Share

Llevarte a otro lado

El segundo disco de Bauer, "En otra ciudad", es más raro que el primero, Astronauta olvidado. Al menos, eso dicen los propios integrantes de la banda. “Tiene que ver aún más con la psicodelia”, se planta Julián, guitarrista. “Las estructuras de los temas son diferentes, no llevan a algo lineal. Los temas no vuelven a repetir partes, siguen de principio a fin algo diferente.” Lo que el violero no dice, pero se entiende —y más si se escucha el álbum—, es que no hay estribillos, ni formato canción. El cambio entre un disco y otro reside básicamente en un crecimiento musical y el querer despegarse de esa imagen adolescente, triste e insegura, en la que un chico escucha Radiohead en el fondo de un pozo. “Nunca quisimos transmitir esa cosa adolescente. Si hubo gente que escuchó el disco y recibió eso, no sé... Nosotros queríamos fumar marihuana y pintaron temas de ocho minutos, pero no porque quisiéramos transmitir cierta inseguridad sino porque éramos pendejos y empezamos a probar otras cosas y a experimentar”, se sincera el guitarrista. Entre esos experimentos está el que Julián, Federico (batería), Quelo (bajo), Gabriel (voz y guitarras) y Martín (teclados) hacen con las imágenes que proyectan en sus shows: toman alguna película y la reeditan, como en un trabajo de reescritura, para cada tema. Así lo hicieron en el Festival de Cine de Mar del Plata, donde seleccionaron las escenas que les gustaban de la obra de David Lynch, cortaron, editaron y lo usaron como su propio clip.

Si bien los temas de En otra ciudad no tienen un tinte festivo, gozan de una profundidad en los arreglos, que se acentúa cuando la banda toca en vivo. El disco empieza con Dock Surf, que es instrumental, dura menos de tres minutos y es de marcado perfil garagero. Pero eso no es impedimento para que los siguientes temas sean totalmente diferentes, oscuros y materializados como un plano secuencia que remite claramente a la década del ‘70. Como El hombre de blanco, al que enseguida se lo puede asociar con el No Quarter de Houses of the Holy, de Led Zeppelin, gracias a los teclados que lideran el sonido en ciertos pasajes. En el comienzo de Camino a Oxnard uno puede imaginarse a Jimmy Page con el arco de violín en la mano, antes de arrancarle las crines contra las cuerdas de su guitarra. Y así en el resto del disco. “Todo ese estilo de bandas de post rock tienen esto, que no busca la canción en sí sino que busca llevarte a otro lado”, compara Quelo y nombran a Mogwai y a Deep Purple como una fuerte influencia en su música. Pero aclaran que también escuchan a Flaming Lips y Bloc Party.

—¿Y qué hay de la comparación que les hacían con Jaime Sin Tierra hace unos años?

Federico: —Lo que hacía JST eran canciones y por ahí nos comparaban porque también tenían teclados.

Julián: —A mí me gusta el último disco de ellos, Tren. Tiene temas muy buenos, es más colgado. Cuando éramos más chicos íbamos a ver a JST porque nos gustaba, y Juan Stewart grabó nuestros dos discos. Ahí está el vínculo y se nos relacionó mucho. Pero nunca quisimos hacer algo como JST.

Quelo: —Si escuchás un disco de ellos y el nuestro, hay pocas cosas que se parecen. Nuestro primer disco tampoco se parece, tiene ese clima como lánguido. Pero si lo comparan es porque en realidad no escucharon nuestros discos.