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Entrevistas

Living Colour: "Somos como una familia disfuncional"

Doug Wimbish recuerda los períodos más difíciles de la banda, cuenta anécdotas de “Stain” y revela sus trucos como bajista. Todo eso mientras adelanta la celebración de “Vivid”, este sábado en Groove.

El éxito comercial es un arma de doble filo. Un ejemplo claro es el de Living Colour: en 1992, la el cuarteto agonizaba. Muzz Skillings, el bajista que había estado por seis años (y con el que habían grabado “Vivid”, de 1988, y “Time’s Up”, de 1991) dejaba el grupo. Habían roto las estructuras del rock alternativo, pero en realidad eran ellos los que se estaban desmoronando por dentro.

Y justo ahí llegó una mano salvadora, que permitió que Living Colour siguiera en carrera: el bajista Doug Wimbish. Además de ser un músico eximio, les aportó una nueva disciplina de trabajo (quizás por su experiencia como productor y sesionista), y un interminable compendio de sonidos espaciales.

“Para mí, se trata primero de la música. No soy un virtuoso que toca diciendo: ‘¡Miren lo que puedo hacer!’ -explica Wimbish desde su casa en los Estados Unidos, antes de viajar a Sudamérica-. Las canciones están vivas y varían dependiendo del tiempo y el espacio en los que las interpretes. Una pintura, en cambio, queda estática. Me parece que mi rol en Living Colour es el de unir todas las capas, mientras Vernon (Reid, guitarrista) y Will (Calhoun, baterista) expresan lo suyo. Luego, en los espacios libres, meto algunos sonidos”.

Más allá del perfil bajo en su voz, todos los que hayan visto a la banda saben que el rol de Wimbish es enorme. Y sale a la luz, por ejemplo, cuando usa efectos que dejan al público con la boca por el piso. “Ese es mi lado Houdini -se ríe-. Son como trucos de magia que salen una sola vez en cada show. Me gusta tirar una frecuencia que dure lo mismo que un trueno, y que termine antes de que se los fans se den cuenta. ¡Que se pregunten de dónde salió! Es una buena herramienta para despertarlos si están un poco dispersos”.

-¿Y te pasa que algunos piensen que son pistas de fondo?

-Quizás para los oídos “frescos” es raro, porque están acostumbrados al formato clásico de la guitarra, el bajo y la batería. Acá aparecen otros matices, entonces esa gente dice: “Wow, ¿de dónde viene?”. Por ende sí, muchos. Y otros se creen “policías musicales”, diciendo que un bajo no debería sonar así. Por ejemplo, cuando toqué con Annie Lennox en “Diva” (1992), Joe Satriani me había regalado un Whammy, y yo estaba zapando. Ella y el productor entraron y se volvieron locos. Dijeron: “¡¿Qué ese sonido?! Lo queremos en el disco”. Lo mismo con Lauryn Hill y el Synthwah, que es un terremoto y sacude la tierra (risas). Ella lo amaba, y dijo que lo hubiera puesto en cada canción, porque viniendo del hip hop, le prestaba atención a las frecuencias. En cambio cuando toqué con los Stones fui al estudio con el bajo limpio, porque ese era su sonido. Lo mismo con Mick Jagger. Así que ahí, los “efectos” salieron de mis manos. Pero si el público se hace esas preguntas es positivo, porque significa que realmente te presta atención. Los más observadores son los chicos, sus mentes están abiertas y libres de prejuicios, y piensan: “wow, me gusta eso”. Hace poco toqué en Alemania con Schiller e hice un solo con un Whammy. A los días, una madre me mandó un mensaje diciendo: “Mi hijo aún se pregunta cómo le sacaste ese sonido a un bajo”. Así que si le generé semejante curiosidad a un nene, mi objetivo está cumplido.

-Creo que te diferenciás del resto porque, como decís, aprovechás el espacio libre de tus compañeros y no sobrecargás las canciones.

-Sí, todavía disfruto que haya cosas novedosas, pero lo fundamental es mantener el carácter. Al fin y al cabo, todos estamos divirtiéndonos: nosotros y la audiencia. Lo "exótico" no sucede todas las noches en el mismo compás, y honestamente, me chupa un huevo que me presten atención a mí. Lo que me importa es la música, el feeling y el momento. También hay que tener experiencia para saber cuándo meter esos sonidos, porque algunos son bastante peligrosos y difíciles de digerir (risas). Hay gente que no está acostumbrada a escuchar un bajo así, ¡pero estamos en 2019, man! Living Colour no es rock and roll básico, intentamos darles algo que recuerden por mucho tiempo.

-Además, el rol del bajista fue modificándose. Vos por ejemplo usás el pedal “Slicer”, algo impensado hace unas décadas.

-¡Sí! Este instrumento tiene un rango tan amplio de sonidos… Nuestra función siempre evolucionó: desde la música de orquestas hasta el ragtime; pasando por la de New Orleans y el bajo eléctrico de Leo Fender; como la época de James Jamerson y la nueva era con los de Stuart Spector. También entra el sintetizador, que se usa en mucha música dance y el reggaeton, y a la gente le gusta. Pero el foco todavía nos pertenece a los bajistas, y tenemos una oportunidad hermosa de llevarlo mucho más allá. Aparte de las notas, a mí me apasiona el sonido porque demuestra la imaginación del músico. Un ejemplo sería el de Miles Davis cuando tocaba bebop, el de Jimi Hendrix con el wah-wah o la diferencia entre John Coltrane y Pharoah Sanders, que constantemente tenían diferentes cañas en la boca. Me paso muchas horas tocando para ver qué pedal va con cada momento. Y me gusta, es muy divertido. Will tiene sonidos diversos, y Vernon también. Así que nos expresamos con las notas, los sonidos y el espíritu.

CREANDO CON LIVING COLOUR

-Cuando ingresaste al grupo pudiste componer, y eso te alegró. Por ejemplo, para “Stain” (1993) llegaste con la idea de “Leave It Alone”, luego de viajar a Londres. ¿Cómo fue sumarte desde lo creativo?

-Excelente, porque en ese momento los cilindros de Living Colour todavía estaban a punto. Para mí, “Leave...” era una progresión simple, no demasiado loca, pero a Corey (Glover, vocalista) le encantó. Y es fundamental que alguien más sienta lo mismo. Luego Vernon vino con otra parte, y lo que empezó como una idea sencilla se convirtió en una canción de Living Colour "hecha y derecha". A mí no me importaban los créditos ni las regalías, ya me sentía genial con encajar en el proyecto. Pero les había dicho: “Chicos, ustedes ya hicieron dos discos y un EP. ¿Para qué lado vamos ahora? ¿Algo más oscuro? Ok, encontremos elementos que sean parte de ese estilo”. No me interesaba crear una canción “a lo Doug Wimbish” (risas), simplemente era genial que Corey me prestara atención como a un par. Y terminó siendo el primer single, una doble alegría porque no lo hice con eso en mente.

-También co-creaste “Go Away”, del mismo disco. En una entrevista dijiste que fue lo que realmente los “unió” como banda. ¿Por qué?

-Porque salió haciendo jams y zapando en la sala. Fue como: “Aquí estamos, estos somos los Living Colour de ahora, con Doug en el bajo”. Pero tampoco fue preconcebida, no me acuerdo si Vernon, Will o yo arrancamos con la idea. Lo bueno es que un tema era casi pop, y el otro más metalero y ecléctico, con la clásica frecuencia de Living Colour. Creo que le aporté una buena onda a la banda. Bah, al menos yo lo disfruté (risas). Cuando entré, lo primero que le dije a Will fue que usáramos un click. El "papel y el lápiz" ya estaban, pero mapeamos las cosas y nos encasillamos en ciertos BPM -beats por minuto-. Como bajista, no hay nada peor que tocar y que los demás vayan cada noche a un tempo diferente. ¡Me vuelve loco! La diferencia entre 80 y 81 BPM es enorme. Quizás no para el público, pero sí para mis dedos. Las notas son fundamentales, pero al verdadero feeling te lo da el tempo. Y cuando subís al escenario, sos responsable de hacer un show que funcione. Miralo así: es genial tener demasiados sonidos, pero se pueden convertir en una bola de ruido. Imaginate si “dividís” un poco cada capa, como en un pentagrama. Desde 1992 les pasé a los Living Colour esa tecnología e información: si yo puedo inspirar a Vernon para que se sienta cómodo, él va a tomarlo, mejorarlo y hacerlo parte de la banda. Y nos beneficiamos los cuatro. Ser metódico es necesario para mantener a todos con los pies en la tierra, especialmente si lidiás con un grupo de machos alfa (risas). Algunos artistas se asustan con el click, o dicen: “los discos no se graban así, bla bla bla”. Yo hago álbumes desde 1973, y en todos lo usamos porque se necesitaba. Para editar la canción, es fundamental saber dónde están los compases.

-Para “Stain” hicieron algo digno de un premio: fabricaron una tirada reducida con diferentes solos de guitarra, sin avisarle a nadie. ¿Cómo se les ocurrió?

-Bueno, ya sabés cómo son los violeros… unos loquitos muy interesantes. A veces tratan de decidir qué solo es mejor, pero no pueden. El problema es que todos de Vernon son geniales, así que empezó a decir: “¿Por qué no hacemos como los Beatles, o incluso ponemos un track invisible?”. Cuando llegó el momento, decidimos que era mejor lanzar un disco con los solos principales, y otro con los demás. Fue más una “rareza” para los coleccionistas. Lo divertido era que mucha gente nos contaba que los solos de su disco eran diferentes a los de los shows (risas). Incluso sería una gran idea para repetir. Ya sabés cómo son los guitarristas, tienen un montón de notas que quieren salir y no los podés detener. ¿Cómo frenás a esos tipos? (más risas).

-También se pensaba que lo habían hecho a espaldas de la discográfica...

-Ellos sabían, porque había dos pressings distintos. Eso era lo bueno de trabajar con una compañía con tantos recursos: teníamos la maquinaria para hacer locuras. Y aparte, no te olvides que fue a principios de los ‘90. “Stain” salió en una cajita de cassette roja, algo diferente para la época. También hubo vinilos numerados de 12’’, y hasta un remix de “Ausländer” con Adrian Sherwood, que vendimos en Inglaterra. Pero lo logramos porque había un montón de plata dando vueltas. Te desafío a que lo hagas ahora (risas).

-Justo en 1995 se separaron, supuestamente porque “no podían comunicarse musicalmente”. ¿Sentías que cada uno estaba con la mente en otro lado?

-Yo simplemente me enteré de que la banda se terminaba. Cuando entré, la “escena del crimen” ya estaba casi formada… me tocaba reemplazar a un gran bajista, y si un grupo pasa por semejante éxito, se le termina convirtiendo en una bendición y una maldición a la vez. Eso fue difícil de manejar, y los egos salieron a flote. En 1992 ya sucedía, pero esperaba que se solucionara. Igual no podía correrme de la situación, más allá de que yo pasaba un momento personal hermoso por haberme sumado. No deberíamos habernos separado, lo mejor hubiera sido un descanso. Fue una decisión tomada en caliente, y no es recomendable cuando estás enojado. A eso sumale que la industria cambiaba drásticamente, sobre todo por la escena de Seattle -se refiere al grunge-. Creo que muchos de los problemas empezaron incluso antes de que Vernon armara el grupo (risas). Es complicado que una banda siga cuando alguien habla mal de otro a sus espaldas, por ejemplo. Pero fue buenísimo que cada uno tuviera sus proyectos, porque aprendimos cosas y las incorporamos al reunirnos. Muchos lo ven como una competición o un peligro, pero no podría estar más en desacuerdo. Somos como una familia disfuncional, en la que a veces todo se vuelve una locura y quedamos desorbitados (risas). La verdadera esencia estaba en la música y nos volvió a llamar, porque empezamos a extrañar a las canciones y a nuestros compañeros. Para mí, lo feo del cambio es cuando se da de forma abrupta. Decirle a alguien: “perdón amigo, cometí un error” es una caricia enorme, porque lo que no se habla, en algún momento salta de nuevo. Mirá, incluso yo podría haber evitado que Living Colour se separara, pero no lo hice. ¿Entendés? Todos tenemos que ser responsables de nuestros actos y actuar de la mejor forma.

-Y Muzz Skillings, a quien vos reemplazaste, volvió a tocar un show completo con ellos hace unos años. ¿Cómo te tomaste la noticia?

-Muy bien, porque yo estaba en Europa con otro artista y no llegaba a tiempo. Así que los alenté para que lo llamaran. Mientras las cosas vengan del corazón, está todo en orden. No tuve problemas para nada, porque él estuvo varios años en la banda y después entré yo. Ambos contribuimos a Living Colour con mucho gusto. Al final del día, de eso se trata el amor por tus compañeros, ¿no? No pasa por los egos, sino por la música.

SUDAMÉRICA, EL PUNTAPIÉ PARA LO NUEVO

Lanzar “Shade” (2017), su sexto disco de estudio, le llevó a Living Colour unos ocho años. Según le contó Corey Glover a Rock.com.ar, tuvo que ver en parte con diversos cambios de management y con una maquinaria que no funcionaba del todo. Pero hoy, Wimbish es bastante positivo con el futuro discográfico: "Ojalá que haya un nuevo material pronto. Ahora nos reencontramos después de un break de seis meses, y es genial porque estamos frescos, y van a escuchar los primeros shows de Living Colour después del mini parate -aclara-. La idea era sacar un EP, pero quizás se transforme en un disco completo. También me gustaría que saliera un box set retrospectivo de nuestra carrera, porque ya pasaron varias décadas. E incluso podríamos incluir un concierto, en donde la gente pueda ver cómo somos sobre el escenario. No hay nada oficial, salvo unas cositas en YouTube”.

-¿Eso saldría antes o después que el material de estudio?

-¿Quién sabe? Quizás las nuevas canciones sean parte del paquete. Tenemos que esperar, lo primero es juntarnos a grabar (risas). Para "Shade" afortunadamente encontramos al productor Andre Betts, que nos dio su opinión honesta, más allá de que la gente coincida o no con las canciones. Nos sirvió para que las cosas arrancaran y que pudiéramos hacer nuestra propia interpretación del blues. Fue esencial para que Living Colour volviera con todo, y luego completamos el disco con material más típico de la banda. Volviendo a lo próximo, la Argentina tiene algunos de los mejores fans del mundo, así que el verdadero inicio de esta etapa va a ser el sábado 15 en Groove. Quiero que vayan y nos escuchen, porque necesitamos la energía de ustedes para crear el material. No lo hacemos nosotros solos, sino todos juntos.

-En Buenos Aires van a celebrar el aniversario de “Vivid”, e incluirán canciones que no tocaban tanto, como "I Want to Know". ¿Hoy encajan mejor en el setlist?

-Sí, puede ser. Pero no vamos a hacerlo de principio a fin, sino unos cuantos temas de ahí y otros del resto de la discografía. Ahora estoy por ponerme a armar mi setup de pedales para esas fechas. Lo mejor de todo es que la gente no sólo va a tener una idea de lo que hizo la banda en “Vivid”, sino de cómo fuimos evolucionando y de dónde estamos hoy. Y eso es lo que más ansioso me pone.

Living Colour tocará el sábado 15 de junio en Groove (Av. Santa Fe 4389, Buenos Aires). Las entradas se consiguen a través de Ticketek.