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Historia del Rock en Argentina

1968

El otro yo del Sr. Negocios

Jorge Alvarez era el dueño de una editorial que llevaba su nombre, y que se especializaba en sacar libros “con moderadas tendencias izquierdistas” (según una definición de la político-informativa revista Primera Plana).

Luego viaja a Brasil y Nueva York con Pedro Pujó, quien ya trabajaba en la editorial y había estado embarcado en un proyecto singular junto a Roberto Jacobi. Es lo que Pedro describe como “una línea de artefactos. Por ejemplo, en vez de vender un libro con su forma habitual, iba dentro de una lata donde la tapa podía ser la contratapa... o libros en cassettes. Por supuesto que ya estaba dando vueltas en el mundo Andy Warhol y existía la frase “El medio es el mensaje”. La idea inicial de Jorge Alvarez era negociar los derechos del libro “Mi amigo el Che”, de Ricardo Rojo, y tras vivir un mes en el Greenwich Village, vuelven con la idea de hacer un barrio similarmente bohemio en Buenos Aires. Ya en septiembre detallan el proyecto: una manzana comprendida entre Paseo Colón, Humberto Primo, Perú y Moreno, Donde habría desde casas hasta cines y restaurantes. Arman un minucioso fichero con la gente que podría colaborar, desde intelectuales hasta economistas y creativos. Aparentemente, el Banco de Galicia llegó a prometer su apoyo si llegaban a formar un pool de 9 o 10 socios, donde cada no fuera el líder en algún área. Por ejemplo Torre Nilsson debía estar en la parte de cine, Casa Muñoz o Modart en el rubro de casas de ropa, y así sucesivamente. Se llegó a elaborar un Informe, pero al final el proyecto jamás llegó a plasmarse. Uno de los obstáculos fue que la Sociedad de Amigos de San Telmo de turno se oponía porque el barrio cambiaría su fisonomía. Lo que sí se concretó fue la idea de Pedro de sacar una serie de posters, y para eso recurrió a su grupo de amigos. Entran en escena Rafael y Javier.

En la editorial de Jorge Alvarez trabajaba la periodista Piri Lugones, y en una reunión en su casa, a mediados de septiembre (días después del cumpleaños de su hijo Alejandro), Jorge Alvarez conoce a Tanguito, Claudio Gabis, Alejandro Medina, y Javier Martínez. Se sorprende por la poesía de Tanguito y se entera de que Javier Martínez llevaba unos meses ensayando junto a Alejandro y Claudio, para concretar el trío Ricota. En una reunión posterior (en la casa de Alvarez) los escucha y le gusta tanto que trata de hacerlos grabar para convencer a algún sello para que saquen un disco.

Finalmente, junto a Pedro Pujó, Javier Arroyuelo y Rafael López Sánchez, Jorge Alvarez forma Mandioca, un sello independiente. Deciden presentar sus grupos en vivo, para hacerlos conocer y luego editar los simples. De alguna manera, Mandioca encaró a los discos como libros -es decir- como objetos culturales de Mandioca se hacen el 12 y 26 de noviembre en la sala Apolo (Corrientes 1372, hoy cine Lorange) con Manal, Miguel Abuelo y Cristina Plate (una modelo que provenía del Di Tella y que luego se enojó por “la imagen de hippie que le formaron”). Los simples (con sobre dobles ilustrados por Daniel Melgarejo) son el primer intento de acabar con el monopolio de unas pocas productoras y hacer algo ante la indiferencia de las compañías grabadoras. El simple de Manal tenía “Que pena me das” y “Para ser un hombre más”; y el de Miguel Abuelo Oye niño y “Levemente o triste”.

Oye, niño, no te dejes, haz tu cabeza estallar.
Oye, niño, no seas tonto, haz tu cabeza estallar.

Todo lo que ata es asesino.
Todo lo que ata no es la paz.

Oye, niño, ya no corras, no me quieras ganar.
Oye, niño, ya no corras, no me quieras ganar.

Cuando mi nombre yo no exista,
verás que velocidad.

Ya arroja tu armadura, ser el aire no es pensar.
No hay camino hasta tu suerte, nadie te puede ayudar.
Haz tu cabeza estallar.

La creación de Mandioca tiene infinidad de pequeños detalles y obstáculos que debieron salvarse para desembocar en el primer sello de rock. El más indicado para relatar los detalles es Pedro Pujó, quien escribió lo siguiente:

“Para llegar a Mandioca... hubo que pasar por varias reuniones... nuestra idea global era todavía mucho más pretensiosa, y poco a poco nos dimos contra los márgenes de nuestro delirio. Reunidos en la casa de Jorge, después de escuchar un compendio de realidades, vimos que aunque los músicos estaban bien para actuar, no había posibilidad de promocionarlos sin discos, y aunque ahora suene bien obvio, por entonces no lo era tanto. No había en los sellos grandes ninguno interesado en difundirlos; podía ser que los editaran, como en el caso de Los Abuelos y CBS, pero guiarlos a que siguieran y desarrollaran sus presentaciones... no... era sólo para que integraran el catálogo como un número llamativo de la línea beat. En fin, era más fácil pensar en que -según Jorge- ya que tenía su imagen en los medios por su editorial, pasara a ser Jorge Alvarez Discos o algo así. Digamos que era la teoría más defendida por el 25% de los presentes. Jorge tenía bien claro que desde 1962 hasta la fecha (1968) había editado 260 títulos y de ellos sólo dos eran de autores extranjeros: uno de Ambrose Bierce -norteamericano que luchó al lado de Pancho Villa-, y el otro del francés Charles Fourier (“El libro de los cornudos”). Esta música iba a ser primordialmente cantada en castellano. Javier y Rafael habían estado trabajando en un par de exposiciones con el nombre de Mano de Mandioca, y al ser un producto típicamente sudamericano, nos pareció lindo... lindo también porque era difícil de defender, como en ese momento era la audacia de ponerse ropa de colores. Era como la ruptura ceremonial, y -para terminarla- el detalle de La Madre de los Chicos era porque sabíamos que necesariamente nos tocaba un papel un tanto protector al confrontar la mentalidad náufraga. Y a la vez era un homenaje a la madre de Mario Rabey, quien solía bromear diciendo que era la madre de los chicos. Así que, cuando Jorge salió del momentáneo sopor en que se encontraba, ya a las 2 ó 3 de la madrugada, después de una larga sesión, le dijimos el nombre y lo tomó, como aceptándolo.

Después, en una nota en el semanario Así, Julio Bortnik escribiría: Cuando los náufragos y el editor se encuentran, ellos dejan de ser náufragos y el pasa a ser muchas cosas más que un editor. Conversan, se entienden, y se ponen a trabajar.

‘En realidad, quienes hacen todo son ellos’, confiesa casi con orgullo Jorge Alvarez (en la nota publicada en Así), ‘Eso ocurrió desde el primer momento, cuando me preguntaron si yo me sentía capaz de lanzarme a cualquier cosa, y no tuve más remedio que contestar que sí. Pero los verdaderos creadores son ellos. Mi tarea se limita a facilitarles lugares y medios. De haber dependido de mí, posiblemente todo se hubiera hecho distinto. La cuota de atrevimiento, de desenfado, de insolencia y de imaginación corre por cuenta de ellos’.

Aunque esto también era demasiado modesto de su parte (prosigue Pedro Pujó en sus apuntes retrospectivos), había un choque con la gente que estaba haciendo cosas y estas nuevas cosas que empezaban a hacerse. Nadie se abría favorablemente a la imaginación y a la juventud, y por eso Jorge tiene el gran mérito de habernos permitido mostrar a los 20 años lo que nosotros creíamos que era lindo y divertido, sabiendo que él iba a ser juzgado por todo el personal de su editorial y de las editoriales asociadas. Y por supuesto que la diferencia de edades también provocaba a los dueños de la moral y las buenas costumbres instigarnos a través de los agentes del orden y todas las formas represivas de esos años sesenta.

Ya habíamos empezado con los posters, con una muy exitosa presentación a la que la gente de los medios fue invitada a través de una fruta de yeso pintada por Daniel Melgarejo y con la leyenda ¡Rompeme! Por supuesto, adentro estaban las coordenadas de la reunión: en un sótano de la calle Talcahuano al 400, el café-concert La Calle. Recuerdo que eso tenía toda la intención de mostrar lo perecedero del arte. Con Mano Editora habíamos sacado 21 posters con caras y figuras nacionales y del ambiente internacional, como Jean-Paul Sartre hasta Troilo, Norma y Mimí Pons.

Entonces, el 12 de noviembre, presentamos el sello Mandioca, La Madre de los Chicos, con sus tres artistas primogénitos: Manal, Miguel Abuelo y Cristina Plate. Es notable cómo el show impresionó. Nuevamente en Así, Julio Bortnik comentó: ‘Los anuncios fueron insólitos. Consistieron en grandes murales pegados en las calles de Buenos Aires y en los que, en vez de destacar el nombre de los intérpretes, se anunciaba el nombre de los invitados. Sin embargo, la presencia masiva fue de hippies de cabelleras y barbas, minifaldas y pantalones floreados, medallones y cuadernos con frases, botas y descalzos, alegres y divagantes. Inundaron la sala Apolo. Pero no todo habría de ocurrir dentro del teatro. Afuera, en el hall de entrada, y como un regalo para quienes pasaran por ahí, se montó una situación de la que fue responsable Hugo Alvarez. Mientras reflectores rojos inundaban el ambiente, una bella joven luciendo el clásico atuendo de novia, bajó las escaleras y caminando sobre una alfombra roja ganó la calle. En las manos llevaba un grabador a cassette que dejaba oír los inconfundibles compases de La Marcha Nupcial. A su lado marchaba un fornido caballero (“Mentiro”) quien se encargó de abrirle camino y evitar posibles efusividades. Mientras ella ascendía a un automóvil rojo que inició veloz marcha, un coro de la ciudad de La Plata -especialmente contratado para esa oportunidad- rompía a cantar un cálido tema de Bach. Luego, una oculta voz femenina con el tono reposado y tranquilizador de quienes pasan los informes en un avión, invitó a los concurrentes a ingresar a la sala, señalando que la temperatura era muy agradable y otras cosas de mediano interés’.

Pero no todas eran alabanzas. La revista Panorama (19/11/68) se refirió al nacimiento de Mandioca de la siguiente manera: ‘Sobrevivientes de la tribu seudo-hippie de Plaza Francia, diezmada en parte hace un año por la tijera policial, numerosos jóvenes de sexos indefinidos y con disfraz bohemio y algunos notable invitados especialmente, atestaron la sala Apolo durante la sesión inaugural de un ciclo auspiciado por Mandioca, un nuevo sello grabador capitaneado por el ahora barbado editor Jorge Alvarez y tres adolescentes de espíritu aventurero. El trío Manal emitió sonidos beat y soul con cierta eficacia neutralizada por la escasa calidad de los temas de su repertorio. La modelo Cristina Plate intentó cantar con acompañamiento de cuerdas y otras herramientas musicales, pero su barroco naufragó en una absoluta falta de sentido de las armonías. Miguel Abuelo, junto a los antimusicales miembros de un grupo en dispersión llamado “Los Abuelos de la Nada”, tuvo arranques de histeria entre canción y canción. Abandonó el escenario enojado con todos. Una lánguida partidaria de este tipo de eventos explicó que ‘Nunca haremos nada importante. Sólo nos resta destacar nuestra insignificancia’. Lo hacen tan bien que el arte de aburrir tiene en ellos a sus estrellas máximas.’

(Prosigue Pujó:) Así daba por concluida su visión en caprichoso estilo, son los intereses creados, son las diferentes reacciones de los diferentes informantes. uno, el de Así, que mostraba casi con orgullo algo con base popular; el otro, un intelectualoide de clase media, que veía invasores en sus terrenos. A lo mejor hay otra interpretación... Por ejemplo, un pariente cercano en la revista Inédito fue el único en recabar en le existencia de un mago en el intervalo, y escribió: ‘Cuando Jorge Raúl Alvarez Ruiz renegó de ser Contador Público Nacional y de la poesía para disponerse a arar el mercado editorial detrás de los títulos que lanzaba había cierto mensaje, algo que de alguno manera reflejaba las inquietudes de toda una generación ansiosa de cambios Sembrar Mandioca sin semillas y además pretender revolucionar la historia de la música popular argentina, es la quimera editorial más audaz jamás planeada. Visto lo visto en el teatro Apolo, hay quienes creen que ni siquiera vale la pena esperar a 1970 para ver los frutos’.

Tampoco olvidemos que al entrar al salón, el público encontró en cada butaca un poster con el contenido del programa y una matraca, y que al comenzar el espectáculo propiamente dicho, el público hizo sonar las matracas y algunos silbatos, dando el verdadero concierto. Eran conciertos y recitales para la música pop. Los grupos no iban a actuar en los bailes de los clubes, no iban a ser música de fondo en su restaurante o discoteca. Iban a ser escuchados, iban a ser criticados. Eran otro de los pasos que teníamos que provocar: una nueva boca de consumo, una nueva actitud hacia el artista, una nueva relación y curso hacia ese tipo de música. Ese diciembre, Jorge y yo viajamos a Mar del Plata, entendiendo que era el tradicional centro de la concentración veraniega. Jorge tenía programada la apertura de temporada de la Librería, y -quizás a raíz de eso- teníamos que crearles trabajo a los chicos. Mandioca era más que editar los sonidos”.

Toda la vida tiene música hoy

En La Plata ya está la denominada Cofradía de la Flor Solar, una comunidad que se centró en una gran casona cerca de la entrada de la ciudad. En las seis habitaciones convivía gente como Ricardo “Mono” Cohen (Rocambole), Kubero Díaz, Morci Requena, Manija, Pascua y Néstor Qandi. La casa es un lugar de encuentro para músicos y poetas, y de ahí surge la banda que en 1970 editará un LP por RCA.

La historia de los Cófrades empieza en 1966, consecuencia de Manuel Manolo López Blanco, profesor de estética en la escuela de Bellas Artes de La Plata. Por entonces intervienen las facultades, por lo que comienzan a dar clases en forma paralela y aparece la iniciativa de auto-abastecerse y crear una comunidad. Insólitamente, la gente los apoya, pueden canjear sus artesanías en la ciudad, y los visitan con vinos y especias de regalo. En el verano del ’69 muere López Blanco, pero las clases continúan con sus “Notas para una introducción a la estética” y con la ayuda de amigos que les brindan clases semanales, como el musicólogo Enrique Gerardi y el pintor Luis Felipe Noé (además del crucial libro “Antiestética”).

También en La Plata forman un grupo los hermanos Beilinson (entre ellos Guillermo, actual director de cine; y Skay, guitarrista de Los Redonditos de Ricota). Hacían covers de grupos de rock y blues junto a gente como Isaac Isa Portugheis. Los hermanos Beilinson habían estado estudiando en París a principios de año y -por supuesto- se meten en el medio de todo “el mayo francés”. Los deportan a Londres, donde a las nuevas ideas le suman elementos para arrancar con todo en La Plata: guitarras y amplificadores de primera calidad, e infinidad de discos, entre otras yerbas. Después de un tiempo, terminarán uniéndose con gente de La Cofradía para todo tipo de experiencias vitales.

En otra zona, en Ciudad Jardín, Gustavo Santaolalla logra hacer contacto con Ricardo Kleinman y éste le dice que The Crows suenan bien, pero que deberían cantar en castellano. Inicialmente, a Gustavo esto le parece algo berreta, pero cuando escucha el “Tema de Pototo” por la radio, termina de convencerse. Hace otra prueba, esta vez ante el productor Fernando Falcón (socio de Kleinman), a quien le gustan los temas en inglés, pero también pide algo en castellano. Gustavo toma la guitarra y le canta “Canción para una mujer” y otras. Falcón les da el ansiado OK para grabar. Con arreglos de Alchourrón -bajo indicaciones de Gustavo- registran “Lo veo en tus ojos” y “Canción para una mujer”. Empiezan a sonar por la radio y salen los primeros shows, aunque bajo un nuevo nombre sugerido por Kleinman, Arco Iris.

Gracias al manijazo de Kleinman

Almendra goza de mucha promoción de radios y revistas. Sin embargo, eran frecuentemente silbados en clubes y recién lograrán aceptación con “Todo el hielo...” El primer recital realmente importante que hacen es en el teatro Payró, y el siguiente en el teatro Del Globo, siempre con sonido de Robertone (a quien Luis presentaba como “el hombre equipo”). En realidad Robertone no era una persona, sino el nombre de la empresa de los hermanos Robles, quienes hicieron la mayoría de las sonorizaciones de recitales a partir de este año, desde que los Tremeloes tocaron en el teatro San Martín.

En este invierno también graba Jorge de la Vega, quien además de ser asesor de arte en Pinap y un excelente artista plástico, es el compositor de varios temas que interpretaba Nacha Guevara. Registró “El gusanito en persona” y “El viejo de la galera”. A él se lo vincula con el circuito de los café concert, por donde también andaba Jorge Schussheim; un circuito frecuentado por gente más grande que los copados con Los Gatos, gente que oía la “nouvelle chanson” francesa de Jacques Brel y Georges Brassens. Otro que también linda con los café concert es Facundo Cabral, quien en el mes de enero de 1968 improvisa por primera vez “No soy de aquí, ni soy de allá” ante Jorge Cafrune, en Punta del Este.

Además, graban Federica “Fedra” y Pedro “Maximiliano” Muñoz (B.B.Muñoz), un dúo seudo-rebelde que contagia su hit “Amigo mío”). Otro artista “rebelde” es Giulano Billy Bond Canterini, con sus pintorescas chaquetas Mao y plena moda Sgt. Pepper’s. “Lo que nadie sabe”, dice Billy Bond actualmente, “es que La Cueva de Pueyrredón era mía y que desde esa época conozco a gente como Javier Martínez, amigos de trasnochadas y de todo. Tiempo después llegó Litto con Los Gatos y más tarde -en la otra Cueva, la de Corrientes- apareció otra generación más, que es la de Luis Alberto Spinetta, Vox Dei, y también Roque Narvaja. Antes de los Beatniks, allá por 1965, yo tenía un grupo de beat llamado Los Guantes Negros, donde la guitarra la tocaba Ricardo Lew y hacíamos una onda Beatles. ¡Esa época mataba! Javier tenía su grupo y Tanguito andaba con Los Dukes, que grabaron conmigo en Music-Hall. Javier armó Manal tocando con Alejandro y Claudio en la segunda Cueva, que era un punto de encuentro; me acuerdo que una vez salimos de la Cueva a las seis de la mañana para ir a los Beat Baires de Alvarez”.

El 27 de septiembre, en Río de Janeiro, se lleva a cabo el Tercer Festival de la Canción. Van Los Gatos con “Seremos amigos”, y se transmite su actuación por canal 9. En esos días, un futuro ganador de festivales abre un pub en Libertador e Italia, partido de Vicente López. El lugar se llama Elliot Ness, y el dueño se conoce como Piero.

Nuevos trapos

Almendra graba algunos simples este año, luego que Luis y Emilio se cruzaran casualmente con Ricardo Kleinman y lo invitaran a escuchar al grupo. Ya en Pinap se anuncia que “el capo del grupo tiene alrededor de 60 temas compuestos, uno mejor que otro”. Sacan “Hoy todo es hielo en la ciudad” con “Gabinetes espaciales”, y después “El mundo entre las manos” con “Campos verdes”. Además, por supuesto, del difundido Tema de Pototo (para saber cómo es la soledad):

Para saber cómo es la soledad,
habrás de ver que a tu lado no estás,
que nunca a ti te dejará pensar en dónde estaba el bien,
en dónde la maldad.

La soledad es un amigo que no está,
es su palabra que no ha de llegar igual.
Si es que sus sueños ya son luces en torno a ti,
te das cuenta que él nunca ha de morir, ¡nunca ha de morir!

Para observar como muere la flor,
verás que también muere la paz.
Y si esa paz revivirá en su voz,
la flor te la dará para plantarla igual.

La soledad se irá cuando tu estés con él,
aunque tus sueños quieran desaparecer,
oirás que el mundo irá cayendo alrededor,
y en un momento estarás solo con la flor,
solo con la flor.

Para saber como es la soledad habrás de ver que un amigo no está.

Afuera de la ciudad

En Santa Fe, más precisamente en Cañada Rosquín, Raúl Alberto León Gieco se acopla al grupo local Los Moscos, integrado por pibes que se reunían los fines de semana. Hacían temas de los discos que podían conseguir, como los del Spencer Davis Group (que tenía el atractivo especial de contar con la voz de Steve Winwood, de apenas de 15 años). Todo se conseguía por medio de algún conocido que iba una vez por mes a Buenos Aires, y otro que les acercaba la Pinap desde Rosario. En aquello del “Rey de los animales”-, trabajaba en el bar de un club hasta las once de la noche, y de ahí se iba a ensayar hasta las cinco de la mañana. Como el poco tiempo tuvieron problemas con los vecinos (por el ruido), el comisario los intimó con llevarse los equipos si seguían molestando. Así que optaron por ensayar en el sótano que había bajo la habitación del guitarrista.

Cuando estaba en tercer año, la profesora le preguntó a León que iba a hacer después del secundario... y él contestó que “Yo me voy a hacer famoso en Buenos Aires”.

La cadena se rompió

En mayo de 1968, mientras en Buenos Aires cumple 14 años el monopolio de La Escala Musical en Francia estalla la hora de los estudiantes. Sin entrar en detalles, vale la pena conocer algunas frases que leían los porteños veinteañeros, entre absortos y maravillados. El líder estudiantil Danny CohnBendit (pelirrojo estudiante en la Sorbona) aconsejaba marcar contra la cana (“les flics”) con una sonrisa en los labios y una canción en el corazón. Se reflotaron frases de Shakespeare (“Hay método en nuestra locura”), Heráclito (“El combate es el padre de todas las cosas”), Rimbaud (“Hay que cambiar la vida”) y el slogan más movilizante: “Seamos realistas, exijamos lo imposible”.

Por supuesto que los medio argentinos reflejaban “otra” juventud, con canal 2 pasando series como “Los Dakotas”, “Surf side six”, “Sugarfoot” y “Pop news 68″; canal 7 mostrando a Antonio Carrizo con “Completísimo”; y la radio con “Modart en la noche” (de Ricardo Keinman) y “Thompson y Wiliams” (de Fito Salinas), donde uno podía esperar con paciencia los temas de los Beatles escondidos entre el “Patapata” de Miriam Makeba, o alguna cosa de Los Gatos.

En abril aparece la revista Pinap, con información sobre música nueva, pero también con una banal superficialidad que se reflejaba en notas donde describían el duelo entre la moda “King’s Road vs. Carnaby St”. Eso sí, había abundantes reportajes a los Beatles y los Rolling Stones, e información sobre Los Gatos, Los Abuelos de la Nada, Manal y Almendra. Describieron a Los Abuelos como “lo más bohemio que se puede encontrar en Buenos Aires”... “quienes mejor interpretan los recientes ritmos psicodélicos de Londres, adaptándolos al gusto de nuestro país”. Tampoco escatimaron adjetivos al elogiar a Litto Nebbia como “una especie de geniecito, algo así como un pequeño Lennon nacional”.

En esa época después de su estadía en Córdoba, Pipo escribe una “Carta a los náufragos (hippies) porteños”, que decía lo siguiente: “Seamos indestructibles como las estaciones. Aparezcamos a iluminar con golpes de amor el escenario gris en que nos han metido. Y a cada odio respondamos con una mejilla; a cada mueca con una mirada y una caricia. Y esperemos en silencio el momento de salir y besar a todos, el tiempo en que podamos bailar en la calle bajo el sol. Sentados, con la piernas cruzadas, mirándonos, dejando en libertad lo que tenemos y lo que nos pasa, guardando la luz de la primavera en las manos y en los ojos, hilamos la hora de regalar a nuestros hermanos la fe en lo que soy, es él, sos vos”.

Un lugar donde muchos náufragos porteños confluyeron fue el hotel “El Melancólico”, en Belgrano R. Ahí paraban Silvia Washington, Carlos Cutaia, “la Negra Renee” y todo un grupo atraído por el ocultismo. Ahí se juntaba el sector más pesado de los náufragos, siempre con la Negra Renee creando el clima apropiado.

Mientras tanto, a Salta empieza a llegar gente de Buenos Aires, Córdoba y otros lugares del país... Salta es una virtual Meca para los pelilargos y hasta para algunos pibes de 14 o 15 años. Pero el sitio no duró más de tres meses y fueron unas pocas e intensas semanas durante las cuales se iba enterando más gente por medio de cartas o “bolas” que circulaban. Pero ocurrió lo de siempre: una especie de Sociedad de Madres se escandalizó por rumores de que “había drogas”, y el revuelo que causaron hizo que la policía se volviera, digamos, “excesivamente inquieta”. Así es como la mayoría dejó Salta y enfiló hacia Brasil.

Va a salir un lugar

En 1968 empieza a hacerse notorio que hay puntos en común entre la mano intelectual y los músicos. Espiritualmente, el nexo es la profunda búsqueda y experimentación de ambos grupos. Físicamente, los lugares de encuentro eran los bares y casas de amigos comunes. Institucionalmente, el punto de contacto era el Instituto Di Tella.

Hagamos un poco de historia. Entre 1958 y 1952 se establecen artículos que escalonadamente y por iniciativa privada crean dos organismos, la Fundación y el Instituto Di Tella; la Fundación para “promover, estimular, colaborar, participar y/o en cualquier otra forma intervenir en toda clase de iniciativas, obras y empresas de carácter educacional, intelectual, artístico, social y filantrópico”; y el Instituto con pautas parecidas, amén de “realizar estudios para el adelanto de las ciencias o de la técnica e investigaciones industriales”. El énfasis principal de la familia Di Tella fue puesto en los llamados Centros de Belgrano: Centro de Investigaciones Económicas, Centro de Sociología Comparada, y otros más. La razón de la mayor importancia de estos centros es muy clara: Guido Di Tella es economista, y su hermano Torcuato es sociólogo. Se creó también un Centro de Investigaciones Neurológicas y -¡atención!- el famoso Centro de Artes Visuales (CAV) que funcionó en el local de Florida 936. No en vano se terminó apodando a la manzana comprendida entre la calles Florida, Charcas, Maipú y Paraguay como “La Manzana Loca”... dado que ahí se encontraban el CAV y la Galería del Este.

Cuando Jorge Romero Brest asumió el mando del Centro de Artes Visuales, en 1963, su discurso inaugural adelantó lo que iba a ocurrir: “Sólo puedo prometer que no habrá repeticiones y que haré los mayores esfuerzos para erradicar la retórica e intentar permanentemente la creación”. Así es como la década del sesenta contagia creatividad y audacia, y el Di Tella aparece como un centro cultural de la talla de los de Nueva York o París. Comienzan las exposiciones que escandalizan a críticos, sociólogos y psicólogos... léase arte pop, happenings y nuevo realismo... con Popes como Roy Liechtenstein y Andy Warhol en el Norte, y nuestros conocidos Edgardo Giménez, Rubén Santantonín y Marta Minujín -entre otros- en estas pampas.

El contacto de música y arte visual llega de la mano de Marta Minujín y una experiencia con firme base en el arte psicodélico llamada “Importación-Exportación: Lo más nuevo en Buenos Aires”. Al entrar, cada uno es cubierto por una enigmática luz negra que descubre dibujos fosforescentes en el piso, mientras en el aire se escucha a Jimi Hendrix, Cream, Grateful Dead, Jefferson Airplane y Country Joe and the Fish. Pasando a otra sala aparecen luces y figuras creadas por diapositivas y un reflector de aceite de colores. En otra área, con paredes recubiertas en aluminio, está la novedosa lámpara estroboscópica (la hoy conocidísima “flash de fiestas”). Atravesando una puerta asoma el vaho a incienso, música de Ravi Shankar y una explosión de revistas, discos y artesanías.

Más tarde, en invierno del ’68, Roberto Villanueva prepara la obra “Ubú encadenado”, de Alfred Jarry, en el Di Tella... con música de Carlos Cutaia. En el teatro Payró los hermanos Fattoruso y los integrantes de los Gatos presentan “Canciones para argentinos Jóvenes”. Y a partir de fin de año desfilará por el Di Tella la música de Manal y Almendra.

No es por falta de suerte

1968 es el año de las primeras grabaciones, aunque sólo sea a nivel de discos simples... salvo, claro, el segundo y tercer LP de Los Gatos.

Junto a Miguel Abuelo y otros náufragos, Pipo fue a visitar a Ben Molar, capo de la editorial musical Fermata. Los recibió enseguida porque “Ayer nomás” era un éxito, y también porque la madre de Pipo le había comentado que Miguel era muy talentoso. El hombre le preguntó si tenía un grupo, y Miguel le contestó que sí, por decir algo. Pero al tener que dar un nombre del grupo inexistente salva la situación recordando una frase de “El Banquete de Severo Arcángelo”, de Marechal: “padre de los piojos, ABUELOS DE LA NADA”. Inmediatamente, Ben Molar le dice que tienen fecha para grabar en CBS dentro de dos meses, y que deben ultimar los detalles con Jacko Zeller.

Así nacieron los primeros Abuelos de la Nada, que se formaron con Héctor Pomo Lorenzo, un baterista que hallaron en plaza Francia y que -dicen- se entusiasmó tanto el día que le compraron una batería que se acostó con ella. A su vez, Pomo llevó a los demás: el bajista Alberto Lara y su hermano Micky (guitarra rítmica), además de un organista llamado Eduardo que enseguida rebautizaron “Mayoneso”, en honor a quien fue el tecladista más pintoresco de La Cueva: Fanacoa. Prácticamente ninguno tenía equipos ni había integrado anteriormente otra banda. Empezaron a ensayar en la casa de Pipo y el manager era la mismísima Mabel Lernoud. Javier Martínez les presentó a un estudiante de pelo muy corto que se copaba con los blues y que tenía una impresionante colección de discos: Claudio Gabis, quien no quiso unirse a Los Abuelos pero aceptó grabar con ellos (luego entró Pappo Napolitano como violero estable). Pipo le compró una Fender a Claudio y éste se fabricó un distorsionador usando un grabador Geloso. Todo el concepto sonoro de los temas, por ejemplo el violoncello al principio de “Diana divage”, son ideas de Miguel. En realidad, salvo la personalidad de Claudio con su guitarra, todos los demás arreglos pasaban por la cabeza de Miguel. Finalmente llega el día de la grabación y registran “Diana divaga” y Tema en flu sobre su planeta. Basta escuchar el sonido infernal de la guitarra de Claudio para entender por que el técnico Casajús no entendía nada... violoncellos, campanas y efectos que sólo hicieron anteriormente los Beatles...

La tierra era antigua como el mar o como el sol,
ella estaba sola, vino el hombre y la lanzó, la dividió, la separó

El rosal se dio al aire ebrio de música y sol,
asesino, el jardinero, una guía le colocó,
la acostumbró, la adaptó.

El hombre nació desnudo y creció junto a una flor,
después se creyó fuerte y de la flor se separó
y no la amó, la abandonó.

En teoría, los temas de Los Abuelos de la Nada iban destinados a un disco con temas propios y otros de Javier Martínez como solista, y de Moris (quien en esos días grabó “Yo no pretendo” luego llamado “Esto va para atrás”). La contratapa del álbum iba a tener el siguiente texto de Pipo:

“Moris hace mucho que tiene los pies en la música, los ojos puestos en lo que le pasa a la gente. Dice que algo anda mal entre nosotros y que necesitamos un ejército para defendernos del tipo de al lado. Hace un par de años tuvo un conjunto llamado Los Beatniks, pero lo dejó porque el público le prestaba más atención a lo original de la ropa que a las canciones. Y desde entonces anduvo dando vueltas por las calles esperando poder grabar lo que él quería, sin disfrazarse de moderno. Tiene veinticinco años, toca armónica y guitarra, y fue el primero que empezó a hacer buenas letras en castellano.

Javier debe haber nacido cantando blues en vez de llorando; desde que nosotros lo conocemos es absolutamente fanático de la música negra. Dedicó años a encontrar la manera de lograr el sonido negro cantando en castellano. Eso le tomó un trabajo enorme porque el inglés es un idioma duro y cortado, y había que conseguir una tensión diferente en las frases del castellano. Javier tiene veinte años, es un baterista maravilloso y un espantoso erudito en rhythm and blues y rock’n'roll.

Los Abuelos de la Nada es una especie de salto al vacío musical, ellos pusieron todo para hacer algo nuevo y poderoso. Miguel (22), el cantante y compositor, y yo (21) que le había hecho las letras de sus temas, salimos a buscar músicos impresionantes por todo Buenos Aires. Apareció Pomo, el baterista (17), que había vivido trabajando en conjuntos sin estar conforme y sin poder usar su capacidad. Le dijimos que iba a tener que hacer mucho más de lo que sabía, y dijo que sí. En un mes se convirtió en un terremoto percusivo. Pomo nos trajo a Miki (18) y Carozo (22), que cantaban a dúo; después descubrimos que Carozo era un bajista lleno de ideas y que Miki era una guitarra rítmica perfecta”.

Por esos misterios de las compañías discográficas, ese disco nunca salió. Pipo se fue a Capilla del Monte por unos meses (“la idea era recorrer el país, conocer lugares y gente”). Allí escribe poemas y enseña clases de inglés, sin rencor por haber sido recibido a pedradas (motivadas por su ropa y el pelo largo). Cuando vuelve a Buenos Aires encuentra más ganas que nunca de hacer cosas, y Los Abuelos empiezan a grabar con vistas a un LP totalmente propio. Dos canciones que no llegaron a grabarse con “Bendito” y “El silbido del viento entre los juncos” (“Junco” era el apodo de la mujer que Pipo tuvo cuando estuvo en Córdoba). Ya con Pappo en el lugar de Claudio registran Pipo, la serpiente y “Lloverá”.

Ya he perdido el olor de los duraznos,
mis ojos ven fantasmas en la gente al pasar,
ya he cambiado de piel en estos días,
hoy soy otro y cuando paso no me ven.

El tiempo al borrarse por mis dedos no me duele,
mi cara en el espejo ya no tiene aquel calor,
ya no reconozco la calle en que camino,
el lugar donde duermo ya no es más mi lugar.

Estoy aquí parado, sentado y acostado,
me han crucificado, pero todo viene igual.

El peso de las cosas ya no pesa en mis espaldas,
el agua que yo bebo es agua y nada más,
yo estuve muy solo pero solo sin recuerdos,
yo estuve muy solo, pero solo y nada más.

Las cosas que yo veo son cosas sin historias,
sin tiempo, sin memorias, son cosas nada más;
me acerco a una piedra y la miro sin pensarla,
la toco sin nombrarla, la toco y nada más.

Los Abuelos escuchan “Diana divaga” por la radio y descubren que la versión original de 4 minutos había sufrido dos cortes, quedando en una versión “corta y difundible” de apena 2 minutos. Este hecho se junta con los inevitables roces, la locura del momento, y “diferencias musicales” entre los integrantes del grupo. Miguel se abre y poco tiempo después inicia la carrera solista que tanto ansiaba. Los Abuelos de la Nada desaparecen meses después, no sin antes grabar un tema donde se nota la influencia de Pappo, un blues llamado “La estación”.

El otro simple de esta tanda es el de Tanguito, que salió por RCA con arreglos de Horacio Malvicino. De un lado tenía La princesa dorada, compuesto por Pipo pero que aparece firmado por quien sólo hizo la música: Ramsés VII (uno de los tantos seudónimos que sucesivamente tuvo Tanguito). El otro lado presentaba un tema compuesto a medias con Javier Martínez: “El hombre restante”, una canción contra la guerra nuclear.

La dorada princesa del verano entre los iluminados
su sol amarillo, caleidoscopio de hojas de oro,
y lágrimas que ríen.
El tiempo se detiene y cuando nadie maneja el aire,
una magia nueva se produce, una magia nueva, una balsa nueva.

Yo no estoy aquí, sólo mi sonrisa me delata,
pero yo miro desde todas partes a la princesa,
que se mueve entre estrellas de corderoy azul,
con la soltura de quien no tiene errores.

Ellos le hablan y la contestación
es sólo el brillo de los ojos;
la princesa se da vuelta como un guante
y sigue sin adentro ni afuera.

Cuando la princesa habla vos le oís en tu mente,
y el fauno se despierta y brilla una danza,
una danza roja, desconocida pero eterna.

Este simple sí llegó a editarse, pero se perdió en el anonimato, por lo que actualmente es una verdadera pieza de coleccionistas.

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