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“El ruiseñor, el amor y la muerte”, de Indio Solari

En la erudición del rock sobrevuela una máxima que prejuzga erróneamente a Indio Solari como un artista sobrevalorado, aunque tampoco es acertado celebrar cada irrupción suya como un acto tan pero tan solemne. En pocas palabras sería algo así como ignorar su talento o bien festejarle todos los chistes. Ni una cosa ni la otra. Pero en esta actualidad de grietas de todo tipo, profundizar sobre un nuevo álbum de ex Redonditos de Ricota amerita aproximarse a un terreno neutral para poder disfrutar de otro gajo de su rica obra.

Partiendo del nombre, donde al fin aparece el irse de este mundo, del que tanto nos habló, entre las palabras que conforman la gracia de la placa, con la módica nómina de 15 canciones. Tal vez otro mérito de Solari, en épocas de feats y singles despacharse con tanto material nuevo. El pájaro canta hasta morir.

Precisamente el deceso terrenal -sin recurrir en su lírica a ningún sinónimo- es un término recurrente en casi todas las composiciones de “El ruiseñor, el amor y la muerte”. El primer verso es “Cuando ya abandone mi nombre a merced de miserables. Ay! Tal será mi vergüenza que enviaré mi fantasma a librarme de ellos” (“Pinturas de guerra”), y más adelante “Todos esos jodidos que retienen la vida un poquito más”. Otro track inicial que funciona como carta de presentación de lo que tranquilamente pudiera ser un disco póstumo y para nada lo es. Indio sigue insistiendo con lo inevitable de la muerte en esa canción inaugural que recuerda a “Momo sampler”. Lo que sigue es “La oscuridad”, parafraseando a Eva Perón (“dejé jirones de mi vida aquí”) y comienza la preponderancia de la guitarras. Se escuchan vientos de marcha fúnebre en el medio que alimentan la obsesión más recurrente del autor.

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“El callejón de los milagros” es, más luego, una utopía musical para el multitudinario Indio porque tiene atmósfera de fonda, en la que todos los Fundamentalistas aportan aplausos, coros, silbidos y lío organizado. Una caótica cuidada versión de noche de copas, en clave de balada mid tempo y reminiscencias a “La mosca y la sopa”.

El corte homónimo de “El ruiseñor, el amor y la muerte” es una balada lacrimosa de café concert. Intimista como tantas otras ideas que salen de la fraternidad Luzbola, el estudio propio que tiene el Indio en el Gran Buenos Aires. Para su final se guarda otra frase célebre, lúgubre y contradictoria: “El dolor más puro es el de haber sido tan feliz”.

Uno de los dos adelantos que se habían filtrado fue “Strangerdanger” que también rememora a “Mono sampler” o más aún a “Último bondi...”. Es melodía de vanguardia o futurista que clarea la identificación que tiene Solari con la música industrial y el movimiento brit. Otra balada guitarrera es “El martillo de las brujas (malleus maleficarum)”, un himno ricotero de guiño al Renacimiento y la lucha, evocando a San Ernesto de la Higuera, el patrono agentino-cubano de los guerrilleros, el marketing y los anti-sistema. Toda una manifestación de la evidente visión crítica e ideológica de uno de los máximos exponentes de la cultura vernácula.

La joya lisérgica llega con “El tío Alberto en el día de la bicicleta”, un homenaje al primer viaje de ácido que hizo Albert Hoffman en dos ruedas, y además un agasajo cómplice a “You got it” de Roy Orbison. Una cinematográfica e inocente forma de narrar la microhistoria del descubridor de esa pequeña muerte en los mágicos 70.

La faena del quinto álbum de estudio del Indio junto a sus Fundamentalistas tiene innumerables citas de todo tipo pero asimismo revisita, con “Canción para un terrorista bonito”, el híbrido trance que existió entre “Luzbelito” y “Último bondi a Finisterre”. La diva aquí es nuevamente la señora muerte, y se desvanece en el fade out, un recurso que sigue utilizando el Indio en sus letras inconclusas. “La pequeña mamba” es un interesante hit ricotero con aires en el puente a “A la luz de la luna” y un nuevo final inconcluso con fragmentos de un entre bambalinas en Luzbola.

Protoplasman, el superhéroe que eligió hace rato como seudónimo el calvo frontman, reincide en hablar del tránsito hacia el más allá en otra balada funesta (“La moda no es vanguardia”) que precede al rockito “A bailar que no hay infierno”, una de las variadas oportunidades que da “El ruiseñor...”, de mover la patita.

El fanatismo por la canción policial de bandidos urbanos está en “La ciudad de los encandilados”. Las más corta de toda la placa. No obstante, otra gema es “Ostende hotel” en la que así como en “El ruiseñor...”, el piano acompaña, en este caso, al relato pseudoromántico de un desamor. Hallazgo sonoro en la carrera del Indio, en una de las más admirables canciones de su trayectoria. El rocanrol regresa en “Panasonic y el mundo a sus pies”, también dentro del universo de personajes Solari, con apodos capusotteanos como Enfisema, el Flaco Merlín o el Zumba.

El fade out conduce a la última página que es “El que la seca la llena”, rocanrol, intento de big band, con vientos al palo y una guitarra bien atrás a lo The Police, más arreglos de satánicos bailes electrónicos. Un corte repleto de detalles sonoros, con más celebridades indias como el Gordo Piñata y Chás Chás. No es una canción más, es el acto que cierra la obra más diversificada de Indio Solari que fiel a su estilo continuará se va yendo con un para nada insólito fade out, mientras grita: “¡La banda suena tan lindo hoy!”.

Definitivamente Indio Solari comparte con sus sesionistas una química invaluable. Más allá de las minuciosas mezclas y masterizaciones que se fueron sucediendo en Luzbola, en “El ruiseñor, el amor y la muerte” todos aportan lo suyo de maravilla. Es probable que el artista se autohomenajee y tenga más influencias propias que externas aunque eso habla de marca registrada.

Mister Parkinson, y la enfermedad de su fiel y neurótico compañero Martín Carrizo, demoraron la salida de este robusto álbum pero no hay -más allá de su denominación- en “El ruiseñor...” un aroma a despedida.