Share

Mis discos en cuarentena

En este solo eterno de guitarrista arrogante que es el Aislamiento Social y Obligatorio, decidí mirar un poco para atrás. Aprovechar esta pausa y sacar el wifi para redescubrir los 50 discos de rock nacional, que desde mis ojos cambiaron el tejido social argentino por medio siglo.

Limpié el polvo de mis viejos CDs y selecioné algunos, en un ir y venir en la historia argentina, porque como cantaba Eruca Sativa con Fito páez en el 2012: "El Futuro y la memoria, van pisando nuestros pasos".

Serán varios episodios en los que buscaré una excusa para escuchar música que amo. Lejos de la lógica del ranking, ya que en el arte no hay un puesto uno y otro cincuenta, sino opciones que tiene que ver con criterios estéticos y de subjetividad personal.

El primer episodio con un altísimo grado de se me cantó a mí en sangre, arranca por la creatividad de Artaud, el compromiso de León Gieco, la crudeza de Hermética, la necesaria alegría de Virus y la paz infinita de Lisandro Aristimuño.

"Artaud", Pescado Rabioso/Spinetta (1973)

Probablemente la obra más rupturista de la música nacional. La poesía de Luis marca un antes y un después en la cosmovisión de una generación, con clásicos como "Todas las hojas son del viento", "Bajan" y "Cantata de puentes amarillos".

El disco fue dedicado al poeta francés y creador del teatro de la crueldad, Antonin Artaud, quien aparece en la tapa en fondos amarillos y verdes, que tienen que ver con la obra del escritor.

Si bien el LP figura como de Pescado Rabioso, está realizado casi enteramente por el Flaco como solista. Contó con la colaboración de su hermano Gustavo en batería y dos de sus viejos compañeros de Almendra: Rodolfo García y Emilio del Guercio.

La literatura del Flaco acompaña un estilo de jazz psicodélico rodeado de la más absoluta libertad. Pasa de una balada clásica como "Todas las hojas son del viento" a "Por", una canción compuesta por 46 sustantivos y una preposición, compuesta junto con su pareja de ese entonces en una vieja casa de Belgrano, en una suerte de cadáver exquisito.

La paz y el caos se abrazan en constante evolución en un trabajo que a medida que va pasando el tiempo se hace un poco más eterno. Como la poesía de Luis, que como las hojas, sigue siendo del viento.

"Pensar en nada", León Gieco (1981)

¿Qué mejor manera de enfrentar a la dictadura qué con puentes? ¿Qué mejor manera de evitar el silencio qué con voces? ¿Qué mejor manera de enfrentar la violencia que con arte? Ése fue el quinto disco del compositor, que abre su década más prolífera. Estilos tan definidos como diferentes, y los mejores inicios de canciones de toda su obra, se encuentran en este trabajo de 12 tracks.

El riff urgente aportado por Gustavo Santaolalla explota en los oídos en el comienzo de "Pensar en nada". Tan adictivos como poderosos, los primeros acordes amagan con un trabajo bien rockero, interpretando una de las canciones que menos envejeció en la historia del rock argento.

Luego de ahí el trabajo empieza a sonar cada vez más artesanal, pero sin nunca dejar de ser moderno. Guitarras acústicas, acordeones y vientos interpretan sonidos del litoral, norteños y colombianos. Pero también hay arreglos y teclados con aires anglosajones de los ochenta, para contrastar siempre en armonía.

El decir de León, que a veces parece un susurro que aturde con poesía, habla de ese mundo simple y profundo, que sobrevivía en la Latinoamérica desangrada en dictaduras.

"Buscabas el peso sin darte por vencido, más al final de cada día las manos vacías volvías a encontrar. Por eso te entiendo, cuando en un vaso te vas, quién sabe a dónde buscando eso que llaman paz", canta León haciendo el borracho más dulce y triste que se pueda imaginar en "Bajaste del Norte".

A comienzo del Lado B (sí, hablamos de lado B en 2020), el folclore se disipa y arranca una base tan Prince que duele, para volver a dar fuerza junto a la voz de Porchetto en "Vino algo y lo arrasó". Algo de funk, algo de rap, algo de rock y algo de pop. Acá se nota la mano de Gustavo Santaolalla, otra vez 20 años adelantado.

Con "Los accidentes de la ruta" vuelve un Gieco puro. Una balada increíble para escuchar mil veces sin llegar a ningún lado. "Más allá del horizonte está el destino, más allá de ese destino hay un abismo", entona el compositor con su guitarra clásica, un poco Dylan, un poco Che y un poco Yupanqui.

Para finalizar, cumbia, chacarera y fogón hacen una placa increíblemente necesaria, en estos días donde todo sigue siendo cuestión de plata. "Mientras diez ventanillas cobran, una sola es la que paga".

"Wadu Wadu", Virus (1981)

Si León luchó contra la dictadura con puentes interculturales, Virus lo hizo con energía y color. La década abría y con nuevos aires musicales y estéticos. Y la banda de Federico Moura fue el máximo exponente.

Son 15 canciones al palo. Llenas de ritmo, desenfreno, doble sentido y estribillos inolvidables. Rock, punk, ska, diversión y excesos, como un grito de libertad que se empezaba a escapar por las alcantarillas de la represión.

"Wadu Wadu" y "El rock es mi forma de ser" son dos clásicos que pertenecen a este disco, pero todas y cada una de las canciones actúan como un tatuaje en el cerebro, que nadie puede dejar de tatarear una vez que entran por los sentidos.

Pero como sabemos, todo ritmo es político. La voz y la estética de Federico rodea mensajes claros de libertad, metafísicos y control social. "Nadie puede escapar a su mente manejadora", dice Moura cuando "Densa realidad" da un poco de respiro al baile eterno en el fin del trabajo.

"Victimas del vaciamiento", Hermética (1994)

Para analizar el tercer y último disco de la histórica banda de metal nacional hay que pararse desde su placa precedente: "Ácido Argentino" de 1991. Los dos trabajos juntos forman un solo concepto: el grito de los olvidados por el neoliberalismo reinante de principios de los noventa.

La colimba, la represión, la salud pública, la política, la educación, la desocupación y la marginalidad son retratadas de una forma cruda y directa, sin demasiadas vueltas ni metáforas. Claudio Oconnor y Ricardo Iorio le gritan a la sociedad lo que la sociedad se resistía a escuchar: algo apestaba a podrido a mediados de la década de presidentes en Ferraris y hambre, maquillada de 1 a 1.

Musicalmente, abandonan un poco el sonido Trash Metal que caracterizaba a la banda, optando por algo más clásico, con melodías un poco más pegadizas y un sonido más limpio. Lo que los lleva a una popularidad por fuera del gheto de género, logrando así ser Disco de Oro.

Son 11 canciones (diez y un instrumental) que pisaron fuerte en la escena nacional. La placa abre con "Soy de la esquina" y pone en primera persona lo que se va contar en algo más de media hora. Los pibes en la esquina, tomando una cerveza, lejos de problemas y resistiendo la mirada prejuiciosa del que no entiende ese ritual de amistad. "Rutina sin malicia que guarda razón, quien olvidó las horas de su juventud, murmurando se queja de esta actitud", asevera O Connor, marcado su sentido de pertenencia entre la banda y sus destinatarios.

No hay institución ni poder que no sea criticado y denunciado. El sistema de salud como un producto de mercado, donde los pobres son olvidados y rechazados ("Hospitalarias realidades") y la política amparada en el olvido colectivo para robar y mentir a la sociedad sistemáticamente ("Olvídalo y volverá por más"), son dos ejemplos.

Pero el que más impacta, visto desde ese contexto, es "Del colimba", en la cual un joven obligado a integrar al Servicio Militar Obligatorio maldice su suerte en ese sorteo. "Fue por sorteo y no por propia voluntad, que me han rapado y separado de mis pares. Ser vigilante pareciera ser mejor. Yo cantando, trato de aguantar".

La voz de Iorio es clara: "Mis metaleros sueños deben demorarse. Estoy forzado a la militar instrucción, sirviendo a quienes eligieron aquí estar", canta el compositor.

Ese mismo año, la muerte del Omar Carrasco cumpliendo con el Servicio Militar llevó a una serie de debates en la sociedad toda, que finalizó con la suspensión de la Ley 3.948 que dictaba la obligatoriedad del SMO.

"Azules turquesas", Lisandro Aristimuño (2004)

Lisandro es probablemente el artista argentino definitivo de los últimos 20 años. Desde Río Negro, el sur del sur de todos los sures, aparece este compositor y multi instrumentista dueño de un timbre de voz único y un talento desbordante que fusiona pop, rock, electrónica, folclore y hasta silencios, si es necesario.

"Azules turquesa" es su disco debut, producido por su propio sello (Viento Azul) que parece salido de un cuento surrealista en el que "Artaud" de Spinetta y "Giros" de Páez pasaron un anoche de pasión. Ya que en él encontrarán la libertad del primero y la multiculturalidad del segundo, todo unido con un estilo propio.

En 10 canciones el artista crea una atmosfera fuera de todo tiempo y espacio, pero con pequeños detalles y arreglos que van llenando de color y acercan el oído a todas las músicas pasadas y futuras.

"Hoy se respira viento sur, ese que nace del frío. Horno de barro calienta el sol, de los lugares perdidos. Vuelve la calma de tu voz, con la corriente del río. Manto de cielo sobre el tendal, teje tu nombre y el mío". Con esta terrible estrofa Lisandro se presenta en la escena musical argentina, y ya nada será igual.

La calma de las canciones casi que no se interrumpe y su voz nos va presentando imágenes de rutina y arte. Su infancia en el sur, su llegada a Buenos Aires en 2001, sus amores perdidos, la nostalgia y el desarraigo acompañan las estrofas, siempre envueltas en paz.