Parte de volar
Pedro Aznar
Lista de temas
El vuelo personal de Pedro Aznar
Publicado originalmente por Germán Arrascaeta el 7 de julio de 2002
El comentario sobre el último disco de Pedro Aznar, por Germán Arrascaeta, para el diario La Voz del Interior.
En su nuevo disco Parte de volar, Pedro Aznar se consolida en el terreno de la canción popular nativa como si en ella encontrara la coartada estética perfecta para decir cosas. Es que, según surge de lo editado en la obra, ese parece ser el nuevo desvelo de un músico al que siempre se reivindicó como instrumentista más que compositor.
En algún sentido, Parte de volar continúa la pretensión de Cuerpo y alma, el último disco de canciones del ex Serú, que, editado en 1998, evidenciaba ya su afán por convertirse en músico popular. Y argentino.
No hay que olvidar que en el medio de estas dos obras, Pedro ofició de productor de otros artistas, como la cantante peruana Eva Ayllón, el guitarrista Alberto Rojo y el Coro Popular de la Ribera. Tampoco que musicalizó textos de Jorge Luis Borges (Caja de música, 2000) ni que participó de Yo tengo tantos hermanos (2001), el disco con el que Víctor Heredia quiso darle aire a poemas inéditos de Atahualpa Yupanqui.
Con producción escueta y urgente (la realización del disco sólo llevó dos meses), Parte de volar muestra a un Aznar preciso tanto en las instrumentaciones como en las líricas. A un Aznar que parece haber renunciado a cierta incontinencia instrumental y al planteo de la canción pop como acto reflejo, heredado por ósmosis por su amor y admiración a The Beatles.
De hecho, en Parte de volar sólo la canción homónima tiene algo de ese estigma, además de un trato poético especial que no refiere tanto a la Argentina pos cacerolazo como sí lo hace el resto del disco. «Abarca el mundo entre los dedos y su horizonte es un piolín», se le oye a Pedro en este regazo en el que toca todos los instrumentos.
Antes, el disco muestra a Dicen que dicen, una canción que está entre el candombe y la copla, donde sobresale un hermoso arreglo percusivo del ex Piojo Daniel Buira. «Se llama imperio en el mundo antiguo / le dicen hoy globalización», surge de la voz de un Pedro al que no le cabe, para nada, el mote facilista de «baja línea».
Además de sus propios y contemporáneos clamores (Zapatillas y libros es el mejor de ellos), el disco tiene otros de María Elena Walsh (Como la cigarra), Víctor Jara (Deja la vida volar), Ariel Petrocelli (El seclanteño, con decisiva aporte de la cordobesa Suna Rocha) y Leguizamón-Castilla (Zamba de Juan Panadero). Claro que también hay una reivindicación de Don Ata, un cantor en el que Aznar, en una entrevista reciente, admite haber encontrado todo.
Aquí, Pedro realiza una versión personal y respetuosa de El árbol que tú olvidaste y suma lo que en su momento le cedió a Víctor Heredia, el poema Soledad, Jujuy 1941. En los créditos, se lee «Yupanqui – Aznar». Si Don Ata estuviera en vida, la sociedad hubiera sido posible.
Mucho más que duetos
Publicado originalmente por Diario Clarín el 27 de diciembre de 2003
Aznar confirma su decisión de explorar Latinomérica. Aquí, en un disco notable, canta con Eva Ayllón, Mercedes Sosa, Gal Costa y otros. La crítica de Mariano del Mazo, para Clarín.
Entre el misticismo y el compromiso social, Pedro Aznar empezó a sacarse el lastre de virtuoso gélido en el mismo momento que cayó embelasado por las compilaciones de coplas y bagualas de Leda Valladares.
Fue una revelación. A partir de ese instante el ex prodigio de Madre Atómica, el «Pastorius» de Seru Giran, el jazzero de Pat Metheny dio un vuelco a su carrera y de una manera beatle inició un camino de canción, folclore latinoamericano y búsqueda de su sonido. Lo encontró en Parte de volar (2002), lo confirmó en el ambicioso y flamante Mudras. Canciones de a dos.
Mudras —según un textito del CD, «un antiquísimo lenguaje gestual de las manos que (…) simbolizan la relación del hombre con la Divinidad»— está integrado por duetos, de Vicente Amigo, Eva Ayllón, Gal Costa y Vitor Ramil a Hugo Fattoruso, Adrián Iaies y Mercedes Sosa. Solamente con El beso, un valsesito peruano firmado por Lucho González y el mismo Aznar que canta la peruana Ayllón, el disco estaría justificado: la armónica de Marcelo Moguilevsky, el vibráfono de Alonso Acosta y la segunda voz de Aznar logran un momento altísimo. La sensual musicalidad de El beso revela a Aznar como potencial artista destinado a otorgar, al menos, criterios de producción a la música popular (escuchar el disco que le produjo al tucumano Alberto Rojo).
Tres notas para decir te quiero (con el español Vicente Amigo), Subte (con el gaúcho Vitor Ramil), Reviens (en francés, con Hugo Fattoruso) y Romance de la luna tucumana (sobre un poema de Yupanqui, con Mercedes Sosa) iluminan Mudras: quizás sin buscarlo, Aznar está nutriendo y renovando el fatigado repertorio de la música popular.
El final es con Tomorrow never knows, de Los Beatles. «Lennon quería grabarla cantando suspendido en el aire, girando, invirtiendo el concepto de pasar el sonido de su voz por un parlante giratorio», dice en el disco. Colgado de unos arneses, como si fuera un acróbata de De la Guarda, Pedro Aznar lo grabó según la idea original de John. La versión suena alucinada, afro, psicodélica. De la cabeza.