vernon Reid en la exquisita versión de «Preachin’ blues» o que el bajo de Doug Wimbish en «Swirl», estamos en graves problemas.
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No importa que esta noche suenen bombas como «Middle man», «Ignorance is bliss» o «Come on»: durante la primera mitad del concierto, el público no logra conectarse con la banda, que también parece aturdida y hasta insulsa. Glover -de impecable traje y lentes de sol- rara vez se mueve de su lugar, y cuando lo hace, es para mirar al sonidista con cara de «¿Qué está pasando?».
Tampoco importa que Reid se salga de su papel de guitar hero y aliente al público con palabras como «¿Qué les pasa, Buenos Aires? ¡No los oigo!» o ¡Estamos todos juntos en el mismo lugar!», antes de «Desperate people». Gran parte de las 1.500 personas no logra sincronizarse con lo que está sucediendo sobre el escenario, y mira hacia el techo buscando explicaciones o poniendo cara de bronca.
Recién cuando llega «Open letter (To a landlord)», el tema número once en la lista, se nota una verdadera conexión entre el público y el grupo. De ahí en adelante el recital toma vuelo, como si la primera mitad hubiera sido una prueba de sonido -en piloto automático- en la que los músicos tocaban para sí mismos y el público no era más que un fantasma.
En esa canción es donde Vernon Reid sonríe, con cara de «¡Esto era lo que quería ver!». Así es que, por fin, en temazos como «Glamour boys», «Love rear its ugly head» y «Type», volvemos a sentirnos como en un recital de rock. La batería de Will Calhoun suena más clara, el bajo de Doug Wimbish deja de ser sólo un espectro y la voz de Corey Glover -con sus increíbles falsetes- se pone más al frente que nunca.
Cuando llega el momento de «Cult of personality», ese hitazo alternativo que Living Colour toca cada vez mejor, las 1.500 personas ya están rendidas al poderío de estos estadounidenses y se olvidan de los problemas mencionados. Pero todavía falta «Time’s up», en el que Reid demuestra que es uno de los violeros más influyentes de su generación, con una técnica de whammy que Tom Morello copió hasta el hartazgo.
Luego viene un notable solo de Calhoun, distinto al de sus pares por el uso de sintetizadores y pads electrónicos; y el cierre con un cover de «Rock and roll», de Led Zeppelin, en el que hay más acoples que aciertos. Cada uno de los miembros del grupo expide virtuosismo, pero sin pisarse entre sí. Eso es lo que los transforma en una de las leyendas de la música alternativa de las últimas décadas, a la par de grupos como Fishbone, Jane’s Addiction, Public Enemy, Faith No More y Primus.
Foto: Sebas Michia Fotografías
Pasando en limpio, este recital reafirma varias cosas:
a) Living Colour es una de las bandas más profesionales del rubro, y aunque haya sorteado los inconvenientes, no se merece estas condiciones acústicas. Sus visitas a La Trastienda, Obras y Gran Rex son el ejemplo de que pueden -y saben- sonar bien. Sin lugar a dudas, no fue culpa del grupo.
b) Groove debe reemplazar urgentemente su sistema de ventilación por uno más silencioso (como el que poseen el resto de las salas de Buenos Aires), y así se convertirá en uno de los mejores locales de espectáculos del país. Ya tiene lo demás: una ubicación inmejorable, una capacidad ideal y un escenario lo suficientemente alto como para brindar una visión privilegiada desde todos los ángulos. También son un punto diferencial las pantallas de LEDs y su servicio de comida. Sólo resta brindar un sonido acorde (al fin y al cabo pagamos por escuchar música, ¿no?).
c) Un recital no sólo depende de lo que una banda hace sobre el escenario, sino también de las cualidades -y desventajas- que ofrece el local en donde toca.
d) El sonidista del Front of House de Living Colour (Tim Harding) se merece una medalla de platino por haber peleado contra un muro de ventiladores, y finalmente, haber ganado. Las 1.500 personas volvieron a sus casas más que agradecidas. ¡En tu cara, Trump!