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Para los árboles

Luis Alberto Spinetta

Fecha de edición: 2003
para los arboles

Lista de temas

  1. Sin abandono
  2. Cisne
  3. Halo lunar
  4. Yo miro tu amor
  5. A su amor, allí
  6. Agua de la miseria
  7. Dos murciélagos
  8. Vidamí
  9. Ciénaga dorada
  10. Néctar
  11. El lenguaje del cielo
  12. Tu cuerpo mediodía

Spinetta no se va por las ramas

Publicado originalmente por Germán Arrascaeta el 7 de julio de 2003

El 17 de este mes editará “Para los árboles”, un álbum hecho de canciones reposadas. Es poético y no tiene una musa. La crítica de Germán Arrascaeta para La Voz del Interior.

En su nuevo disco Para los árboles, Luis Alberto Spinetta consolida su salida del eje power trío a la manera bombástica y refinada de Los Socios del Desierto. Ya en Los ojos (1999), suscripto como parte de la producción de ese grupo, había vuelto a los teclados, a los remansos instrumentales y a su propensión de jugar con la electrónica. Una manía que conserva desde Privé, un disco de los ‘80 al que, por lo menos, hay que calificar de visionario. Y la vuelta a una versión más refinada del estigma Jade (jazz rock en clave de canción pop o experimental), se había consolidado en Silver sorgo (2001), un ensayo sobre el “forraje argentino” en el que el “Flaco” se luce cantando al unísono con Grace Cosceri, su entrenadora vocal. Este, el de contar con una voz femenina, es otro guiño heredado de Privé.

Para los árboles, se insiste, consolida el retorno de Spinetta a este tipo de canción reposada aunque con pretensiones de resultar trascendental. “A mis canciones hay que entenderlas como un bien social portador de belleza intangible”, supo manifestarle a Spinetta a este diario. Y bueno, de eso consta Para los árboles, una obra menos dedicada; es decir, sin una musa de carne y hueso. Habla de amor el disco, sí, pero como excusa para rogar por un futuro mejor y para plantarse como un artista que nunca renunciará a lo bello. “No podré olvidar la lucidez”, se oye en la balada Cisne, que precede a otra llamada Sin abandono, la de apertura, construida sobre un medio tiempo electrónico, acústicas y pianos.

Halo lunar es funk & soul elemental en lo instrumental pero de una sensibilidad spinettiana que promueve calidez, no sexismo. Luego viene Yo miro tu amor, indicado por la compañía Universal, editora del álbum, como corte de difusión. Se trata de un blues pesado aunque con un solo golpe de bombo (un solo beat, en la jerga electrónica), percusión casi étnica y guitarra noise. Raro, muy raro. Pero magnético.

Pop a su modo

Con A su amor, allí, el disco entra en su terreno más pop. Pero ya sabemos lo que puede ser pop en el caso de Spinetta: un ritmo sincopado aunque atenuado, más ruiditos marca Mono Fontana, voces sobregrabadas, coros de Cosceri, prosa iluminada.

El ritmo deja de ser medio con Agua de la miseria, que operaría como una suerte de No te alejes tanto de mí (Mondo di cromo) o Abrázame inocentemente (Silver sorgo). Este tema tiene la misión de poner ritmo en la mitad de una obra cansina. Pero aquí lo que se dice se tutea con la desesperanza: “Para qué vivir así,/ si ya no tienes fe en tu hermano…/ Ya no me digas que vendiste tu amor,/ que fundiste tu amor…/ No me digas qué se siente en la eternidad/ sin una gestión de tu corazón”, canta Luis. La pelícana y el androide hoy son Dos murciélagos y la sintonía consiste en un “Yo te digo que te escucho/ cuando me hablás”. Vidami tiene el aire de una zambita y Ciénaga dorada es la balada más anodina. Néctar, en tanto, propone una entradora progresión de arpegios, un estribillo casi pop y la siguiente imagen: “Soñé que era gelatina/, un esqueleto sin organización… Te llevas mi néctar”. El lenguaje del cielo es un acústico y pianísimo que podría haber entrado en Estrelicia (de Spinetta para MTV, concebido en la era Peleritti, su menemismo personal), y dice: “Las horas caen llevándose/ todo lo que el viento me habló”. Para los árboles se cierra con Tu cuerpo mediodía, un canción tan hermosa como breve, hecha con otra guitarra noise y lánguidas vocalizaciones. Belleza, a lo que Spinetta nunca renunciará.

Para que retrocedan las sombras

Publicado originalmente por Pablo Schanton el 16 de julio de 2003

El nuevo disco de Spinetta es un homenaje a las calladas verdades y bellezas de la Naturaleza. Sin rastros del dolor, el Flaco entona canciones que se abren para sonar ventiladas y luminosas. El comentario de Pablo Schanton, para Clarín.

Cuando hay mucho sol en verano, la luz ametralla los árboles y, en las copas, tanto resplandor atomiza una ceguera moscatel. Es lo que parece, porque explosión, lo que se dice explosión, no hay: «sólo estallan las hojas al brillar». Cisne, el track 2 del último álbum de Luis Alberto Spinetta, se ciñe a describir imágenes naturales como ésta. A fondo. Hasta que no (le) queden palabras. Del árbol resplandeciente pasa al cisne: una mancha espectral, como un «halo lunar», sobre el agua. «Y ya no hay nada que decir/ así refleja el cisne/ así el agua en sus alas». Este estribillo se repite cinco veces, como formando anillos concéntricos donde sobresale el sonido sibilante de una ese que hipnotiza. Al final, una prístina voz femenina (Grace Cosceri, coach personal del Flaco) deshuesa la melodía de palabras. Tararea y todo desemboca en la grabación de un graznido a cargo del Mono Fontana.

La canción, de lo más trascendente que haya escrito estos años, habla de «la condición de sentir casi todo sin decir». Como si cambiara radicalmente la alegoría surrealista por la visión zen («una visión atraviesa mi cuerpo/ y ya no hay nada que decir», entona), el Spinetta 03 se enfrenta al ensimismamiento emplumado del cisne como ante una revelación que se explica a sí misma, que no puede decirse, que se autorrefleja en su iluminación. El sólo puede repetir la palabra «así» en el límite de lo descriptible. Por eso, el disco se llama Para los árboles: se trata de un homenaje a las calladas verdades y bellezas de la Naturaleza más allá de la mirada humana.

La dedicatoria de este disco redime aquella otra que venía en el librito de Los Ojos (1999): «Para mi amor Carolina (Peleritti)». En aquella obra, se oía un Luis de tono mohíno, siempre al borde de la súplica, el bolero y el lamento, que cantaba «Será que todo es tan absurdo si te vas». En Silver Sorgo (2001), todavía un disco empantanado en la bruma de un amor inolvidable, La verdad de las grullas parecía ponerle punto final a tanta inercia afectiva porque «nada es imposible sin tu amor». Tras ese exorcismo y un álbum en vivo de íntima y fluorescente psicodelia como fue Obras en vivo (2002), llega Para los árboles, un renacimiento donde las canciones se abren para sonar más ventiladas y luminosas. Con qué cadencia balsámica Luis canta «Por fin» en Cisne y cómo sonríe y contagia luz su «Al fin soy feliz» en Vidamí.

Ahora sentir es mejor que comprender («No sirve mirar/ sólo sentir las estrellas/ y saber que se mueven»). Nuevamente, los niños sirven de modelo a la hora de habitar el mundo. «Niño precioso que no entiende nada más ya/ cuando apareces todo es diáfano/ escóndeme antes de que mire el mundo/ yo sé que acaso entiendes el lenguaje del cielo.», reza una nueva plegaria. Ciénaga dorada y Néctar son reflexiones sobre el comienzo y el fin del amor respectivamente. La primera es una fábula estilo Resumen porteño (83) donde se dramatiza el flechazo del enamoramiento. Néctar refracta un viejo verso de No me alcanza (99) para ratificar su liberación del pasado («¿cómo podía yo pensar/ en fijar mi vida/ en un punto atrás?»).

En Para los árboles, no sólo reconocemos a un Spinetta cuya caligrafía melódica y cuya puntuación de interjecciones fluyen cada vez mejor sobre las armonías de jazz inauguradas en A 18′ del sol (77) y sobre los riffs funk perfeccionados con Jade. También nos sorprende con un bizarro blues a base de baguala electrónica (genial: ¡el Flaco programa hoy las percusiones como pensando en un bombo legüero!) y trunco solo de viola sintetizada como Miro tu amor. Para más, Agua de la miseria recupera el pop de Privé. En plan Para ir/Umbral, cierra el disco Tu cuerpo mediodía, a voz y guitarra distorsionada, como un telón de soledad adonde asoma un viejo amor, a la vez reencarnado en cicatriz y amuleto. Fin para su disco más vital post—Socios del Desierto.

Tipo de disco: Álbum
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