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Calidez e intimidad, aun en formato de gran escala

Luis Alberto Spinetta volvió a brillar en el máximo coliseo argentino, como en 2002. Ayer actuó acompañado por la Orquesta Académica del Colón. La nota de Diego Fischerman, para Página/12.

Tocar junto a una orquesta sinfónica, y mucho más en el Teatro Colón, puede significar muchas cosas. Y la mayoría de ellas no son deseables. Luis Alberto Spinetta tocó ayer en ese escenario de simbolismo inevitable y lo hizo junto a la Orquesta Académica del Teatro Colón. Y si hubo un mérito notable fue, justamente, el haber escapado a cualquier tentación grandilocuente. “Están invitados a un ensayo abierto, gracias por haber venido”, fue lo que uno de los compositores de canciones de tradición popular más importantes de las últimas décadas tuvo para decir y fue así. Más allá de la justeza de las interpretaciones, de la calidad profesional de los arreglos y de una voz y un fraseo como el de Spinetta, que jamás pueden ser neutros, se trató de un ensayo, en el mejor sentido de la palabra. La orquesta homenajeó al compositor y él respondió con calidez y entrega. Las más de tres mil personas que llenaron el teatro, entre las que predominó el público muy joven, tuvieron motivos para estar agradecidas.

La mayoría de los arreglos fueron escritos por Alejandro Fränkel, un ex integrante de esta orquesta juvenil que funciona como una verdadera escuela para instrumentistas. Más cerca de George Martin que de las intenciones sinfonistas que, en general, arruinan estos proyectos, quedaron, sin embargo, hasta cierto punto prisioneras de su propio punto de partida. No podía tratarse de reescrituras de las canciones; éstas debían ser reconocibles y, sobre todo, posibles de interpretar para un cantante que, lógicamente, se agregaría recién al final. No se trataba de trabajos como los que podría realizar Björk, donde la orquesta es una parte consustancial a las canciones y, por lo tanto, necesariamente las orquestaciones tendrían que tributar a ciertas convenciones. La paradoja, entonces, es que, en estos casos, los arreglos terminan sacando más que lo que agregan, en el sentido de que suelen ser más conservadores –y menos interesantes– que las canciones en su estado original. Aun así, las orquestaciones estuvieron lejos de las simples traslaciones desde el teclado que acostumbran los arregladores profesionales. Aquí había conocimiento de la orquesta y, cuando la canción lo permitía, trabajo con las distintas secciones, con matices e, incluso, con algunas combinaciones tímbricas no tan previsibles.

El punto más alto estuvo en “Bosnia”, con arreglo de Pablo García –otro ex integrante de la orquesta–. Aquí, la escritura trascendió lo decorativo y se convirtió en productora de sentidos nuevos. El bis, “Starosta el idiota”, también orquestado por García, con su momento “A Day in the Life” en el núcleo, fue el otro momento en que la orquesta dejó su lugar de invitado de lujo y se animó a convertirse en protagonista. Un repertorio en el que tuvieron preeminencia las baladas, transitó por “Aguila de trueno”, “Durazno sangrando”, “El anillo del capitán Beto”, “Ella también” y “Tonta luz”, entre otras. Parado frente al micrófono y cada vez más suelto a medida que avanzó el concierto, Spinetta cantó con pasión, habló apenas lo indispensable y agradeció a la orquesta, dirigida con precisión y expresividad por Carlos Calleja, y al teatro. “En medio de la polución, esto es una maravilla; pero no es la única. El teatrito de la otra cuadra, la escuela de la esquina. Son todas maravillas. Cuidémoslas que son nuestras”, dijo, para despedirse.