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Historia del Rock en Argentina

1967

Un mar de gente

El 21 de septiembre, a eso de las tres de la tarde, la plaza San Martín ve llegar a decenas de hippies. Toman asiento formando un gran círculo y en el medio se ubica Tanguito con su guitarra.

Tiempo después, la revista Así emprende una serie de notas sobre los hippies porteños. Uno de los entrevistados, Pachy (nombre guaraní que significa “apache argentino”), les explicó que “Nosotros no somos hippies, sino náufragos. Esto viene a ser la versión actual de un movimiento sociológico-literario fundado por Allen Ginsberg y Jack Kerouac. Yo llegué a esto luego de pasar y superar otras etapas filosóficas que vendrían a ser los cuatro caminos para llegar a La Verdad Humana: yoga, budismo zen, sabat (doctrina de lucha) y Karate. Como todos, yo nací en un mundo redondo y hermoso que se empreña en dividirme. Me considero un ‘eimatlo’ por propia voluntad, o sea una persona cuya patria no existe. Tengo 20 años, soy casado y separado con una hija, trabajo de artesano y colaboro en revistas literarias: Al Delfín, de Brasil, e Igitur, de Córdoba. Dejé mi familia a los 15 y cuando estaba casado debía tener un trabajo estable, por lo que estuve de estibador en el puerto, y peón en el marcado de abasto”.

En forma paralela a los hippies, coexistían sus enemigos naturales: la policía y los intolerantes de siempre, por ejemplo “La barra de Nueva Pompeya”, un grupo de jóvenes empecinados en agredir a golpes a cualquier hippie que se le cruce en el camino. Obviamente, los componentes son los de cualquier patota, condimentados por tipos enrolados en organizaciones ultraderechistas (lo que otrora fueron los tacuaras), gente que se siente llamada a acabar con todo aquello que atente contra “los principios del espíritu occidental”. Claro que, viendo la posibilidad de conseguir peleas fáciles, enseguida surgió “la barra de Flores”, con meta en enfrentar a los de Pompeya y -de paso- defender a los hippies.

Pero volvamos al 21 de septiembre...

-Pipo, ¿cómo fue la historia detrás del “nacimiento de los hippies” en la primavera del ’67?

-La historia es maravillosa. Nosotros veníamos tomando conciencia de que éramos un grupo de gente con una ideología contracultura. Era la época de Onganía y había que hacer algo con la cara seria y careta de la sociedad argentina. Además, con Vietnam estaba la onda de la marchas pacifistas. Esta es la etapa mas fuerte de naufragar... durmiendo en el cajoncito de arena de plaza Francia. Me acuerdo claramente de una escena en plaza San Martín, junto a todo un grupo de gente: ahí estábamos con el colorado Rabey y Hernán Pujó explicándole a un grupo acerca del pacifismo y cosas medio intelectuales en uno onda McLuhan/Warhol... porque algunos náufragos sabían “All you need is love” pero nada más. Cayó Javier y le dije que tenía que cantar sus temas, explicar sus letras y divagar como lo hacía con nosotros, para que los chicos puedan aprender algo de nuestra experiencia. Y Javier me contestó que no quería ser líder de nadie ni formar ningún tipo de partido político u organización, “Si los pibes quieren aprender algo, que lo hagan por su cuenta”. Moris y Javier no se prendían en el asunto de explicar lo que hacíamos uy dárselas un poco de maestros. De toda esta historia, un día se nos ocurrió algo con ese tipo genial que es el Colorado Rabey y con Hernán Pujó (el autor de “Amor de primavera”). Dijimos, vamos a reunir a todos los melenudos que anden por la calle. Hicimos pasar una bola: “A todos los melenudos que veas, deciles que vayan el 21 de septiembre a plaza San Martín, a la tardecita, y que vengan vestidos como harían en un país libre”. Mientras tanto, con la lista de periodistas que tenía Pajarito les avisamos que en ese lugar y fecha se anunciaría “La llegada de los hippies”. Vinieron unos 250 pibes vestidos de la forma en que veían a sus conjuntos favoritos en las revistas. Fue una maniobra publicitaria de algo que ya existía, para que -por ejemplo- la gente supiera que al ver un melenudo por la calle era un hippie que quería paz”.

- Y que no era un puto, como pensaban todos al ver un hippie...

- Exacto. Porque nos encanaban por esa razón.

- También fueron a “Sábados Circulares de Mancera”...

- Sí. Yo hablé en ese programa. ¿éramos treinta o cuarenta que habían buscado en Saint Tropez. ¿Sabías que Tanguito salió cantando por televisión?

La balsa

En invierno, Los Gatos logran grabar una prueba en RCA, haciendo temas como “La balsa” y “El rey lloró”. La anécdota de estas grabaciones es que Moris estaba con ellos en los estudios TNT mientras registraban “”Madre, escúchame”... y terminó tocando “De nada sirve” en la guitarra de 12 cuerdas de Litto. El dueño del estudio le dio la cinta y él la guardó hasta editarlo en su primer LP (1970). El tema en sí duraba unos dos minutos, pero Moris siempre improvisaba sobre la parte central. Incluso la versión editada por Mandioca tiene un corte y algunos efectos sobregrabados más tarde: un bajo puesto por Moris usando la sexta cuerda de una guitarra Kuc, y un sonido de bombo logrado por Javier al golpear con un palito un trapo puesto sobre un Leslie.

De la prueba de Los Gatos, RCA sacó un simple con La balsa y “Ayer nomás”. Las ventas fueron impresionantes, alcanzando las 200 mil placas y unas 20 versiones de distintos intérpretes.

Estoy muy solo y triste acá en este mundo abandonado,
Tengo una idea: es la de irme al lugar que yo más quiera.
Me falta algo para ir pues caminando yo no puedo,
construiré una balsa y me iré a naufragar.

Tengo que conseguir mucha madera,
tengo que conseguir de donde pueda.
Y cuando mi balsa está lista partiré hacia la locura,
con mi balsa yo me iré a naufragar.

Detrás de los dos temas del simple de Los Gatos hay un par de historias muy conocidas. “La balsa” fue compuesta en el baño de La Perla del Once, cuando Tanguito desgranaba la frase “Estoy muy solo y triste acá en este mundo de mierda”. Litto se entusiasmó con la melodía y con su habitual ímpetu compuso el resto del tema. Con respecto a “Ayer nomás”, la letra de Pipo era mucho más fuerte que la grabada por Los Gatos. Basta con escuchar la versión original que grabó Moris. Quizás se trata del primer atisbo de censura “desde arriba”, dado que la gente del sello grabador le dijo a Litto que la canción no podía salir con la letra original; pero como la consigna era grabar, Pipo le dio piedra libre a Litto para modificar el texto y convertirlo en una historia de amor. Cuenta Pipo, “En ese momento, en el ’67, era muy importante que Los Gatos pudieran grabar. Ese detalle era lo de menos. No importaba que Los Gatos hicieran canciones de amor porque era otra cuestión: Los Gatos no eran como cualquier grupo comercial de esa época”.

Por esos días se realizó otro recital que juntaba intelectuales con músicos. Fue en el Theatrón, y se conjugó la poesía de los grupos Sunda, Opium, Eco Contemporáneo, El Angel del Altillo, y La Loca Poesía, con la música de Litto Nebbia, Moris y su hermano.

¿Qué opinaba Litto ante el éxito de “La balsa”? Imagínenlo con los infaltables Wembley que entonces fumaba, y con los Kinks como música de fondo: “Nosotros no hicimos la canción para los hippies ni beatniks ni nada: somos músicos. Por ejemplo los Shakers son muy buenos músicos, tal vez mejores que nosotros. Pero la ventaja que tienen Los Gatos es la de cantar en castellano y que las letras no pretenden ser deliberadamente intelectuales. Son, en cambio, frescas y simples, hablan de cosas de todos los días sin caer en la chabacanería de cierta ola que alguna vez inundó la música de los argentinos”.

Recuerdo una vez, en un viejo país,
un rey a un hombre campesino le habló,
le dijo: ‘Te ofrezco lujos y placeres
si tú me enseñas a vivir feliz’.

El humilde hombre le dijo: ‘No puedo,
no puedo enseñarte yo a vivir feliz,
tú con tu dinero, lujos y placeres,
jamás podrás ya vivir feliz’

El rey lloró... y le contó su dolor,
el rey lloró... y le contó su dolor.
(El rey lloró, Los Gatos)

En el medio de la ciudad

Mientras tanto, el coletazo de los Beatles va mostrando sus consecuencias en los colegios secundarios. En el Instituto San Román había pibes de 15 que tenían su propio “combo”. Luis Alberto Spinetta, Rodolfo García y Guido Meda forman -sucesivamente- Los Larkins y los Mods. Por otro lado estaban Los Sbirros, con Edelmiro Molinari, Angel del Guercio, Ricardo Miró, Chango Novoa y Eduardo Miró (luego reemplazado por Emilio del Guercio). Hacen temas de los Beatles, los Rolling Stones, los Shadows y los Teen Tops. Ya en esa época, Luis tiene compuestas canciones como “Plegaria para un niño dormido” y la “Zamba” (luego titulada Barro tal vez):

Si no canto lo que siento, me voy a morir por dentro.
He de gritarle a los vientos hasta reventar,
aunque sólo quede tiempo en mi lugar.

Si quiero me toco el alma, pues mi carne ya no es nada.
He de fusionar mi resto con el despertar,

Ya lo estoy queriendo, ya me estoy volviendo canción,
barro tal vez.

Y es que esta es mi corteza, donde el hacha golpeará,
donde el río secará para callar.

Ya me apuran los momentos, ya mi sien es un lamento.
Mi cerebro escupe ya el final del historial,
del comienzo que tal vez reemprenderá.

Emilio conoció a Luis allá por primer año, y ambos vieron que el otro estaba haciendo una revistita: Luis editaba “La cosa degenerada” y Emilio “La costra”. Según Emilio, eran “una cosa totalmente punk y asquerosa”. Luis -por su parte- recuerda que “era un pasquín lleno de historietas deformes y dibujos raros. Nada porno ni ofensivo, pero muy surrealista. Un día un profesor capturó uno de los ejemplares que iban de mano en mano por la clase, y nos llenó de amonestaciones”. Al poco tiempo de conocerse, Luis y Emilio unen esfuerzos y sacan -juntos- “La costra degenerada”. Emilio luego conoce a Edelmiro, quien estaba en otra división y terminará integrando los Sbirros... un día, en el río, se define la idea de concretar un grupo junto a Rodolfo. Luis invita a Guido a unirse al proyecto, pero este no entra. El grupo ya está formado: Luis, Emilio, Edelmiro y Rodolfo. Una tarde aparece el nombre, Almendra. Al poco tiempo de esto, sin embargo, Rodolfo entra a la colimba. Emilio tiene bien presente que “En esa época no existía la idea de ser roquero. Nosotros queríamos hacer música y el modelo eran los Beatles, o sea que no éramos un grupo de rock sino un grupo beat. Hay veces en que la extrema fascinación por la música de afuera te paraliza, pero a nosotros nos pasó lo contrario: los Beatles nos produjeron una inyección de creatividad”. Es 1967.

En otro colegio, el Instituto Social-Militar Dr. Damasco Centeno, también se fusionan dos grupos y queda formado Sui Géneris. Lo integraban pibes de To Walk Spanish (como Charlie García) y los de The Century Indignation (como Carlos Piegari y Carlos Alberto Nito Mestre). Todos estaban en tercer año y escuchaban con igual entusiasmo los Byrds, Stones y Beatles. Sui Géneris se completó con Beto Rodríguez, Rolando y Juan Bellia. Más tarde entró Alejandro “Pipi” Correa, en 1968.

Ya en 1967, Gustavo Santaolalla había ido dos veces a Estados Unidos, en programas de intercambio estudiantil. También insistía con su idea fija de ser músico. Había formado The Rover’s en el ’64 junto a Guillermo Bordarampe y Ara Tokatlián; The Blackbyrds en el ’66 (a los 14 años); y The Crows (con Alberto Cassino) en 1967. Por lo visto, Ciudad Jardín también desplegaba sus grupos de barrio. Cuenta Gustavo: “Hacíamos recitales en el colegio para reunir fondos para el viaje de fin de año. Habíamos armado un recital impresionante: tocábamos dos partes de 40 minutos con un intervalo. Teníamos un juego de luces que había armado un amigo nuestro que sabía de electricidad: hizo una pedalera para hacer los cambios, y mientras yo tocaba podía prender y apagar las luces con los pies. De fondo proyectábamos diapositivas con nubes y bosques, y también pasábamos películas como las del ratón Mickey. Yo estaba recopado con la psicodelia, y pensaba que -así como ellos lo hacían allá- yo también lo podía hacer, así que montábamos todo ese show que era una cosa de locos. Y teníamos 16 años...”

Sueña y corre

Apenas Kay llega a Buenos Aires, los cuatro se proponen armar un conjunto. Litto, Ciro, Alfredo y Kay. Aún falta un baterista... Kay recuerda un amigo que trabaja como florista en Rosario y que además le pega a los parches. Se trata de Oscar Moro, quien acude al llamado en febrero, pero en realidad lo hace principalmente con la idea de pasear un poco por la Capital. Igualmente trae consigo su batería y el célebre “traje de madera”, su único traje, de un color tan indefinido que motivó interminables bromas. Era medio rojizo y servía para toda ocasión: dormir, actuar, vestir de gala... al poco tiempo ese traje de seis mil pesos se hizo famosísimo. Finalmente, Moro decide no volver a Rosario. Inmediatamente escribe dos cartas: una a sus padre, y otra renunciando a su trabajo. El grupo ya está completo. ¡Voilá Los Gatos!

Ensayan en el departamento de un amigo, en la calle Tres Sargentos.- Luego consiguen ir a la famosa sala de Callao 11, a pocas cuadras del hotel Santa Rosa, donde paraban. Lo incómodo era que todos los días debían llevar las cosas del hotel hasta la sala de ensayos... Ya en otoño, consiguen algunos shows en Athos, el dueño (Claudio Milanesi) les propone tocar en un boliche que tenía con su socio Nybardo Bravo: La Cueva, la misma que aglutinaba a jazzeros y rockeros, la que no tenía mesas, la que tenía un escenario tan grande como el resto de la sala.

Los Gatos tocan los jueves en La Cueva y, según Litto, llegan a tener un repertorio de 50 canciones. Estuvieron allí ocho meses, haciendo hasta seis horas por día y ganando 4400 pesos por noche. Detalla Litto, “Ahí sí empezamos a conocer gente, como al Gordo Martínez, Moris, Pajarito, Tango, Javier, Miguel Abuelo, Pipo...a toda la gente que iba, cada uno con su raye, su historieta. Nos encontrábamos todos los días... iban para levantarse una mina, para joder, para chupar, para tocar la viola”.

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