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Historia del Rock en Argentina

1965

Pintada

Mientras transcurre la escena anterior, llegan a Buenos Aires -a La Escala Musical y al primer disco- Los Shakers, un grupo integrado por uruguayos como los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso. Hacen impecables covers de los Beatles, además de temas Shake (el ritmo de moda) como el conocido “Rompan todo”. Anteriormente habían hecho desde dixieland (junto a gente como Rubén Rada en los Hot Blowers) hasta música pop tan inofensiva como Pat Boone.

Cuenta Hugo, “Nosotros nos enloquecimos con todo el asunto de ‘Anochecer de un día agitado’ y la llegada de los American Beetles. Nos pareció una cosa bárbara, pero de a poco el asunto se fue poniendo viejo, y en el ’66 ya andábamos con ganas de largar Los Shakers. Estábamos metidos dentro de un mercado en el que los tipos te obligan a hacer lo que vende, intentando gustarle a la gente. Sonábamos fenómeno, pero tocábamos estilos que sabíamos que iban a complacer el público”.

Tanto Los Gatos Salvajes como Los Shakers tienen su breve metro de celuloide en le película “La Escala Musical”. En cambio otros grupos que rozaron ese circuito no trascendieron, como Los Secuaces (con Javier Martínez, yendo a tocar asiduamente al Club Montañeses con Héctor Starc como plomo) o el grupo formado por aquel flaquito llamado Luis Alberto y un tal Rodolfo García.

A Villa Gesell continuaban llegando los mochileros. Alberto García (alias Pajarito Zaguri) había terminado el tercer año del Nacional, y su amigo Mario Kaiser le propone pasar ese verano en la Villa. Mario terminó parando en el Cariño Botao, mientras que Pajarito lavaba copas en el Topsy Bar. Ahí aprendió sus primeros acordes de guitarra, y gracias a “Tonada para un viejo amor” (de Falú) logró tocar en el Chivo Negro. Luego, durante todo el invierno, el Pájaro se quedó en Gesell cuidando un chalet y rasgueando la viola.

Ya en 1965, muchos jazzeros de Buenos Aires acudían a La Cueva de Pasorotus, de avenida Pueyrredón 1723, casi esquina Juncal. Ahí tocaban los eternos Astarita y González, aunque también iban jóvenes ávidos de escuchar y empaparse del jazz, por más que su música fuera el beat. Así se encuentran casualmente Mauricio Moris Birabent con Javier Martínez, y La Cueva lentamente comienza a ser un lugar de tipos que sintonizaban la misma onda.

Bajando a Buenos Aires

En enero, Los Wild Cats llegan a Capital, rebautizados Los Gatos Salvajes. Hacen una prueba ente Carlos Bayón en La Escala Musical, un virtual monopolio de música/ropa/bailes/radio y televisión. El beat de los rosarinos es aceptado y los contratan por un mes. Pasan todos los días de la semana ensayando en Rosario, viajando los fines de semana a Buenos Aires y actuando en tres clubes los sábados y en televisión los domingos por la mañana. Afortunadamente la respuesta del público es favorable y logran un nuevo contrato por ocho meses, con hotel y comida a cambio de un sueldo fijo. Litto abandona el colegio secundario y Ciro deja de trabajar. Con los 30 mil pesos que ganaban por mes tenían que hacer de todo, desde 40 shows hasta grabar jingles. Grabar... esa palabra seguramente rondaba por la cabeza de estos músicos que residían en el Hotel Argentina, de Avenida de Mayo, donde cinco personas comían, ensayaban y dormían con una cama pegada a la otra. El sello Music Hall se interesa en Los Gatos Salvajes y sacan tres simples, cada uno con un tema extranjero (Hollies, Animals, Beatles) y un tema propio (como “La respuesta” y “Harás lo que te pida”). Como ocurre a menudo, la inexperiencia los llevó a grabar sin contrato alguno, perdiendo los derechos de autor de los temas.

A grupo lo integran Ciro, quien deja de lado el saxo y pasa a ser el tecladista; Litto, quien ya solía cantar con una pandereta y armónica en la mano; el guitarrista Juan Carlos “Chango” Puebla; Guillermo Romero en el bajo (o “gruitarra grave”); y Basilio “Tito” Adjaydie apoyando desde la batería.

Llega la primavera y con ella la oportunidad de hacer un larga duración, que registran con 10 temas propios y con dos del repertorio de los Rolling Stones (“Bajo la rambla” y “Little red rooster”), hecho que no sorprende si se tiene en cuenta que la imagen de Litto (¡con pantalón rojo y flequillo!) giraba alrededor de la de Mick Jagger.

Salvo la inclusión de un tema en inglés, este es el primer disco local de música 100% beat en castellano, ya que las primeras canciones de Litto no eran meras traducciones o imitaciones de bandas inglesas. Obviamente, Los Gatos Salvajes no fueron los primeros en cantar en castellano; eso ya lo habían hecho los Cinco Latinos (merced a los hits de Los Plateros), también Luis Aguilé y todo el Club del Clan. Pero todos ellos eran miméticos y verdaderamente complacientes por calcar los éxitos anglosajones. Y claro que también estos rosarinos fue que en 1965 expresaron vivencias que comunicaban la experiencia de ser joven, creando así un automático punto de referencia generacional. Por supuesto que la contundencia de las letras y la poesía joven llegarán más tarde con la pluma de Moris, Javier Martínez o Luis Alberto Spinetta. Lo escrito (entonces) por Litto Nebbia hoy puede parecer demasiado simple o ingenuo, pero fue la punta de lanza del rock en Argentina, que pasó a ocupar el lugar que el tango había dejado vacante para la generación joven. El rock, en un sentido musicalmente genérico y amplio, expresa una época mediante el lenguaje y frecuencia de la gente de toda una generación.

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